Los dividendos del botín

Hace un par de semanas leía en el mítico Café de la Parroquia (campus Insurgentes) un artículo titulado “Surge el narco noir como género literario en México”, que en realidad es una entrevista a un escritor de ese género. Al calor de un ortodoxo filete a la veracruzana, me quedé pensando no en esa afirmación –cualquiera puede proferir la aparición de una corriente, género o temática al aire sin que ello suponga su fundación- sino en lo acomodaticio que puede ser incorporarse a una moda, en este caso, del tema.

Basta una hojeada por las librerías para ver la aparición de ese tipo de libros, sean narrativos o de investigación periodística, no sólo del narco como tema, sino de sus adyacentes, los socorridos temas en torno a. En términos periodísticos, esos libros de coyuntura están bien justificados, y así ha sido durante la vida editorial del mundo, desde que la gente tiene la necesidad o gusto de saber más, de adentrarse en lo que sucede alrededor suyo. La variedad o diferencia está en la naturaleza de cada grupo de individuos: unos buscarán una reflexión, visos a lo que pueda suceder a distancia; otro, el detalle morboso de la nota, las entretelas, el cotilleo.

En el primer caso, tienen una vida transitoria, están sujetos a un tiempo, se describen a sí mismos y en ellos está su mortandad, las más de las veces, precoz; a pesar de ello, no hay editorial de peso que no encargue un libro que describa lo que se encuentra en torno al tema en boga. Editorialmente significa sumarse a la cresta de la ola, compartir el botín, ser partícipes del hambre particular y momentánea del lector. Sucede entonces, al tiempo, la imagen más significativa: cuando se hace la purga de los libros en casa, los primeros en salir son esos títulos, máxime si después hubo hechos que contradijeron sus aseveraciones. El tiempo se cobra caro, sobre el autor y el lector, su arrogancia.

Es distinto con la literatura, con la narrativa en particular. El o los temas, para ser narrativizados, deben estar tan en boga para que justifiquen su recreación en ese mundo ficticio. Al final, son también libros de coyuntura, pero podrían, en un caso ideal, trascender su condición. Depende de la buena o mala mano del autor, de lo que nos diga, posiblemente de que no se convierta es un mero borrador escrito con premura. Y para cualquier lector es fácil distinguir quién nos acaba de robar, risueño y orondo, con el peor de los libros posibles.

 

Finalmente, al espresso doppio, amohinado con la fundación de un supuesto género -según el escritor de ese su mismo género- me quedé cavilando quién precisa novelas o narraciones literarias del narco, qué puede hurgar, más allá de lo narrable en tanto acciones y creación de personajes, un autor. Tan presente diariamente, podría ser exactamente ello: ahondar en la personalidad, en los motivos, los trayectos de un personaje hasta el punto en donde lo vemos, ahora mismo que lo escribo. Desde luego eso precisa una pluma incisiva, con algo de intriga policíaca, o reinvención de… un género; no obstante, el grueso de los libros que podemos ver en los estantes son meras historias desarrolladas a partir de las notas que leemos a diario, retazos amalgamados con una pericia meramente cronológica. Asimismo, pienso en qué incita a un lector: las entretelas, la recreación o construcción de ese pensamiento que inclina a hacer lo poco imaginable, la recreación de ese mundo lateral que se nos muestra en la televisión, en los periódicos. Pienso en México, desde luego, ya que la mayoría de ellos no son un Paulo Lins; no han crecido en una favela y la han contado, vívida como suya.

En un país que no se precia de leer en demasía, los pocos lectores son un buen mercado editorial; aun siendo reducido, los intereses son variados (no todos están a la espera de la nueva de Javier Marías o la reedición anotada de Trilce) y tal como hubo hace algunos años la irrupción de la autoayuda como género (sic) y sus innumerables Chicken Soup for the… hay también lectores de coyuntura, quienes abrevan de esa moda, y habiendo recepción, lo de menos es decidir, como autor o editorial, un libro por encargo.

Sigo pensando en el artículo, en lo narco noir en la literatura, quizá sea más.. noir que lo real maravilloso, creo. Me voy a la vera de Insurgentes, pensando en que ahora mismo quisiera estar en Veracruz.

De Benjy a Raúl. Un trayecto del hijo idiota

circa 2005

Cualquier análisis supone, en un primer momento, un ejercicio de la memoria en tanto lectura que activaría el recuerdo de una lectura previa, cercana o lejana del momento de su análisis. Esto es, un mero ejercicio analógico primario —precario, en sentido teórico, tal cual lo lleva a cabo cualquier lector— de mero recuerdo. En este sentido, la articulación de los pasos que describe Claude Bremond es de gran utilidad.[1] La lectura que activaría de la memoria un presentimiento de coincidencia temática y su subsiguiente conceptualización. Siguiendo dicho esquema primario, el ejercicio analítico de este trabajo parte de la lectura de un cuento de Juan Vicente Melo, “Cihuatéotl”. La lectura de dicho relato activó el recuerdo de otros textos que confluiría un solo “tema” o “personaje”: el hijo idiota. (Es preciso aclarar que la denominación de dicho personaje de esta forma es la primera abstracción del aglutinante entre mis textos a tratar. Dos elementos constitutivos que caracterizan las ejecuciones narrativas del personaje: su origen, en tanto que el personaje no es un individuo aislado, sino que su consaguinidad representa gran parte de su significación y el calificativo idiota que intenta denominar al vástago.) La lectura de dicho cuento desembocó en una búsqueda evocativa de personajes afines. Siguiendo a Gerard Genette, “no hay obra literaria que, en algún grado y según las lecturas, no evoque otra, y, en este sentido, todas las obras son hipertextuales. [...] Cuanto menos masiva y declarada es la hipertextualidad de una obra, tanto más su análisis depende de un juicio constitutivo, de una decisión interpretativa del lector”.[2]

Este ejercicio de la memoria desembocó en un texto origen, o irradiador, The Sound and the Fury de William Faulkner. En este trayecto temático decidí ampliar el análisis con dos textos que se mencionan —a veces vagamente, otras tajantemente— como hipertextos de la novela del escritor estadounidense: “El hijo tonto” de José Revueltas, y “Macario” de Juan Rulfo.[3] Sin embargo, más allá de querer aglutinar dichos relatos bajo la premisa de la incorporación o desarrollo de un personaje similar en la diégesis, la intención de este trabajo es ver cómo funcionan sus elementos constitutivos, qué generan y qué valores representaría la inscripción de un personaje con dichas características en diferentes textos narrativos. Así, el siguiente análisis pretende no sólo observar las coincidencias en la construcción de dichos personajes, sino averiguar de qué forma este actor narrativo se constituye como una forma de aprehensión del mundo —diegético o no—. a partir de su recursividad. Al ver las variaciones de dicho tema, buscaré el o los elementos que cohesionen dichas variaciones. El principio aglutinante que garantizaría la unidad de este estudio es el desarrollo de un personaje bien delimitado, ya sea por su accionar o por su origen dentro de la diégesis. Así, la hipótesis es que la recurrencia o variaciones de este personaje, el hijo idiota, posibilitaría un estudio tematológico. Dicho personaje se conformaría como nuestro tertium comparationis o conector intertextual.

Evidentemente, entre las variaciones de este tema, las cercanías de origen de tres de ellos significaría códigos compartidos, una contigüidad de índole cultural. Por ello, la inclusión de Faulkner como generador o posible hipotexto, del cual se participarían las siguientes realizaciones. Hijos o no de Benjy, los personajes con características semejantes —algunos más, otros menos— manifestarían, de forma más o menos clara, su filiación. Es preciso aclarar que no estamos realizando un estudio de influencias, en tanto que no partimos de Faulkner como el hipotexto central de este estudio (en la historia de la literatura, la inclusión de personajes con características como estos es cuantiosa).

El tema entonces se configura no sólo como el personaje idiota, poseedor de un punto de vista sobre el mundo, sino como característica de conceptos más abstractos: La culpa, la venganza, la condena religiosa… Veamos cada caso individualmente para su posterior análisis.

The Sound and the Fury de Willian Faulkner[4]

El personaje de The Sound and the Fury de William Faulkner, Benjy, se nos presenta como un observador de la decadencia de la familia Compson. Principalmente, como narrador homodiegético de la primera parte, “7 de abril de 1928”, en donde él narra, a partir del recuerdo o de la acción en proceso —los sucesos propiamente del día que titula— los acontecimientos de la familia. Benjy, de 33 años cumplidos a ese día de 1928, continúa con el desarrollo mental de un niño de 3 años. Esto perceptible gracias a la narración en analepsis y prolepsis que realiza a lo largo de esta primera parte. Benjy, a pesar de no contar con habla, se conformará en esta parte como el narrador principal, refiriendo los diálogos que conforman su recuerdo. A través de su percepción, y con ello, realizando una selección de los sucesos a narrar, se logra obtener el cuadro de la familia en distintos momentos de su vida. En este sentido, la caracterización de Benjy nos será dada a partir de sus sensaciones y de lo que él mismo, como narrador, nos referirá en dichos diálogos. Narrador homodiegético, sí, pero también narrador que refiere acontecimientos en donde él participa, pero sin una toma de postura, aparente.

De este modo, la caracterización del personaje, por él mismo, será dada sólo a partir de las sensaciones que refiere, como el percibir los olores y caracterizar las situaciones u otros personajes por medio de su olor. Privado del habla, pero narrador que se sitúa en un momento hipotético posterior. Así, expresiones como “No podía sentir la verja, pero podía oler el frío” (27) [I couldn’t feel the gate at all, but I could smell the bright cold.] (13), o el epíteto de su hermana, “Caddy olía como los árboles” [Caddy smelled like trees]. Asimismo, en los diálogos referidos, por medio de las opiniones de la gente a su alrededor, podemos caracterizarlo. Luster nos da la información de su edad (la que corresponde al día que titula la sección), 33 años. Asimismo, por medio de las expresiones de Dilsey se hace patente su constitución física, “Uté llama a esa cosa niño [...] Un hombe tan grande como T.P.” (29) [You calling that thing a baby. [...] A man big as T.P.] (16) En inglés el “that thing” configura más la distancia entre un hombre normal y Benjy. Posteriormente, en el último capítulo de la novela, el narrador heterodiegético, lo describe con mayor amplitud:

[un hombrón que parecía modelado con alguna sustancia cuyas partículas no podían o no querían unirse entre sí o al esqueleto que las soportaba. Su piel era muerta e imberbe. Hidrópico también él, se movía con un paso vacilante, como un oso domesticado. Su cabello era hermoso y descolorido. Lo llevaba cuidadosamente cepillado sobre la frente, como los niños de los daguerrotipos. Sus ojos eran claros, del pálido y dulce azul de la flor del azulejo; sus gruesos labios estaban abiertos, babeando. (229)

[a big man who appeared to have been shaped of some substance whose particles would not or did not cohere to one another or to the frame which supported it. His skin was dead-looking and hairless; dropsical too, he moved with a shambling gait like a trined bear. His hair was pale and fine. It had been brushed smoothly down upon his brow like that of children in daguerro-types. Hes eyes were clear, of the pale sweet blue of cornflowers, his thick mouth hung open, drooling a little.] (244)

Benjy se constituye como el narrador principal de esta parte (las siguientes estarán a cargo de Quentin, Jason y de un narrador heterodiegético, focalizado en Dilsey). Él, como narrador, selecciona los sucesos a narrar, los que su recuerdo le inquieren. Cada una de las situaciones substanciales de la novela nos serán referidas por él, pero en forma dialógica. Su inclusión como narrador homodiegético sólo será dada a partir de sus comentarios y acciones, o de la misma referencia que los otros personajes hagan de él.[5]

Por otro lado, Benjy será depositario de maledicencias y regaños gracias a su constante lloro. Asimismo, es el depositario, en buena medida, de la desgracia de la familia y de la enfermedad un tanto hipocondríaca de su madre. Así lo refiere ella misma, “Es mi castigo [...] Pero yo también me iré pronto” (31) [It’s a judgement on me.[...] But I’ll be gone too, son] (18), o de lo que los demás lo enarbolan como el destino trágico de la familia. Por ejemplo, Roskus, cuando comenta que “No hay suete en eta casa [...] Lo sabía desde el pincipio, pero cuando le cambiaron el nombe lo supe con seguridad” (45), [They ain’t no luck on this place. [...] I seen it at first but when they changed his name I knowed it] (33).

Incapacitado para reflexionar, su monólogo estará construido a partir de las sensaciones referidas, el olor, la luminosidad, el movimiento de las cosas, cuartos… reducido a mero medio de narración (él es quien recuerda, quien nos refiere el diálogo de su gente) la percepción que se conforma es la de un individuo no sólo con un retraso mental considerable, sino como un ser vivo otro, distinto, depositario de desgracias, culpas, remordimientos, vergüenza.

En este sentido, Benjy es observador de esa realidad. Su inclusión como narrador inicial detenta ya una fuerte carga ideológica: es una toma de postura frente a los acontecimiento de la familia Compson. Como personaje, está fuertemente figurado, es observador incapaz de defensa o de conciencia, una presencia ineludible, el recuerdo vivo de la culpa. Asimismo, la relación de él con su hermana Caddy (una de las tres cosas a las que amaba, las otras dos, ver el prado y el fuego) contribuyen a caracterizar el personaje. Benjy, sin habla pero narrador, con una cercanía con su hermana, incapaz de emitir juicios, sin embargo partícipe fundamental de la diégesis.

De esta forma, el personaje de Benjy, como punto de partida de este análisis, nos ofrece una configuración altamente motivada. El hijo idiota, cuyo crecimiento corporal es contrastante con su “desarrollo intelectual”, personificado más como no humano.[6]

También resulta interesante la leyenda que rememora uno de los personajes negros de la novela, Versh, quien a partir del cambio de nombre de Maury a Benjamin, lo cual contribuye a otorgarle un valor maléfico a Benjy:

Sabes como e’que tu nombre é Benjamín ahora. Te van a hacé’ un demonio. Mamy dice que en otros tiempos tu abuelo cambió el nombre de un negro, y se hizo predicadó’, y cuando lo miran, también él era demonio. Pero no solía selo. Y cuando una mujé’ de la familia lo mira en el ojo cuando hay luna yena, el hijo nace demonio. Y una noche, mientras había como una docena de esos chicos demonios corriendo po’ todas pates, no volvió nunca a casa. Los cazadores de comadrejas lo encontraron en el bosque, comido, limpito. Y sabes quién lo comió. Esos chicos demonios lo comieron. (74)

[You know how come your name Benjamin now. They making a bluegum out of you. Mammy say in old time your granpa changed nigger’s name, and he turn preacher, and when they look at him, he bluegum too. Didn’t use to be bluegum, neither. And when family woman look him in the eye in the full of the moon, chile born bluegum. And one evening, when they was about a dozen them bluegum chillen running round the place, he never come home. Possum hunters found him in the woods, et clean. And you know who et him. Them bluegum chillen did.] (67)

El destino ulterior de Benjy responde a los deseos de la familia, sobre todo de Jason, quien al tomar las riendas de la casa, lo castra posterior a un “ataque” a una colegiala, resultado del deseo de estar de nuevo al lado de Caddy, así como logra su confinamiento en un hospital en un hospital psiquiátrico.

“El hijo tonto” de José Revueltas[7]

Jaime, el personaje de este relato, declararía su filiación con Benjy, inicialmente, por medio de una relación paratextual. El título del cuento, sugiriendo una lectura de sentido del texto, respondería a la elaboración de un personaje si no influenciado masivamente por el personaje de Faulkner, sí inscrito en esa prefiguración. Presentado por un narrador heterodiegético Jaime se presenta ya desde el título como el personaje significativo del relato.. Hijo de una familia proletaria, donde el padre se encuentra sin trabajo, y la madre, enferma y embarazada (en una “dolorosa inmovilidad” con ese “abultado, monstruoso vientre” [97]), en una indeterminación temporal (no se sabe si es día o noche, gracias a la pertinaz lluvia, “vengativa, monótona”, “apocalíptica” [96]), y ubicado espacialmente en un hogar pobreza (Revueltas, no habría que olvidarse). El relato está focalizado en la madre, Mariana. La presencia narrativa del hijo, a pesar de ser él quien destaque en el cuento, es de nuevo, el medio por el cual Revueltas designa la desgracia de la madre y con ello de la familia.

Jaime es presentado con dos elementos que rememoran a Benjy, su fijación en el armado físico de la casa (“estaba ahí, en el banco, como si fuera de piedra, con la mirada absorta sobre el vientre hinchado de Mariana”[98]) y con una actividad física que configurará fuertemente su caracterización (“El chico se puso a canturrear, indolentemente, sentado sobre el banco y balanceando la cabeza a uno y otro lado, mientras miraba el suelo con obstinación”[99]). Asimismo, el personaje en este relato está posibilitado para el habla, a pesar de que las ocasiones en que lo hace es sólo para remitir la presencia de la lluvia o una pregunta sobre la salud de su madre. No puede haber mayor comunicación, diálogo con él.

Interesa también el hecho de que la relación madre-hijo es referida constantemente (“En los movimientos de aguda emoción también le temblaba en forma incontenible la punta de la barba. Entonces cobraba un parecido angustioso con la propia Mariana” [100], “aquellos pies torpes, con aquellos pies torpes que, sin embargo, salieron del vientre de Mariana” [102]) Así como el sollozo que lo caracteriza, en la perspectiva del narrador, como un personaje de indeterminación o contraste en su edad (nunca se refiere la edad de Jaime, pero por la información dada por la propia madre y el narrador heterodiegético, es un niño de edad escolar) cuando le inquiere a su madre la posibilidad de su muerte.

Aquel sollozar era en extremo lóbrego. No parecía partir de un niño, sino de una persona adulta. Y ni siquiera de una simple persona adulta. Una persona con calidad extraña, sobrenatural, como si a través del niño gimiese mucha gente más, como si por el niño se dejasen sentir la noche y la muerte. (101).

Lo cual recuerda al eterno sollozo de Benjy, cuando Quentin huye con el dinero de Jasón, previendo las posteriores desgracias de la familia Compson.

Pero Ben seguía sentado en la silla, las blandas manazas colgándole entre las piernas, quejándose levemente. De pronto lloró. Un lento sonido plañidero, insensato y sostenido. [...] Ben volvió a gemir, un sonido desesperanzado y prolongado. No era nada. Solamente un sonido. Podría haber sido todo el tiempo y la injusticia y la pena vocalizadas por un instante por una conjunción de planetas. (237-239)

[But Ben sat in the chair, his big soft hands dangling between his knees, moaning faintly. Suddenly he wept, a slow bellowing sound, meaningless and sustained. [...] Then Ben wailed again, hopeless and prologued. It was nothing. Just sound. It might have been all time and injustice and sorrow become vocal for an instant by a conjunction of planets.] (253-255)

Es interesante también notar que lo que mueve en cierto sentido el relato es, nuevamente, el sentido de culpa o designio fatal, el nacimiento de un hijo con dichas condiciones intelectuales.

La cabeza rapada estaba ahí, junto a su hombro. Mariana experimentó un doble sentimiento, que le cegaba la razón en absoluto. De una parte se estremecía con una inmensa piedad. Sentía para con su hijo un atroz remordimiento. ¡Era un hijo tan feo, tan humillado, tan pobre! Un niño sin sonrisas, sin amparo, que había vivido siempre en la miseria. Mariana hubiera querido lavarlo con lágrimas y cubrirlo de besos. ¡El pobre niño torpe, medio ciego, con su gran cabezota y sus dientes enormes! Pero al mismo tiempo en el pecho de Mariana se destacaba una cólera extraña, violenta, insensata.

Parecía ser ella un instrumento para cumplir un designio oscuro, alguna profecía bíblica, implacable. (102)

El cuento deja indeterminado el final ya que no se puede confirmar si Jaime muere por una acción suya previa (tirar el lavabo con agua donde se resbala, dejando la cabeza dentro de ella). Regresando al largo preámbulo del relato, uno podría pensar que la salvación, ese “hoy comienza todo de nuevo. Hoy comienza la vida, la verdadera vida” (95), llega gracias a la muerte del “niño atroz, el ancianito aquél”.

“Macario” de Juan Rulfo[8]

En el cuento de Juan Rulfo, el personaje narrador, Macario, relata su estar y distintas vicisitudes de su vida al lado de su madrina y de Felipa, ayudante doméstica de la casa. En dicho cuento, la figura de Macario participa de algunos elementos de los dos personajes anteriormente comentados; en tanto enunciador de su experiencia, da cuenta de su situación y de sus características como personaje. Por medio de su discurso, podemos ver lo que lo constituye como personaje con un grado más de configuración (cercana a Benjy, en tanto narrador homodiegético). Dos aspectos de conducta caracterizan a Macario: el apetito insaciable. (“Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre”[114]) y el asalto violento a la gente, lo cual lo emparentaría con el personaje de Faulkner (“Yo no sé por qué me amarrará mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por no más”[114]). Un aspecto interesante en la narración lo tiene el aspecto religioso de Felipa, protectora del personaje con cabeza prominente dado a golpearla, en tanto vía de salvación del Macario. En este sentido, la opinión de Macario frente a sí, poniendo en duda las percepciones que tiene la gente de él (“dicen que”, “dizque”, “Yo no lo he oído”, “yo no me acuerdo”) pero conciente en de una culpa de origen

me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. [...] Mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza.(115).

Felipa es el vehículo de la salvación, la poseedora de la plegaria-llave que permitirá a Macario el ir donde sus padres moran, el cielo. En este sentido, el elemento paterno del personaje se configura como salvación. Él, hijo no humano, obligado a permanecer en vida, al lado de su madrina, mera dispensadora del alimento —“a montoncitos”— y bajo el resguardo fraterno de Felipa. Dicho personaje femenino nos recordaría a Caddy, en tanto figura que establece un ritual de comprensión, de vía de entendimiento emocional con su otro. Así, Benjy busca perpetuamente a Caddy en las estudiantes que pasaban frente a su casa. Caddy, la hermana cuya historia de amoríos devino en una hija bastarda, y que termina huyendo del seno Compson. Felipa, en constante lactancia, prodigando su leche en la boca de ese hombre de edad indeterminada llamado Macario. Felipa como una Caddy, pero con un alto grado de compromiso religioso (“yo estoy repleto por dentro de demonios, y [Felipa] tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí”[115]).

Como narrador, Macario sólo puede dar acceso a lo que sus sensaciones describen: el hambre, el anhelo continuo de querer escuchar el tambor dentro de su cabeza, el gusto por la leche de Felipa (protectora del alma y del cuerpo de Macario) y por las flores del obelisco. Sensaciones elementales, por medio de las cuales accede a ese mundo de los otros: el gusto, el dolor que le causa las picaduras de alacrán, la insatisfacción alimenticia, y sobre todo el elemento religioso que se divisa en el relato. El condenado, en este periplo del hijo idiota culpable del devenir aciago de la familia, ya consciente de su cualidad, del demonio engendrador de maleficios por ser Otro.

En su posición como narrador homodiegético, Macario se narrará a sí mismo, pero dará su postura sobre los Otros (en este caso, las personas del pueblo, y su círculo familiar). Interesante resulta el hecho de que si bien no se podría hablar de una presencia masiva de Benjy en este cuento, es cierto que Macario también es depositario de características análogas a éste: el carácter de culpa, consciente por parte de Macario y referido constantemente por la madrina, por Felipa, y la comunidad del poblado, al grado del encierro corporal, ya que Macario se resguarda no sólo de los pobladores (ese Otro que lo apedrea y lo injuria) sino también de esa culpa perpetua (“Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras”[116]). Así, para poder acceder al cielo, y con ello ir donde están sus padres, Macario tiene que obedecer a su madrina, laborar en la casa, y permanece encerrado para evitar el escarnio. Una culpa oculta, quizá.

“Cihuatéotl” de Juan Vicente Melo[9]

El trayecto del hijo idiota a este relato de Juan Vicente Melo está enriquecido por la presencia de un mito prehispánico,[10] lo cual también nos ofrece una lectura fincada no sólo en lo que podría ser una configuración del personaje hijo idiota visto en los textos anteriores, sino que asimismo bebe de otra fuente, lo cual haría de este relato un hipertexto tanto del mito de la Cihuatéotl como de los hijos idiotas. El personaje de este relato es quizá la profundización de las características que configuran a los personajes anteriormente vistos.. La caracterización física de Raúl —sin habla, sin posibilidad aun de aprenderla nunca— es también grotesca, ya no sólo la cabeza grande (Jaime y Macario), ya no sólo la edad indefinida por la edad mental (Benjy, Jaime, Macario), sino una animalidad que recuerda a lo que el mismo Faulker dijo sobre su Benjy, “an animal”.

Narrado en primera persona por el padre, el relato de Melo exige el conocimiento de la referencia prehispánica. El título, paratexto, confirma una filiación ineludible. El texto narra la historia de una pareja a la concepción de su primogénito, Raúl. Al momento de su nacimiento, “era un niño pequeño, azuloso, calvo, que lloraba mucho. [...] En la oscuridad, su cuerpo me pareció monstruoso” (73). De la gran “misión” que representa la fecundación, el hijo se configura en hado, en maleficio otorgado por esa deidad nombrada sólo en el título. Cihuatéotl sería también la misma Clara (la madre), quien al dar a luz a tal vástago, simplificó su vivir a un solo destino: el cuidado y protección. La muerte de los demás aspectos de su vida —el sexual, el laboral, etc.— por el parto (“—Nunca vuelvas a hacer eso, ¿cómo puedes atreverte después de lo que ha pasado? Haz de cuenta que estoy muerta, que no existo, que ya no soy yo” [74]).

Raúl es entonces la materialización de ese designio divino, de la culpa. Por vez primera, en este trayecto, observamos la perspectiva del padre que denota una perspectiva desarrollada extensivamente.

Clara dijo que era culpa suya por lo que había tratado de hacer en el hotel de la playa, pero todos los médicos nos aseguraron que los dos éramos inocentes, que sería difícil para nosotros, pero que acabaríamos por acostumbrarnos. Clara lloró mucho y yo sentí un poco de asco.

Un poco de asco. ¿Cómo decir eso? ¿Cómo resumir, simplificar, borrar los días y las semanas de tantos años en esa horrible palabra? Sentir un poco de asco y acostumbrarse a aquello. Sin embargo, eso es todo. Sentí un poco de asco y llegué a acostumbrarme a la presencia de Raúl. Clara se dedicó a ocuparse de él, a vivir para él, a evitar que yo lo viera. (74)

Asimismo, la caracterización del hijo, por el tamiz del punto de vista del mismo, es implacable:

La cosa aquella había aprendido a arrastrarse por el suelo, a mirarnos, a balancear la cabeza sin encontrar sitio donde dejarla quieta, a mover los dedos y brazos como si fuera un reptil cansado. Seguía todos mis pasos: de la cocina al comedor, del comedor a la recámara. Por las noches, cuando todavía dormía junto a Clara, sabía que estaba mirándome. Sostenido de los barandales de su cama, dejaba escapar leves gruñidos, se llevaba las manos al cabello, negro y ralo, y se arrancaba algunos mechones que luego masticaba interminablemente, haciendo un ruido que me llenaba de sobresaltos, de verdadero terror. (74-75)

Y el destino, el maleficio de la Cihuatéotl presente ad infinitum.

Tú y yo, Clara, uno al lado del otro, uno en otro, repitiendo los días, yo cuidando el rincón sagrado donde se realiza la fecundación y tú muriendo en el sacrificio del parto, sacando de tus entrañas animales viscosos que nunca aprenderán a hablar. (80)

Este relato, entonces, se configuraría como el concentrador de los motivos de los cuentos anteriores, por medio de él vemos la posición ideológica del padre, antes sólo sugerida (el alcoholismo de Jason Compson), elidida (Jacinto en Revueltas), o mencionada con carácter religioso (los padres sin nombre —que no innombrables— de Macario). Raúl en este relato continúa siendo partícipe de los motivos abstractos que hemos visto desde The Sound ant the Fury, en tanto vástagos depositarios de culpa, de designios o hados atroces, vehículos por medio de los cuales se narrativiza a los Otros (la familia, y otros pobladores de la diégesis).

“Cihuatéotl” pormenoriza en el desarrollo de ese hado (evidentemente, la lectura inmediata sería la sugerida por el título, pero para efectos de este trabajo, me concentré en su posible filiación con los otros personajes aquí tratados), desde la anunciación, el cortejo, la fecundación, la concepción del hijo idiota. Mas este hijo idiota supera en animalidad a sus consanguíneos narrativos. Si bien no tiene habla como Benjy, no puede asimismo narrar o narrarse; si bien tiene la cabeza grande como Jaime y Macario, aquí la misma dimensión imposibilita su permanencia fija por el cuello; tiene aspecto no humano, caracterizado en Benjy por la piel incolora y corporeidad vacilante; indeterminada y realzada en Jaime por una ancianidad infantil, imposible de determinar a ciencia cierta en Macario, Raúl no sería más que un “animal viscoso”, con “los tendones que debieron nacer verticales y que se doblan en los piececitos fríos, [...] el camino irregular de las venas, en el perfil deforme de los huesos” (77). Esto es, la culminación narrativa de este trayecto, su ejemplo más grotesco, más cruel.

El final del relato de Juan Vicente Melo es también indeterminado. La presencia de una niña (esa otra que cuida o protege al hijo idiota, una Caddy/Felipa sin caracterización plena) en un edificio frente a la habitación de Raúl, representando un baile que anima al niño a saltar de la ventana para alcanzarla, y cuyo sentido simbólico nadie puede tener acceso, más que Raúl:

Las actitudes, los signos mágicos, los silencios, el leve movimiento de los dedos, la abertura de los labios, todo aquel lenguaje mágico que me resultaba incomprensible, era recibido por Raúl como el único posible. (75)

Raúl no pertenece, de origen, al mundo terrenal, su filiación con la Cihuatéotl (representación de la mujer muerta en parto que desea a su hijo de vuelta) está concentrada en la imagen de esa “comprensiva” y “protectora” niña que lo invita a saltar al vacío, incorporarse al cortejo del sol. La niña, quizá una Cihuatéotl más, quizá una transpersonalización de Caddy y Felipa.

Si Benjy es recluido en un sanatorio, el destino de Jaime es inexacto, no se sabe si muere por su misma estupidez (tirar el agua del lavabo donde él se tropieza), Macario continuará escondiéndose del pueblo y de los demonios (los otros), Raúl morirá en busca del encuentro con su propia deidad maléfica.

* * *

Ahora bien, en este trayecto de los cuatro personajes, tendríamos que hacer hincapié en el sentido de la inclusión de este tipo de personajes en distintas diégesis. Por qué incluir un personaje con características no humanas, más allá de si tiene o no la capacidad del habla per se o meramente narrativa. En este sentido, observamos que la interacción del hijo tonto se da, en un primer nivel, como la presencia del Otro, aspecto que nos acercaría a la imagología. Un Otro no extranjero, sino distinto de la estirpe humana en tanto animaloide, con características físicas grotescas, que o bien no coinciden con la forma humana homogénea (la normal, podría decirse), o que su corporeidad ya no es sino reminiscencia de lo humano (Raúl). Ese Otro, en la diégesis, plantearía el problema del posicionamiento ideológico de un Yo frente al Otro, que no sólo persiste en un sentido discursivo, sino que significa en un mayor grado al Yo que se detenta diferente del Otro nombrado.[11] Por ello, abordamos estos cuatro textos —en una apuesta tematológica ardua en tanto inicial, pero reconfortante por los alcances logrados— ya que de los cuatro personajes, para efectos de este análisis, logramos hacer dos divisiones substanciales. Benjy y Macario por un lado son enunciadores de su Yo distinto (Macario, en mayor grado); en Melo y Revueltas es la postura ideológica del externo, el no idiota frente a su Otro. Asimismo, podríamos precisar que no sólo el aspecto físico de estos personajes los distancia de los otros del relato. En Raúl existe un lenguaje mágico al cual el padre no puede tener acceso y que sólo lo observa a distancia mientras la niña baila. La apropiación del mundo que tienen Benjy y Macario se da a través de los sentidos puros y, podría decirse, de su magnificación en  su monólogo, las referencias a los olores, sabores, sonidos, etcétera, es parte del enramado sensitivo que los incorpora a su mundo (recuérdese el olor a árboles de Caddy, o el sabor de la leche de Felipa semejante a las flores del obelisco).

Entonces hablaríamos de dos pares de personajes, Benjy y Macario, narradores con distintos niveles en su enunciación, que se configuran como el Yo frente al otro, la familia y los demás habitantes del poblado en cuestión. Por otro lado, Jaime y Raúl, depositarios del asco y la xenofobia del narrador homodiegético (en Melo) y heterodiegético (en Revueltas).  Este par, contrastante en el análisis, confluye también en la descripción-construcción de los espacios de los relatos, significativos del orden familiar y social donde se inscriben estos personajes: suciedad, pobreza, cuartos en penumbras, casa sureña cuya grandeza territorial anterior fue vendida para lograr el “desarrollo” de la familia, el hogar proletario de Revueltas, el cuarto llenos de alacranes, cucarachas y grillos de Macario, el departamento semi-amueblado de la ciudad sin nombre de Melo. En tal caso, también se podría hablar no sólo del personaje idiota frente a su Otro sano, sino también de ese mismo espacio donde se resguardan los no humanos: un doble distanciamiento en la diégesis. El hijo tonto vs. su exterior (el universo diegético) / El hijo tonto vs. su familia y sociedad, o viceversa.[12]

Así, el hijo idiota sería primordial en tanto actitud de su representación fóbica —el Otro es considerado inferior respecto al Yo. Asimismo, alargando el análisis, podríamos tener en cuenta la realización en tres cuentos mexicanos del personaje del idiota frente al Otro faulkneriano, y, es más, Melo frente a sus respectivos predecesores por la inclusión que hace de la mitología prehispánica para resignificar el personaje. Pero sería ya un tanto alevoso e impertinente de nuestra parte abundar.

Retomando, la imagología en el caso de estos cuatro personajes permite abundar sobre su condición de extraños, ese Otro poseedor e otra lengua —en este caso, poseedor de otras maneras sensitivas y lingüísticas de aprehender el mundo—, que se enuncia por fobia. Ahora bien, qué significaría, en estas cuatro diégesis, la incorporación substancial de un personaje con características no humanas, con disminución en su capacidad intelectual y a veces motora. Para ello nos parece necesario el acceder a lo comentado acerca del Tema-personaje. ¿El hijo idiota podría estar configurado ya como un Tema-personaje? Si tema-personaje “sintetiza un conjunto de temas-valor en el nombre del mismo personaje”,[13] —aquí, un nombre conformado por una condición consanguínea (hijo) y el adjetivo (idiota)— entonces qué valores abstractos representaría o referiría con su inclusión en estas diégesis. Lo que nos permite hacer una abstracción de las variaciones de este tema (personaje) son tres aspectos abstractos que unifican su significación o su presencia en los diversos relatos. Esto es, la recursividad de estos personajes, en este corte sincrónico, puede abstraerse a tres principios que aglutinan el campo temático estudiado para lograr su mayor abstracción.

  • El hijo idiota se encuentra siempre inscrito en una familia u orden social viciado
  • Su inclusión como personaje en la diégesis permite nombrar los vicios que aquejan a su entorno (el racismo, la diferencia entre clases sociales, problemas religiosos, morales, amorosos y sexuales)
  • El aislamiento, muerte o anulación del hijo idiota en la diégesis no significa, paradójicamente, sino la permanencia simbólica de aquello que representa.

Qué valores representaría, finalmente, el hijo idiota. Estos tendrían que ser Culpa, Xenofobia, Venganza divina, Condena, Otro que no es posible nulificar (como no es posible, para el lector del relato, desasociar esta relación del Yo sano con el Otro idiota, o viceversa).

Decimos culpa en tanto que su consanguinidad con los demás personajes de la diégesis realza el sentido de ese Otro, la relación directa, inevitable, configura al hijo idiota como resultado de algún acaecimiento previo, por ello la culpa, por ello la moralidad que encarna el ser padres de tal ser. El hijo tonto se presenta también como la cristalización de los males terrenos. Dichos temas-valor son inherentes, en estos cuatro casos, al hijo idiota. Tanto no es posible un Benjy sin los Compson y la caterva de negros que viven con él, como no es posible un Macario sin los pobladores del lugar, los insectos y los “pecados” (abstracción consciente que se da en ese personaje); tampoco Jaime como símbolo de la pobreza extrema de Jacinto y Mariana, y Raúl como el “animal viscoso” que concreta el designio mítico de Clara como resultado del maleficio de la Cihuatéotl. Entonces, el personaje del hijo idiota precisa de estar inserto en un medio familiar o social en crisis. Ello lo constituiría como un personaje cuya prefiguración lo hace pertinente de estudio tematológico. Ya que no es el loco simplemente, sino el vástago ahí, presente, nombrado, nombrando.

Bibliografía

Bremond, Claude, “Concept and Theme”, Werner Sollors (ed.), The Return of Thematic Criticism, Cambridge, Ma., Harvard University Press, 1993, pp. 46-59.

Brunel, Pierre e Yves Chevrel (eds.), Compendio de literatura comparada, Isabel Vericat Núñez (trad.), Françoise Perus (revisora), México, Siglo xxi, 1994.

Faulkner, William, The Sound and the Fury, Introduction by Richard Hughes, London, Penguin, 1974.

Faulkner, William, El sonido y la furia, traducción de Floreal Mazia, Buenos Aires, Fabril, 1961.

Genette, Gerard, Palimpsestos. La literatura en segundo grado, traducido por Celia Fernández Prieto, Madrid, Taurus, 1989.

Levin, H., “Thematics and criticism”, Grounds for Comparison, Cambridge, Ma., Harvard University Press, 1972, pp. 90-109.

Melo, Juan Vicente, Los muros enemigos, México, cnca, 1992 (“Letras mexicanas, Tercera serie”, 54)

Naupert, Cristina, La tematología comparatista. Entre teoría y práctica, Madrid, Arco/Libros, 2001.

Pimentel, Luz Aurora, El relato en perspectiva. Estudio de teoría narrativa, 2ª  edición, México, unam-Siglo xxi, 2002 (“Lingüística y Teoría literaria”)

———-, “Tematología y transtextualidad”, en Nueva Revista de Filología Hispánica, núm. 1, 1993, pp. 215-229.

———, “Los avatares de Salomé”, en Anuario de Letras Modernas 6 (1993-1994), pp. 37-67.

Revueltas, José, Dios en la tierra, México, era, 1979.

Rulfo, Juan, Pedro Páramo y El llano en llamas, México, Planeta, 1975.


[1] Esto es, la percepción del tema, su posicionamiento y su subsiguiente conceptualización. En “Concept and Theme”,        p. 51.

[2] En Palimpsestos, p. 19.

[3] Ver Yvette Jiménez de Báez, Juan Rulfo: Del páramo a la esperanza. Una lectura crítica de su obra, México, fce, 1994, pp. 80-82.

[4] Para este trabajo he utilizado El sonido y la furia, traducción de Floreal Mazia, Buenos Aires, Fabril, 1961. Así como la edición de Penguin, 1974.

[5] En este sentido, “si bien es innegable que un narrador en primera persona no puede focalizar más que su propia conciencia, ese narrador tiene, sin embargo, la opción de cambiar la perspectiva temporal y cognitiva, desplazándose en el tiempo, ubicándose en distintos momentos de su devenir existencial como persona”. Luz Aurora Pimentel, El relato en perspectiva, p. 109.

[6] Faulkner, en una entrevista, comenta que “the only emotion I can have for Benjy is grief and pity for all man-kind. You can’t feel anything for Benjy because he doesn’t feel anything. [...] Benjy is incapable of good and evil because he has no knowledge of good and evil [...] Benjy wasn’t rational eough even to be selfish. He was an animal.”, James B. Meriwether y Michael Millgate, Lion in the Garden: Interviews with William Faulkner, 1926-1962, pp. 245-246.

[7] En Dios en la tierra, México, era, 1979. En dicha edición se menciona que la primera aparición del cuento fue en la revista América, núm. 30, 31 de agosto de 1944. “El original mecanografiado está fechado: ‘México D.F., marzo 20 de 1938’”., p. 175.

[8] En Pedro Páramo y El llano en llamas, México, Planeta, 1975. “La primera versión de ‘Macario’ apareció en el número 6 de Pan, en noviembre de 1945. También dio a conocer este cuento la revista América, varios meses más tarde, en junio del año siguiente (número 48)”. Sergio López Mena, Los caminos de la creación en la obra de Juan Rulfo, México, unam, 1993, p. 100.

[9] En Los muros enemigos, primera edición de la Universidad Veracruzana, 1962. Reeditado por el cnca (“Lecturas Mexicanas”), en 1992 de la cual tomamos el texto.

[10] “Cihuatéotl. Se llamaban así ‘mujer noble, mujer divinizada’, las mujeres que morían en el parto. Iban a habitar en la región occidental del mundo, y recibían al sol al medio día, en que lo dejaban de acompañar los guerreros divinizados, para seguir ellas su cortejo durante la tarde, hasta hacerlo entrar a la región de los muertos, donde pasaba la noche. Estas mujeres estaban bajo el amparo de Cihuacóatl [divinidad femenina que representa el principio pasivo en el dualismo nahua. Es llamada madre de Huitzilopochtli. Es la misma que se veneraba como Coatlicue, Xochiquetzal, etc., en diversos aspectos] y bajaban a la Tierra en determinadas épocas a hacer maleficios y causar infortunios.”, Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México, sexta edición, México, Porrúa, 1995, p. 788.

[11] “Yo ‘miro’ al Otro; pero la imagen del Otro transmite una cierta imagen de mí mismo. [...] Quiero decir el Otro [...] y al decir el Otro lo niego y me digo a mí mismo. En cierta manera, digo también el mundo que me rodea, digo el lugar del que han partido la ‘mirada’ y el juicio sobre el Otro: la imagen del otro revela las relaciones que establezco con el mundo [...] y yo. La imagen del Otro aparece como una segunda lengua, paralela a la que hablo, coexistente con ella, duplicándola en cierta manera, para decir otra cosa.”, Daniel-Henri Pageaux, “De la imaginería cultural al imaginario”, Compendio de literatura comparada, p. 106.

[12] “dentro de una sociedad y de una cultura consideradas campos sistemáticos, el escritor escribe, escoge su discurso sobre el Otro, a veces en contradicción con la realidad política del momento: la ensoñación sobre el Otro se convierte en un trabajo continuo de investidura simbólica. Si, en el plano individual, escribir sobre el Otro puede llevar a autodefinirse, en el plano colectivo, decir al Otro puede también coadyuvar a liberaciones o compensaciones, justificar los espejismos o los fantasmas de una sociedad.”, Ibid, p. 120.

[13] Luz Aurora Pimentel, “Tematología y transtextualidad”, p. 218.

Jesús Gardea, poeta

La soledad del llano no es silenciosa. Si uno sabe oírla, se queja como un corazón sediento lejos del agua.

Jesús Gardea

La obra de Jesús Gardea, escritor mexicano nacido en Delicias, Chihuahua en 1939 y fallecido en 2000, es uno de los más significativos ejemplos de constancia y autonomía literaria en las últimas décadas del siglo xx. Odontólogo de profesión, sus primeros cuentos los publica alrededor de 1967, en Vida Universitaria de Monterrey y en El Fronterizo de Ciudad Juárez, población donde radicó la mayor parte de su vida, a excepción de los años de estudio profesional, fundamentales para su formación literaria, como él mismo comenta, “De 1961 a 1966 estudié Odontología en Guadalajara. Allí me convertí en lector. Iba a la Biblioteca del Consulado Americano. Claro, leí novelistas gringos, ensayistas gringos, filósofos gringos, teatro gringo… En fin, lo que tenía a la mano”.[1]

Fundamentalmente narrador, su obra está constituida por 13 novelas, 6 libros de cuentos y uno de poesía, publicados estos con una asiduidad podría decirse anual, lo cual da cuenta de su tenacidad. Su primeros títulos, Los viernes de Lautaro y Septiembre y los otros días (premio “Xavier Villaurrutia” 1981), lo ubican en el escenario literario nacional. Su obra, escrita en veinte años de producción literaria, se encuentra situada, críticamente, en la llamada “Literatura del desierto”, generación de escritores —en su mayoría, narradores— del norte del país que publicaron a lo largo de los años 80 y de la década siguiente. Entre ellos se pueden mencionar a Daniel Sada, Gerardo Cornejo, Severino Salazar y otros escritores, los cuales albergan en su obra los temas y los intereses de la franja fronteriza del país.[2] Es por ello que si bien la obra de nuestro autor ha sido atendida y analizada por un conjunto de especialistas —la mayoría, de los Estados Unidos de Norteamérica— la recepción de su obra se ha dado a partir de dicho tamiz, el de su generación, y ello impide su crítica e interpretación plenas.

Aunado a la falta de análisis dentro de nuestro país sobre su obra, también está el hecho de su “aislamiento geográfico”; esto es, Gardea, al haber vivido en Ciudad Juárez, no pertenecía a ningún grupo intelectual; es más en algunas de sus pocas entrevistas refiere que “no me interesan los mundillos literarios capitalinos que se distinguen por su mezquindad y envidia. Eso sólo lesiona a los demás y a mí me gusta mantenerme lejos de todo eso. Y no es difícil. Vivo suficientemente lejos, en Ciudad Juárez, como para que esas cosas lleguen”.[3] Dicho aislamiento le ofrecía, por un lado, la autonomía necesaria para llevar a cabo su proyecto literario, así como una cierta independencia crítica al no estar en contacto con los representantes de la institución literaria —críticos, reseñistas, editores, etcétera— a los cuales asiduamente veía con cierta distancia y en no pocas ocasiones, con desdén.

Así, bajo estas condiciones de lejanía, autonomía y libertad creativa, nuestro autor logró elaborar un proyecto literario cuyas características aún están en proceso de analizarse. Sin embargo, la recepción de su obra ha carecido de profundidad en la mayoría de los casos. A excepción de las tesis de maestría y doctorado realizadas por investigadores de los Estado Unidos de Norteamérica, en nuestro país la crítica sobre su obra se concentra en las reseñas y notas críticas procedentes de las publicaciones periódicas. Por ello, no es extraño, al acercarse a dichos ámbitos, el encontrar epítetos como “narrador complicado” y excéntrico, los cuales dificultan su lectura y difusión. Asimismo, en estos años la adquisición de la mayoría de sus títulos es una empresa difícil.[4]

Ahora bien, si la obra narrativa de nuestro autor permanece en dicha situación, su único libro de poesía ha sido doblemente desatendido, tanto por la recepción en el ámbito académico y cultural, así como por el mismo autor que no volvió a internarse en el ejercicio poético —propiamente, aunque es preciso aclarar que en la propuesta estética alojada en su obra, las características de su prosa comulgan con diversos elementos de lo poético.

Una cuerda para un sinfín de tonos

Canciones para una sola cuerda representa el único acercamiento formal de Jesús Gardea a la poesía.[5] El libro contiene 74 poemas (sin títulos, solamente numerados) cuya brevedad salta a la luz cuando uno se adentra el libro. Previo a nuestro análisis, resultan interesantes un par de cuestiones acerca de este título. Por un lado, la crítica no ha tenido ningún interés en acercase a él, ya sea por la dificultad que entraña el acercamiento físico (sólo es posible acceder a él a través de los acervos de las bibliotecas), y por el otro, el cierto alejamiento que el mismo autor tuvo frente a su poemario. En las pocas entrevistas que dio, Gardea se refería a este libro como algo circunstancial, un género literario en el que no se sentía en plenitud de facultades para desarrollarlo.

Otro punto de interés lo constituye el tema que desarrolla el autor en este poemario. Es decir, un aspecto que no es ignorado por todos aquellos que se acercan a la obra del autor chihuahuense es que en su narrativa los personajes femeninos y su presencia como carácter erótico son tenuemente tratados. Por ello, al internarse en su propuesta poética, resulta significativo el hecho de que la mayoría de los poemas tienen como inspiración o anclaje temático a la mujer. Las palabras del mismo autor en una entrevista con Verónica Ladrón de Guevara clarifican estas apreciaciones.

—En tu universo literario hay muy pocas mujeres, ¿a qué se debe?

—Créeme que no es por aversión al sexo opuesto, de ninguna manera; y sí hay mujeres, sólo es cuestión de buscarlas. Lo que pasa es que quizá no aparecen jugando su rol sexual y eso es lo que se advierte. [...] Tengo un libro de poesía, aunque no he vuelto a trabajar este género porque no me siento muy a gusto en él, titulado Canciones para una sola cuerda que habla exclusivamente de amor y cada poema tiene que ver con la mujer, con su sexualidad.[6]

Lo cual obligaría a cualquier estudio sobre su obra a penetrar en este libro para de esa forma saber cómo aborda Gardea esta temática. Evidentemente, los tópicos de su narrativa se comparten con los de su poemario, de tal forma que todos aquellos elementos, tanto simbólicos como formales, que la crítica ha analizado en su narrativa, pueden observarse en su poesía. El tratamiento, sin lugar a dudas, tiene otro tipo de fines.

Otro punto a mencionar es el de la  brevedad. La poesía de nuestro autor comparte a plenitud lo expuesto por él mismo en torno a su proceder narrativo. Esto es, el deseo de concisión y la economía del lenguaje. En términos narrativos, ello es observable en el uso de las sintaxis trastocada (hipérbaton, elisión de verbos, etcétera), en la proliferación de frases cortas, en las cuales el uso de comas o puntos y comas es mínimo, lo cual le otorga a los relatos —novelas y cuentos— un alto grado de tensión y condensación estilística. Interés formal que el autor comenta con claridad.

—¿Qué es para usted el concepto de economía de lenguaje?

—Vamos a decir que gastar lo menos posible y conseguir lo más que se pueda. Si con un peso me puedo comprar una chuchería, mejor compro algo que no sea una chuchería, algo más humilde pero útil. Economizo el lenguaje pero no con el afán de tacaño, sino con la idea en realidad de conseguir más con menos.[7]

Así, en su poesía, la cual prescinde de métrica y rima, la idea de cada verso se encuentra brevemente enunciada, o mejor dicho, condensada. En casi todos los casos, los poemas no sobrepasan los 15 versos —ya que los versos están encabalgados. En este sentido, Gardea aboga por un dedicado trabajo con la palabra para acceder a mayores significaciones, ya que

si partimos del hecho de que las palabras están cargadas de significación, entonces claro que al usar una palabra va a tener resonancia. Y todo depende de la habilidad o del arte de la persona que la está usando para provocar una resonancia mayor o más intensa. [...] Vamos, las palabras serían mucho como símbolos, aparecen en vez de otra cosa, y quizá entonces el lector de algunos libros míos tendría que registrar con el oído lo que está leyendo.[8]

Veamos un poema para ver puntualmente estas consideraciones.

2

A caballo

del sol

acompañado

un jinete

busca la rosa

la laboriosa

pasión

de sus

vigilias.[9]

Es perceptible, por un lado, el alto grado de erotismo de este poema, así como la brevedad. Podemos observar, a la luz de este ejemplo, que en su obra poética, nuestro autor busca la eficacia de cada vocablo utilizado, como si en su misma interdependencia espacial, cada palabra estuviese fincando un verso por sí misma. Este es el tipo de recurso que predomina en su quehacer poético. Por ello, para su aprehensión, se tendría que atender a la constitución de significados de cada palabra, a cada uno de los aspectos que conforman cada vocablo.

De alguna forma, la disposición espacial del poema deja lugar a más espacios en blancos, los cuales, obligarían al lector a pausar y detener el aliento en cada parte constitutiva del poema. Así, se pueden atender, en plenitud, los dos aspectos inherentes de la palabra: su significado y su sonoridad. Ya que la poesía ofrece por sí misma un grado mayor de simbolismo, su sonoridad, ritmo y significados son, en este ejercicio de Gardea, respetados y llevados a su expresión mínima, y por ello más condensada.

Al respecto, resulta iluminadora la teoría elaborada por él mismo para su literatura breve, que compaginaría puntualmente con su labor poética.

Escribir es salvarse por la palabra y nada más que por la palabra, al fin de cuentas y de cuentos. De la vaciedad y de la quietud de muerte de hoja en blanco en que me encuentro, sin atinar a cómo salir, sólo la palabra, parece, entiendo ahora, podrá sacarme. Y a ella me atengo. Y a ella vuelvo. [...] Porque la palabra, y aquí asumo, con lo que luego sigue, mi siguiente tesis, teoría, invento; porque la palabra, repito, es el cuento. Tiene el cuento. Lo encierra como la cáscara al fruto. Y no hay de otra sopa. Y yo no soy, sino deseo salir sobrando, más que mero servidor de la palabra y sus mundos.[10]

Entonces, la palabra sería, también, poesía.

De este modo, los dos aspectos generales de su obra poética necesarios para su entendimiento son el erotismo y la concisión lingüística. Características que, como veremos, participarían de su universo narrativo, ampliándolo y ofreciendo nuevas posibles lecturas.

El cuerpo en el desierto, un erotismo silente

Como comentamos anteriormente, el aspecto erótico en la obra de Jesús Gardea es un tema pocas veces tratado, casi susurrado en esa vastedad de su geografía literaria. Efectivamente, el tema que prepondera en su libro de poesía es la mujer, su aprehensión como ser sexuado, el gusto por descubrirla, y sobre todo, el nombrar por medio de todos los sentidos y por medio de todos los recursos poéticos posibles, su complejidad y su disfrute como ser amado.

En este sentido, muchos de los intereses temáticos llevados a cabo a lo largo de su obra narrativa, pueden observarse plenamente en su poesía. Así, los elementos que lo rodean, propios de la geografía del norte del país, se encuentran en juego con la imagen de la mujer. El viento, el sol, la luminosidad, la inmensidad del paisaje, los pequeños artefactos o cosas que sobresalen de esa vacuidad espacial, son nombrados y referidos en torno a su relación amorosa y sexual. De este modo, podríamos separar por temas preponderantes los poemas del libro.

En primer lugar, aparecen lo que llamamos poemas del viento. Los siguientes son ejemplos notables.

7

Después del viento

vino más viento

todavía.

La bandera

débil

de tu

pelo.

Ay el cereal

amoroso

de tu

cuerpo.

Después

del viento

más viento

todavía.

39

Frente

al puño

atroz

del viento

gimen las islas

los barcos

y el dulce

mar de tu cuerpo.[11]

En donde notamos, con claridad, el viento, como elemento constante, presente, con su atrocidad y su sonoridad, contribuyendo a enunciar la voluptuosidad del cuerpo femenino —habría qué pensar en términos geográficos del norte del país para aprehender en plenitud esa presencia, al igual que la del sol y la luz, como elementos cuya exacerbación es ineludible. Interesante resulta, también, la presencia de la mujer, como cuerpo, y en conjunción significativa con el mar, que a pesar de ser por sí mismo una alegoría ya nombrada, lugar común podría decirse, en el caso de nuestro autor corresponde a una idea observable a lo largo de su obra: la mujer siempre referida en conjunción con el agua.

Por otro lado, tenemos los poemas del sol, que, en este sentido, estarían un tanto alejados de la figura femenina, en tanto que su presencia desencadena la sequedad y la ausencia del agua.

40

Cielo

de sol

por dentro.

Sol

de tierra

en su piedra de polvo.

Cuerpo

y ojo de los soles

que ruedan.

41

Obra

de pico y pala

la canción

del sol

para las

sombras.[12]

Así, frente a estos dos elementos naturales, es notable la diferencia de su presencia o influencia en el imaginario poético de nuestro autor. El sol, por sí mismo, le significa una autonomía (el sol para la sombra, desgaste; el sol para el cielo y para la tierra, implacable); no así el viento, sea este una metáfora de la acción voluptuosa, infatigable, o bien, un elemento dentro de ese mundo de islas y barcos que surcan a la mujer-agua.

Ahora bien, la mayor carga erótica en la poesía de Gardea se da en función de dos elementos coincidentes dentro del artefacto poético, por metáfora o contigüidad. Esta condensación de temas eróticos, del cuerpo femenino a través de elementos naturales, es posible observarlo asimismo en breves momentos de su narrativa, sobre todo en la cuentística. De esta forma, podemos observar, a partir de los poemas que posteriormente confrontaremos con algunas citas de los cuentos, cómo se da este juego de correspondencias, o mejor, cómo a la luz de su poesía se pueden clarificar o extender las ideas centrales sobre el erotismo y la mujer de su obra literaria.

En el juego de correspondencias establecido a partir de la confrontación de su poesía y su narrativa, podríamos hacer una serie de consideraciones, y sobre todo, de ramificaciones de las contigüidades semánticas que Gardea utiliza para aprehender lo femenino y con ello, su erotismo. Este aspecto estaría significado a partir de 5 elementos naturales primordiales: el trigo, el viento, los caracoles, el tigre, y, ocupando un lugar preponderante en su imaginario, el agua. En muchos de los poemas, estos elementos no se encuentran aislados, sino compartiendo espacio en la condensación poética.

En primer lugar, el trigo como imagen poética dota al poema de características cromáticas y visuales.

10

La escalera

que va al

trigo

arde

en tu cuerpo

que me busca

sobre

las aguas.

23

El cuádruple

labiado

aguarda

otro envión

más

trigo

en

su

galería.[13]

Donde el trigo, espiga, representaría el sexo masculino —por ello el envión, o la escalera. Interesante resulta la imagen de dicho elemento en dos de sus cuentos donde el trigo se encuentra utilizado para metaforizar o dotar de otras características a los personajes femeninos. Así, en “Ángel de los veranos”, al caracterizar a Nebde, el personaje femenino, el autor la dota de un epíteto significativo, ella como un “trigo candeal”; esta imagen es un continuo que no dejará de aparecer en el cuento. “Nebde era como un trigal, de maduras, de soleadas espigas. Cuando conversábamos por las tardes, por las mañanas, yo no hacía otra cosa, por debajo de mis palabras, que contemplarla: la mecía, ondulaba el viento amoroso de Dios; el viento que me había empujado hasta ella”.[14] Asimismo, en un relato posterior, este elemento se encuentra en una situación distinta: “Una imagen del trigo que crece en la sombra de los valles me asalta con mucha crueldad. Es un hierro candente. Me quema los huesos. El hervor de mi sangre, agrandándose en alguna cúpula que no veo, opaca el murmullo de afuera, me inunda de vapores y de una fragancia de hierbas”.[15] Entonces, el trigo, como elemento visual, es utilizado en ambas situaciones de diferente forma, para representar tanto al sexo masculino, así como parte del discurso que caracteriza cromática, visual y eróticamente al personaje femenino.

Como hemos visto, el viento, como elemento imprescindible en el imaginario poético de nuestro autor, también juega un papel relevante en la concepción erótica de su obra. En su poesía se encuentran, entre otros, estos ejemplos.

54

El viento

la luna

y las

hojas

que se

persiguen

en el sueño

de nuestros cuerpos.

55

Tú despiertas

guitarras

en la boca

del viento

recobramos

lo perdido

el cielo

el fuego

y aquellos tigres.[16]

Que, confrontándolos con la cita anterior sobre el personaje Nebde, nos amplía la concepción del viento en su configuración erótica; un viento que mece, que sonora y visualmente contiene un alto grado de significación. En este sentido, en referencia a la mujer, el viento no es atroz, ni implacable; ocupa, en el permanecer sensual de los amantes, un simbolismo de tersura. Como si a través del tamiz del cuerpo y de la recreación erótica, el viento prescindiera de sus cualidades de implacabilidad.

Los elementos naturales no sólo pertenecen al orden de lo climático —el sol, el viento— y a lo perteneciente a los frutos de dicha tierra yerma; en el imaginario poético de nuestro autor también conviven ciertas especies del orden animal.

En primer lugar tendemos a los caracoles, que por sí mismos, por su condición de ser partícipes del agua, seres de lubricado andar, son usados en el artefacto poético para metaforizar lo sensual.

64

Lejos ya

mis tigres

vuelvo a tu respiración

de hoja nueva

a tu presencia

de lluvia

y caracoles

a mirarte

como te miré

en la mañana

del principio

de las

cosas.[17]

La relación semántica mujer-agua es evidente. En este poema, por cierto, convive otro elemento del orden animal cuya presencia es ineludible, el tigre. En este caso, el tigre estaría como símbolo de la virilidad, de fiereza, por ello el “lejos ya mis tigres”, es decir, después del embate sexual. Coincidentemente, en el poema antes citado (55) estamos frente a un suceso previo, donde el elemento femenino, despierta “el fuego y aquellos tigres”.[18]

En muchos poemas, dichos actores del orden animal aparecen enunciando los aspectos constitutivos de los amantes.

3

La sola mirada

del tigre

levanta

polvo

de palomas

en el horizonte de tu cuerpo

tendido

y manso

junto

al mío.

67

Soy el sueño

de los ríos

de los tigres

y de las

palomas

escúchame

voy tan solo

caminando

rumbo

al mar.[19]

Del tigre, hasta este momento, no hemos encontrado referencia tácita en su obra narrativa; respecto a las palomas, resulta interesante observar un breve párrafo de uno de sus primeros cuentos. “La mujer, sin decirme nada, camina hasta el sillón y se deja caer de nalgas en él. El busto le tiembla entonces como sacudido por una explosión. Al mirarlo, he pensado en dos palomas, insospechadamente poderosas. La mujer y yo duramos bastante rato mirándonos”.[20] A la luz de esta condensación erótica, tan cara a nuestro autor, vemos una de las posibles figuraciones de las palomas, el seno femenino. Si leyésemos de nuevo los poemas anteriores, el tigre y las palomas, tanto en fiereza como en vuelo (tierra-aire, fiereza-delicadeza, cazador-víctima) se pueden poner en contraste un sinnúmero de ideas, algunas opuestas, otras contiguas.

Ahora bien, el agua en el universo simbólico de Jesús Gardea es uno de los temas de mayor condensación metafórica y alegórica. En su narrativa, y por ende en su ejercicio poético —donde ninguna de las dos excluye a la otra— la presencia del agua concentra una serie de símbolos, sobre todo del tipo erótico. En su poesía, la sensualidad y la aprehensión de ello se da a partir de distintas formas metafóricas. Hemos visto que los elementos naturales, climáticos y animales, juegan un papel a veces hasta de actores. Sin embargo, es en lo liquido, en todas las referencias posibles al agua, donde se logra observar con mayor eficacia el erotismo.

En este sentido, el agua siempre está en conjunción con los elementos propios del acto amoroso. Esto sería una obviedad, en tanto que lo lúbrico per se es una manifestación de las humedades del individuo. Sin embargo, habría que notar desde dónde parte nuestro autor para dotar de dicha representación de mayores alcances. En primer lugar, el agua en el universo gardeano está siempre en conjunción con la mujer. La mujer es agua, podría sintetizarse. Agua en el desierto. Si se parte desde el hecho de que su obra está escrita en el espacio geográfico del semidesierto chihuahuense, y que, además, su narrativa espacialmente no abarca otro tipo de situación climática y espacial, entonces encontramos que en ese universo de personajes solitarios, llevados al extremo de su condición humana, la mujer, casi invisible, es la única posibilidad de acceder a lo líquido, y con ello a lo vital.

En su obra narrativa es donde encontramos este tipo de construcciones. En uno de sus primeros cuentos se encuentra esta imagen: “Lautaro Labrisa suele dormirse en el agua. Sueña entonces con mujeres. Las posee mientras canta. Se embriaga de tocarlas y explorarlas, y no es raro que alguna le florezca entre las manos, arrancándole exclamaciones de alegría”.[21] En la cual el personaje solitario, rememorando a su mujer difunta, encuentra el placer del onanismo cuando se sumerge en la tina. Asimismo, encontramos en otro cuento una caracterización de una mujer, descripción llena de recursos poéticos,

—Tiene una trenza de trigo macizo —respondí—. La lleva delante. Le cruza por los montecitos como un río de oro. Y el río baja y va y se embebe en el ombligo. Pero no todo. Algo de sus aguas se derrama y alcanza los pinos rubios y la honda cañada. La muchacha conoce la lluvia; las humedades que salvan. La tarde en que la conocí, llovía sobre sus hombros. Pero había sol. Y viento fresco. Y sonaba el bosque.[22]

En este ejemplo, la mujer se encuentra definida a partir de lo líquido y de los elementos que anteriormente hemos analizado, el trigo, el viento, y ahora el bosque.

El siguiente poema es uno de los más representativos en torno a lo que hemos venido analizando.

66

Me asomé

a mirarte

como el sol

se asoma

a una

casa

dos

palomas

tenías

en la sombra

un alhelí

en las blancas

fronteras

de tu

ombligo

agua de mayo

corriendo

por la

hierbabuena

de tus piernas

me asomé a mirarte

y dos palomas

volaron

hasta

mí.[23]

En el cual es más definido el papel que juegan el sol, las palomas y el agua como referentes de la mujer. Entonces, podemos decir que la mujer —como ese otro por aprehender o por evocar— y todo aquello que remita a su presencia y definición, estará emparentado con el agua. Lautaro, en su soledad posterior a la muerte de su esposa, sólo logra acceder, a través del onanismo, en ese breve momento donde se baña. En la descripción de una mujer lejana realizada por uno de los personajes de “La orilla del viento”, la muchacha conoce “las humedades que salvan”, ella toda es río, trigo, bosque (ese intento por nombrar el verdor consecuencia de el agua, imposible en el espacio donde habitan los personajes de nuestro autor). Asimismo, para este ejercicio de análisis, nos encontramos con uno de los cuentos más significativos dentro de esta temática, un relato de fuerte carga erótica, simbólica y sobre todo, poética, “Arriba del agua”.

En dicho cuento, una mujer, con deficiencia en sus facultades mentales, llega a la puerta del personaje masculino, del que no se sabe el nombre. El cuento trata de esos dos personajes en un diálogo, podría decirse, de sordos, o mejor dicho, de características mágicas. Lo interesante para este ejercicio de correspondencias entre su narrativa y su poesía son las descripciones, con alto grado de simbolismo, que el personaje masculino realiza a partir de la presencia de Jimena.

Crece el río. Se mecen los tules. En los remolinos, caracolitos, arena. Tal vez los caracolitos vengan del mar, o del fondo mismo de las aguas despiertas. Los caracolitos son blancos como la muchacha. [...] En los remolinos, brilla y truena el sol. Me deslumbra; me ensordece. Los tules, el junco, tiemblan en medio de la canícula. Hundo una mano en la tinaja. Por su boca sale no el olor podrido, sino el del agua y los relámpagos. Mi mano resbala como un pez por las paredes lamosas; siento los caracolitos. [...] La muchacha se acerca. Vuelvo a soñar con el río, con los caracolitos y la frescura. Los olanes de la blusa ceden al ímpetu de la corriente; se abren como alas de una paloma volando arriba del agua, de las frutas.[24]

Estas descripciones metafóricas corresponden no a la consumación del acto amoroso, sino de su imaginación. Frente a la presencia de Jimena en el umbral de su puerta, el personaje masculino remitirá a los elementos que, en el imaginario erótico, significan a la mujer. El río, los caracoles, el sol, las palomas, todo ello es descrito con una voluptuosidad ensordecedora, por ello los truenos, la corriente. Frente al sol abrasador, las aguas despiertas, la frescura; frente a la canícula, el cuerpo trémulo de la muchacha.

Los elementos semánticos de esta cita y de los anteriores poemas y párrafos de su narrativa breve amplían la comprensión de lo erótico y la sensualidad en su obra. Una presencia que a primera vista no es del todo perceptible, sin embargo, a la luz de las partes simbólicas que aborda en su libro de poesía, se pueden ver y cribar las escenas y los motivos en donde la mujer juega un papel importante. Por ello resulta necesario, para la comprensión de ese universo de personajes solitarios, de espacios yermos, el acercamiento a su poesía, confrontar el desarrollo de dichos elementos, ya que a primera vista, parecerían enunciaciones precarias.

Sin embargo, también podríamos decir que el ejercicio plenamente poético de Jesús Gardea dista mucho de un compromiso con el verso y el artefacto poético. No está en su interés el realizar una obra poética de mayores magnitudes, ya que el uso, el conocimiento, el desarrollo de las posibilidades del lenguaje, de las figuras poéticas y retóricas las destina, con mayor dedicación y mejores alcances, en su narrativa, espacio en donde formula una de las más interesantes y renovadoras obras de la literatura contemporánea de nuestro país.

Ernesto Emiliano Romero

Tambien en Isagoge

Bibliohemerografía

Cordero, Sergio, “‘Fundo espiritualmente a Delicias’. Entrevista con Jesús Gardea”, La Jornada de los Libros, enero 9, 1988, p. 8.

Duncan, J. Ann, Voices, Visions, and a New Reality. Mexican Fiction Since 1970. Pittsburg: University of Pittsburg Press, 1986.

Gardea, Jesús, Canciones para una sola cuerda. México: uaem, 1982 (La abeja en la colmena,11).

———-, “La palabra es el cuento”, en Roberto Bravo et al., El cuento está en no creérselo. Tuxtla Gutiérrez: uach, 1985 (Maciel, 7).

———, Reunión de cuentos. México: fce, 1999 (Letras mexicanas).

Güemes, César, “‘Escribir es un oficio donde tiene mucho juego la esperanza’: Jesús Gardea, autor de Difícil de atrapar”, El Financiero, México, septiembre 27, 1995, p. 67.

———, “Recibirá el escritor Jesús Gardea un homenaje nacional hoy en el inah”, La Jornada, México, octubre 18, 1998, p. 25.

Ladrón de Guevara, Verónica, “Mis libros no son para un lector que vive de prisa”, El Financiero, México, enero 15, 1993.

Quemain, Miguel Ángel, “Jesús Gardea: El insondable misterio de la gracia”, Revista Mexicana de Cultura, julio 28, 1996, p. 15.

Rodríguez Lozano, Miguel G., Escenarios del norte de México: Daniel Sada, Gerardo Cornejo, Jesús Gardea y Ricardo Elizondo. México: unam, 2003.

Sada, Daniel, “Jesús Gardea: in memoriam”, Fronteras, 17, verano de 2000, p. 78.

Steele, Cynthia, Politics, Gender, and the Mexican Novel, 1968-1988: Beyond the Pyramid. Austin: University of Texas, 1992.

Valenzuela, Jirina Poncarova, La muerte y la soledad en los cuentos de Jesús Gardea. Arlington: University of Texas, 1989.

Vaquera Vásquez, Santiago, Wandering Stories: Place, Itinerancy and Cultural Liminality in the Borderlands. Santa Barbara: University of California, 1997.

Villamil Barrera, María Elvira, El espacio en la novela fronteriza mexicana reciente: Campbell, Ramos, Gardea y Fuentes. Boulder: University of Colorado, 1997.


[1] Sergio Cordero, “‘Fundo espiritualmente a Delicias’. Entrevista con Jesús Gardea”, La Jornada de los Libros, enero 9, 1988, p. 8.

[2] Gardea mantuvo una postura crítica frente a dicha denominación generacional; “eso de proyecto literario, novela del desierto, lo siento muy acá. Aunque no es lo mismo escribir en el desierto que escribir en un bosque, cuate”. En Miguel Ángel Quemain, “Jesús Gardea: El insondable misterio de la gracia”, Revista Mexicana de Cultura, julio 28, 1996, p. 15. Y, en este sentido, Daniel Sada refiere que, “Esto generalmente es nada más para encasillarlo y para facilitar la ubicación cultural y literaria de un autor. [...] No creo que el hecho de ubicarlo [a Gardea] como un escritor del desierto sea en demérito de su obra. El desierto es sólo un pretexto, el valor de esta obra no radica en el entorno geográfico”. En “Jesús Gardea: in memoriam”, Fronteras, 17, verano de 2000, p. 78.

[3] Quemain, p. 15.

[4] Recientemente, Ediciones sin Nombre y el cnca han reeditado algunas de sus novelas. El fce, asimismo, contribuyó a la difusión de su obra al publicar, en un solo tomo, 5 de sus 6 libros de cuentos en 1999.

[5] De este poemario existe una traducción al inglés realizada por Robert L. Girón, Songs for a Single String. Arlington, Virginia: Gival Press, 2002.

[6] Verónica Ladrón de Guevara, “Mis libros no son para un lector que vive de prisa”, El Financiero, enero 15, 1993.

[7] César Güemes, “Recibirá el escritor Jesús Gardea un homenaje nacional hoy en el inah”, La Jornada, octubre 18, 1998, p. 25.

[8] César Güemes, “‘Escribir es un oficio donde tiene mucho juego la esperanza’: Jesús Gardea, autor de Difícil de atrapar”, El Financiero, septiembre 27, 1995, p. 67.

[9] Jesús Gardea, Canciones para una sola cuerda, p. 10

[10] Jesús Gardea, “La palabra es el cuento”, Roberto Bravo et al., El cuento está en no creérselo, p. 42.

[11] Gardea, p. 15 y 47, respectivamente.

[12] Gardea, pp. 48-49.

[13] Gardea, p. 18 y 31, respectivamente.

[14] Jesús Gardea, “Ángel de los veranos”, Reunión de cuentos, p. 170.

[15] Gardea, “De Alba sombría”, Reunión de cuentos, p. 299.

[16] Gardea, pp. 62-63.

[17] Gardea, p. 72.

[18] En algunas de sus entrevistas, Gardea refiere que su espacio vital lo compartía con sus gatos. Extendiendo esta información, y con todas las reservas posibles, el tigre participaría de esos elementos de su vida cotidiana. Esto es, lo felino, vívido, en juego dentro del espacio donde se construye el erotismo, su casa.

[19] Gardea, p. 11 y 76, respectivamente.

[20] Gardea, “Las primaveras”, Reunión de cuentos, p. 61.

[21] Gardea, “Los viernes de Lautaro”, Reunión de cuentos, p. 22.

[22] Gardea, “La orilla del viento”, Reunión de cuentos, p. 273.

[23] Gardea, pp. 74-75.

[24] Gardea, “Arriba del agua”, Reunión de cuentos, pp. 313-314.

“Dois irmãos” de Milton Hatoum

Como comenta Antonio Candido, existen en términos generales dos tipos de resonancias en la literatura, las cuales llama inspiración y citación. La lectura de la novela de Milton Hatoum, Dois irmãos reveló en un primer momento la presencia de ciertos relatos bíblicos dentro del texto, que al ser comparados enriquecen el relato y sus temas. A partir de esta premisa, nuestra lectura propone vincular la novela a dos líneas; por un lado, la importancia de la enunciación de los procesos histórico-familiares de la emigración. Por otro, la simbolización de la historia de Manaus a partir de la historia particular de una familia cuyos referentes se encuentran inspirados por algunas historias bíblicas, entre ellas, la de Esaú y Jacob. De tal forma, la novela de Hatoum no sólo significa la reelaboración de temas ancestrales, sino participa de nuevos elementos para enunciar diversos procesos sociales en el Brasil moderno.

 

Para el entendimiento de una de las líneas de la novela de Hatoum, es necesario acudir a dos leyendas bíblicas fundacionales. La presencia y reelaboración de estos temas supondría una resonancia de inspiración.

 

En la inspiración, el texto generador proporciona al texto receptor una o más ideas que contribuyen a su configuración, teniendo un carácter de generalidad que afecta al significado final del todo o de una de sus partes. Es por tanto algo esencial, incluso cuando se expresa en palabras diferentes de las que aparecen en el texto generador, pues lo que ella traspone son temas.[1]

 

Milton Hatoum ha señalado que las resonancias se encuentran como elementos que simbolizan la historia propia de las ciudades del interior del Brasil, en específico Manaus.

 

Em Dois irmãos, uma das perspectivas do romance é estabelecer um diálogo entre a decadência da família, dos dramas familiares, e a decadência da cidade. E isso tendo como reflexo também o que acontece no sul, no sudeste. Então no início a cidade é a cidade que eu conhecia, a cidade mais ou menos civilizada, pacata, belíssima, até os anos 60, e depois, com o advento da Zona Franca, Manaus tornou-se uma cidade industrializada, com uma periferia urbana miserável, com uma violência urbana parecida com a de qualquer metrópole brasileira, onde as tensões sociais são enormes e eu quis explorar um pouco isso. Quer dizer, fazer a decadência da cidade ser uma ressonância da decadência da família, dessa casa familiar que desmorona e que se transforma em ruínas.[2]

 

Ahora bien, las leyendas bíblicas que notamos como presencias más visibles son las de Caín y Abel (como historia origen de la enemistad entre hermanos) y la de Esaú y Jacob. La leyenda de Caín y Abel, hijos de los padres fundadores de la humanidad, es relatada en el Génesis. En el texto bíblico se encuentra brevemente contado, lo cual da pie para sus diversas interpretaciones. Textualmente, la historia es la siguiente:

 

Y conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y parió a Caín, y dijo Adquirido he varón por Jehová. Y después parió a su hermano Abel. Y fue Abel pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, y de su grosura. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; mas no miró propicio a Caín y a la ofrenda suya. Y ensañóse Caín en gran manera, y decayó su semblante. Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por que se ha inmutado tu rostro? Si bien hicieres, ¿no serás ensalzado?, y si no hicieres el bien, el pecado está a la puerta: con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él. Y habló Caín a su hermano Abel: y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y le mató. (Génesis 4:1-8)

 

Los elementos que nos interesan para este trabajo son los respectivos a las distintas ocupaciones de los hermanos, que consecuentemente serán el origen de la rivalidad por las ofrendas. Uno, agricultor, otro, pastor. Paralela a la distinción de ocupaciones, se encuentra la rivalidad por la envidia, y la ambición de agradar a Dios con las respectivas ofrendas. Tal sentimiento inclina a Caín a matar a Abel, lo cual le cosechará el exilio y la mácula de por vida.[3]

Después de esta leyenda, encontramos la historia de Esaú y Jacob narrada asimismo en el Génesis. Esta historia se encuentra profundamente actualizada en la obra de Hatoum —podríamos decir que las referencias con esta historia son más directas. Esaú y Jacob, hijos de Isaac y Rebeca, se encuentran enemistados desde el vientre de la madre, “los hijos se combatían dentro de ella” (Génesis 25:22). El primero en nacer, Esaú, es rubio y velludo; Jacob nace tomado del talón de su hermano (en hebreo Ya’kuv significa “sostenido por el talón”). Al crecer, continúa la rivalidad y diferencia de los hermanos, ya que “Esaú fue diestro en la caza, hombre del campo: Jacob empero era varón quieto, que habitaba en tiendas. Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza, mas Rebeca amaba a Jacob” (Génesis 25:27). Aquí se observa otro elemento que enriquece el tema, la preferencia de los padres por un hijo en particular. En la historia, el principio de la ambición de Jacob comienza con la venta de la primogenitura por un plato de potaje. Esaú, hambriento, se lo cambia sin pensar las consecuencias. Posteriormente, por un engaño impulsado por la madre, Jacob recibe la bendición de su padre en el lecho de muerte, bendición que estaba destinada a Esaú. Jacob, para huir del deseo de venganza de su hermano, huye. Tiempo después habrían de encontrarse, Jacob realiza otra artimaña para calmar a su hermano que venía a él para vengarse por los engaños sufridos. Jacob será el tercer patriarca del pueblo elegido y ancestro inmediato de las doce tribus de Israel. (Génesis 25-33).

 

La novela de Milton Hatoum forma parte de una serie de nueva narrativa brasileña que, en cierta medida, está nombrando diversas historias en torno a la emigración que ha sufrido Brasil a lo largo de su historia. Como señala su apellido, Hatoum es descendiente de libaneses, aspecto que el autor detalla como imprescindible para su labor literaria.

 

Filho de um imigrante oriental com uma brasileira de origem também oriental, eu pude descobrir, quando criança, os outros em mim mesmo. [...] A presença e a passagem de estrangeiros na casa da infância contribuiram para ampliar um horizonte multicultural. Minha língua materna é o português, mas o convívio com árabes do Oriente Médio e judeus do norte da África me permitiu assimilar um pouco de sua cultura e religião.[4]

 

Igualmente, la convivencia con la cultura indígena de la región enriquece su experiencia; “a cultura indígena se impunha com a presença de nativos que moravam na minha casa e freqüentavam o bairro de imigrantes orientais da capital do Amazonas”. De esta forma, la configuración cultural de Manaus se condensaría en la figura de Hatoum, testigo y escucha de las diversas tradiciones, la propia y las externas. Por ello, el punto donde todas las experiencias vitales desembocarían, según Hatoum, sería en la narrativa oral.

Além da religião, da língua e dos costumes, a cultura do Outro estava delineando-se por um outro caminho, talvez o mais fecundo para mim: o da narração oral. Essa forma de discurso era usada por exímios contadores de histórias que freqüentavam a Pensão Fenícia, lugar da minha infância. [...] Ouvir essas histórias, ver os narradores com seus gestos e expressões foi uma das experiências mais fecundas da minha infância e adolescência. De certa forma, também eu viajei aos lugares mais recônditos do Amazonas e ao longínquo Oriente. Para o ouvinte, aquelas histórias narradas assumiam um caráter ao mesmo tempo familiar e estranho. Aqueles mundos, reais ou fictícios, passaram a fazer parte da minha vida. O viajante imóvel experimenta, assim, a percpeção do Outro através do convívio e da palavra oral.[5]

Lo cual convive con lo observado en Walter Benjamin y Ricardo Piglia, en tanto que la base de las mejores literaturas es la tradición oral de los innumerables narradores anónimos. Mientras esa relación entre el narrador y la tradición oral sea más estrecha, se podrá, siguiendo al escritor argentino, poner en conflicto las distintas versiones para acceder a la verdad.[6] Esta relación puede ser observada en la construcción del narrador de la novela de Hatoum, el hijo de Domingas y Omar, el cual remite la historia de la familia tanto por lo propiamente observado como por lo escuchado en las pláticas con Halim y los demás miembros de la familia. Un narrador al mismo tiempo partícipe y testigo.

Dois imãos, por otro lado, está focalizado principalmente en Omar y Yaqub, los hermanos mellizos hijos de Zana y Halim. A través de su eterno enfrentamiento se condensa la historia de la familia —una familia clánica, como comenta el autor. Yaqub es el mayor, Omar es el menor, el Caçula.

 

Yaqub e Omar nasceram dois anos depois da chegada de Domingas à casa. Halim se assustou ao ver os dois dedos de parteira anunciando gêmeos. Nasceram em casa, e Omar uns poucos minutos depois. O Caçula. O que adoeceu muito nos primeiros meses de vida. E também um pouco mais escuro e cabeludo que o outro. Cresceu cercado por um zelo excessivo, um mimo doentio da mãe, que via na compleição frágil do filho a morte iminente. (Hatoum, 66)

 

Aquí podemos ver dos elementos que declaran su filiación con la historia bíblica. Por un lado, la introducción del nombre del hermano mayor podría dar a una referencia al Jacob bíblico; recuérdese que en árabe tal nombre corresponde a Ya’qūb. Por otro, la característica física de Omar, velludo como Esaú.[7]

Desde pequeños, los hermanos de diferencian uno del otro por sus actitudes; Yaqub “trancava-se no cuarto, o egoísta radical, e vivia o mundo dele, e de ninguém mais. O pastor, o aldeão apavorado na cidade?”, mientras que el Caçula, “exagerava as audácias juvenis” (Hatoum, 32). El primer enfrentamiento entre ellos proviene, como en el caso del texto bíblico, por la preferencia de los padres. En este caso, Omar es el receptor de todo el amor y la protección de su madre; Yaqub lo es de Halim. El segundo momento será a partir de un tercero, una niña a la cual los dos cortejan, Lívia. La preferencia de Lívia por Yaqub desencadena el celo del hermano, quien al no poder soportar tal decisión, le rasga la cara con una botella rota. Esa cicatriz será el punto más notable de diferencia física entre los dos, al tiempo que se constituye como una marca simbólica: “A cicatriz já começava a crescer no corpo de Yaqub. A cicatriz, a dor e algum sentimento que ele não revelava e talvez desconhecesse. Não tornaram a falar um com o outro. Zana culpava Halim pela falta de mão firme na educação dos gêmeos. Ele discordava: ‘Nada disso, tu tratas o Omar como se ele fosse nosso único filho’”. (Hatoum, 28)

Después del acontecimiento, el padre decide separar a los hijos para buscar una posterior reconciliación. Yaqub es mandado a Líbano con sus parientes, y Omar se queda en Manaus como el centro de atención de las mujeres de la casa, Zana, Rânia —la hermana menor—, y Domingas, la sirvienta de la casa. Al regreso de Yaqub, en plena juventud, el distanciamiento es aún mayor. Las distintas actitudes ante la vida los distinguen y los separan. Omar, con una vida concentrada en los centros nocturnos y en la embriaguez; Yaqub decidido a sobresalir académica y profesionalmente. Ese contraste es enunciado en distintos momentos en la novela, por ejemplo, por los maestros de escuela. “Os religiosos sabiam que o ex-aluno tinha futuro; naquela época, Yaqub e o Brasil inteiro pareciam ter um futuro promissor. Quem não brilho foi o outro, o Caçula, este, sim, um ser opaco para padres e leigos, um lunático, alheio, inebriado com a atmosfera libertina da cidade”. (Hatoum, 42)

Posteriormente, Yaqub decide irse a São Paulo a estudiar arquitectura. Esta es su segunda partida del hogar en Manaus. La historia desde aquí se centra en las diversas aventuras de Omar con dos mujeres que lo enfrentaron con su madre. Su fugaz romance con la Mulher Prateada, bailarina de centros nocturnos, y con Pau-Mulato, con quien se fuga varios meses de la sombra de su madre para vivir como pescador a la ribera del río. La búsqueda de la madre por su hijo dura varios meses, hasta encontrarlo y hacerlo regresar a la casa familiar. Posterior a ello, la vida de Omar se ve trastornada; imposibilitado para llevar a cabo una relación duradera con una mujer, cercado por los celos de Zana, se refugia en el jardín de la casa, donde pasa el tiempo arreglando las plantas y escarbando los hormigueros. Un exiliado en su propia casa; “era estranho vê-lo assim, tão perto do nosso canto, descalço e sujo”. (Hatoum, 204) Yaqub, ya un reconocido arquitecto, regresa a Manaus, lo cual desencadena de nuevo el celo del hermano, quien lo golpea casi hasta la muerte, ya que también se entera que se casó en secreto con Lívia, el objeto común del deseo. Hasta este punto, la presencia de Yaqub era la de un hombre lejano, huraño y resentido, el cual cosecha el éxito en São Paulo. Sin embargo, el desenlace de la novela nos muestra las intenciones y el rencor guardado del hermano mayor. Ya muertos Halim y Zana, sin poder ver a sus hijos reconciliándose, Yaqub decide vengarse de Omar. Vende la casa familiar, y obliga a Omar a errar. Hasta que el narrador, su hijo, producto de la violación que cometió contra Domingas, lo ve envejecido, volviendo a la casa familiar ya habitada por otros, como la imagen final del paraíso perdido por la eterna disputa.

Así, el final de la novela se refiere a la enemistad de los hermanos, donde quizá no haya parámetros para decidir quién fue el bueno y quién el malo, la misma intención de la novela no lo requiere, porque “a loucura da paixão de Omar, suas atitudes desmesuradas contra tudo e todos neste mundo não foram menos danosas do que os projetos de Yaqub: o perigo e a sordidez de sua ambição calculada” (Hatoum, 264).

 

Podríamos decir que la reelaboración del tema de los hermanos enfrentados realizado por Hatoum participa de sus elementos constitutivos. Asimismo, desplaza el punto geográfico a una población al margen de las urbes, Manaus, y atiende la historia de esa población a partir de una familia conflictiva. La inspiración de la historia de Esaú y Jacob es evidente desde el nombre propio de uno de ellos, Yaqub, así como de la característica física a partir del vello corporal de Omar. Sin embargo, Hatoum desplaza a Yaqub como el hijo preferido del padre, no de Rebeca como en la leyenda bíblica. Asimismo, se encuentra la diferencia de labores, Esaú-Omar más dados a la actividad física y lúdica, Jacob-Yaqub encerrados en sí mismos, varones quietos permaneciendo en su casa.

En resumen, la reelaboración de los temas bíblicos podría concentrarse en tres elementos. En primer lugar, la importancia del ser gemelos o mellizos. Este aspecto determina el motivo de los símiles distintos —primer componente del tema. A pesar de la apariencia semejante (quizá sólo matizada por el color de la piel o las características capilares), desde el principio de las historias se da cuenta de la disparidad de posiciones ideológicas frente al mundo. Muestra de ello es la diferenciación de actividades laborales y lúdicas (agricultor, pastor; licencioso, retraído).

El segundo elemento común sería el de la envidia y el deseo de poder. El poder se configura en cada reelaboración del tema según la línea ideológica del texto, en un caso será el poder de ofrendar y congraciarse con Dios; en otro, los privilegios que ofrece la primogenitura; o bien, el amor de los padres y la mujer deseada. Por ello, la diferencia de los medios por los cuales se pretende acceder a ese poder es lo que configurará cada personaje y cada realización del tema.

El tercer motivo, es la anulación del otro. Según el caso, la anulación será dada por la muerte, en otras por la suplantación en la línea de descendencia, en otras por el encarcelamiento y posterior huída del otro. Sin esa anulación no es posible la configuración del tema ya que en los casos vistos, uno de lo hermanos es origen de pueblos o civilizaciones, o como en el caso de la novela de Hatoum, Yaqub es quien condensa en su figura el futuro y el progreso de Manaus y Brasil.

Hatoum, al reelaborar un tema anteriormente tratado, establece una relación con las tradiciones de las cual es parte. Su novela, a partir de ese conflicto entre distintos puntos de vista ideológicos representados en los hermanos, enuncia el nacimiento de la nación brasileña, a partir de la emigración sufrida a principios del siglo XX. Los temas que transponen las leyendas bíblicas están relacionadas con la inauguración de una nación o pueblo, a partir del conflicto entre distintas posiciones frente al mundo.[8] La rivalidad proviene tanto de la familia misma, hasta de la forma en la cual se desenvuelven en la sociedad. Por otro lado, el escritor brasileño no sólo desplaza el centro de su novela a un lugar marginal, sino que también desplaza la focalización a una familia árabe-brasileña, con los conflictos propios de la adaptación —los cuales no son del todo visibles; se podría decir que no existe en realidad un enfrentamiento entre lo árabe y lo brasileño, menos con lo indígena; tres tradiciones culturales que conviven en el interior de la casa, así como en Manaus. Asimismo, nombra la integración de una cultura arcaica en un espacio nuevo. De tal forma que la lectura entre las leyendas base y la novela de Hatoum activa los elementos que simbolizan la creación de un nuevo estadio en la nación brasileña. Un progreso proveniente de una relación conflictiva,  ya que al final la creación de un nuevo orden supone la anulación de los obstáculos.

 

Bibliografía

 

 

Benjamin, Walter, “O narrador. Considerações sobre a obra de Nikolai Leskov”, Obras Escolhidas. Magia e Técnica. Arte e Política, tradução: Sergio Paulo Rouanet, prefácio: Jeanne Marie Gagnebin, São Paulo, Editora brasiliense, 1986, pp. 197-221.

 

Candido, Antonio, Estruendo y liberación. Ensayos críticos, Organización, edición, presentación y notas de Jorge Ruedas de la Serna y Antonio Arnoni Prado, México, Siglo XXI, 2000.

 

Entrevista com Milton Hatoum, Jornal do UNICAMP, Campinas, junho de 2001 – Ano XV – N. 163,http://www.unicamp.br/unicamp/unicamp_hoje/ju/jun2001/unihoje_ju163pag18.html

 

Entrevista com Milton Hatoum, en http://www.linguativa.com.br/home_entrevista_hatoum.asp

 

Hatoum, Milton, Dois irmãos, São Paulo, Companhia das Letras, 2000.

 

Hatoum, Milton, “Escrever à Margem da História. Texto da participação do autor em 4-11-1993 no seminário de escritores brasileiros e alemães, realizado no Instituto Goethe, São Paulo”, http://www.hottopos.com/collat6/milton1.htm

 

Piglia, Ricardo, Tres propuestas para el próximo milenio (y cinco dificultades), Buenos Aires, fce, 2001.

 


[1] Antonio Candido, “Resonancias” en Estruendo y liberación. Ensayos críticos, p. 239.

[2] Entrevista com Milton Hatoum, Jornal do UNICAMP, Campinas, junho de 2001 – Ano XV – N. 163, http://www.unicamp.br/unicamp/unicamp_hoje/ju/jun2001/unihoje_ju163pag18.html

[3] Esta leyenda es contada también en El Corán: “Cuéntales la historia, tal cual es, de aquéllos dos hijos de Adán que presentaron sus ofrendas. La ofrenda del uno fue aceptada, la del otro fue rechazada. Este le dijo a su hermano: Voy a matarte. —Dios, respondió el otro, no recibe ofrendas más que de los hombres que le temen. Aun cuando tú extendieses sobre mí tu mano para matarme, yo no extendería la mía para quitarte la vida, pues temo a Dios, el dueño del universo. Prefiero que tú solo salgas cargado con mis pecados y con los tuyos y que seas encomendado al fuego, recompensa de los perversos. Y su alma (su pasión) lo arrastró al asesinato de su hermano; lo mató y fue del número de los perdidos”. (Sura V:30-33)

[4] Hatoum, “Escrever à Margem da História”, en http://www.hottopos.com/collat6/milton1.htm

[5] Ibíd.

[6] Según Piglia, es necesario “rescatar las verdades fragmentarias, las alegorías y los relatos sociales. Esta verdad social es algo que se tematiza y se busca, que se ha perdido, por lo cual se lucha, que se construye y se registra. La verdad es un relato que otro cuenta. Un relato parcial, fragmentario, incierto, falso también, que debe se ajustado con otras versiones y otras historias”. Tres propuestas para el próximo milenio, p. 30.

[7] “Y salió el primero rubio, y todo él velludo como una pelliza; y llamaron su nombre Esaú” (Génesis 25:25).

[8] Recuérdese la historia de Rómulo y Remo contada por Tito Livio —entre otros— en su Ab urbe condita en la cual también el nacimiento de la nación romana está precedida por un conflicto consanguíneo por el deseo de poder.

 

Segundos ensayísticos de “El minutero”

La palabra se ha convertido de esclava en ama cruel. Ya no acude con docilidad cuando la llamamos. Hoy por hoy, la palabra tiraniza al hombre y pretende cabalgar a toda hora sobre él, y espolearlo, e infundirle una locuacidad cómica.

Ramón López Velarde

 

Lector de Montaigne, deudor directo de la estética periodística del modernismo, la producción ensayística de Ramón López Velarde tiene un lugar fundamental en el ejercicio del género en nuestro país. Efectivamente, la reunión de sus textos en prosa se debe al análisis e investigación posterior a su muerte.[1] No obstante, el interés —e ímpetu— con que el poeta jerezano se abocó a la redacción de sus prosas, en su mayoría destinadas a las publicaciones periódicas, así como la variedad de registros, tonos, temas y estilos que se pueden hallar en ella, suscita su análisis. En este sentido, el acercamiento a este tipo de producción literaria obliga una ponderación previa, en tanto que es posible decir que la prosa de López Velarde participa de elementos que fundaron la escritura del siglo xix. En este sentido, el trabajo de Susana Rotker en torno a la crónica de José Martí ayuda a sentar las bases de ese tipo de prosa:

 

es la crónica el laboratorio de ensayo del ‘estilo’ —como diría Rubén Darío— modernista, el lugar del nacimiento y transformación de la escritura, el espacio de difusión y contagio de una sensibilidad y de una forma de entender lo literario que tiene que ver con la belleza, con la selección consciente del lenguaje, con el trabajo con imágenes sensoriales y símbolos, con la mixtura de lo extranjero y lo propio, de los estilos, de los géneros, de las artes.[2]

 

Crónica, como han comentado diversos autores, es la forma genérica por la cual los escritores modernistas signaron su creación prosística en periódicos y revistas de la época. En muchas ocasiones, tal designación era admitida con una amplitud de criterios; podría haber en ellas tanto el comentario de un suceso de actualidad, alguna evocación personal, disquisiciones alrededor de un tema en particular, social, literario, político o cultural. Evidentemente ligado por su origen a la periodicidad y a la actualidad del tema, es por sí mismo un género de diversas variaciones en tanto autores la produzcan. Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina, Amado Nervo, José Juan Tablada, entre otros, abrevaron de sus fuentes y practicaron el género con diferentes alcances.

Ahora bien, las delimitaciones de la crónica son de un orden difuso, es por ello que en no pocas ocasiones el ejercicio escritural se contaminaba, trascendía sus límites y comulgaba con elaboraciones plenamente ensayísticas. Esto es, el medio en que fueron publicadas esas prosas no demeritaba su carácter de textos con mayor perennidad que la momentánea que le otorgaba la publicación en cuestión. Muchas de esas crónicas es posibles leerlas hoy, a la luz del tiempo, como reflexiones y argumentaciones bien elaboradas, con una calidad estilística reconocible. En esta tradición es donde se inscribe López Velarde. La compilación de sus prosas por ello recibe como nombre general el de crónicas, a pesar de haber una multiplicidad de estilos y tonos tratados por el autor. Poemas en prosa, breves ensayos, análisis políticos, coronas fúnebres, crítica literaria, bosquejos, constituyen la amplia variedad —y maleabilidad— de su prosa. Como comenta Blanca Rodríguez, “La obra prosística de López Velarde que colinda con lo poético o que es poética, se ha agrupado bajo varios rubros únicamente para una finalidad de ordenamiento externo, ya que la creatividad del artista contemporáneo desborda los clichés con que se clasificaban tradicionalmente las obras literarias”.[3]

Por otro lado, la definición teórica del ensayo ha generado un sinnúmero de análisis, investigaciones y textos. Siguiendo a María Elena Arenas Cruz, el tipo de textos argumentativos tiene elementos que le son propios y que son posibles de análisis, tales como lo sintáctico-dispositivo, lo semántico-inventivo y los niveles de participación en la comunicación; en este sentido,

 

lo peculiar de las clases de textos argumentativos es que precisamente suelen ser el vehículo de expresión más adecuado para tratar cualquier asunto; los temas pueden proceder tanto del mundo de la realidad cotidiana como del de la cultura en general y tienen tanta amplitud como opiniones, juicios, valoraciones o creencias pueda tener un individuo que decide coger la pluma y expresarlas directamente como aportación al debate general.[4]

 

Esa definición, de contenido, sienta las bases para una mejor lectura de los textos en cierto sentido inclasificables, y estaría en relación a lo que Juan Loveluck asienta en relación al ensayo, ya que “la forma literaria se pliega, en este caso, a las condiciones personales, adquiere diversas coloraciones individuales, sin exigir del escritor —y quizá sea ésa la vana fortuna del ensayista— el previo sometimiento a reglas institucionales, a normas suprapersonales”.[5]

En relación a esto, resulta necesario tener presente, que “todo ensayo remite siempre a la perspectiva del sujeto y su capacidad de juicio”, por ende, “la obra no deberá ser entendida sólo como representación del mundo, sino también como interpretación de ese mundo y aun como constitución de un nuevo mundo interpretado”.[6] Por ello, es necesario adentrarse en el ejercicio del escritor, su ejecución ensayística y en sus elementos constitutivos, “Para entender el ensayo es preciso descubrir su primer latido, acercarnos a su nacimiento mismo, cuando el ensayista pronuncia las palabras ‘yo, aquí, ahora’, y seguirlo luego en su despliegue, en este hacerse, de acontecimiento, sentido, de suceso, valor, y en este volverse, por la interpretación, de voz individual en palabra comunitaria”[7]

 

Lector y creador

 

Ramón López Velarde, como todo buen ensayista que se precie de serlo, tenía en mente, continuamente, la presencia de Michel de Montaigne, fundador y creador del género. No es difícil observar esto, ya que el jerezano acudía, siguiendo las enseñanzas de estilo del autor francés, a las sentencias o lecciones vertidas en sus libros. Muestra de ello son las citas en diversos textos, que le servían para ejemplificar e iluminar el tema tratado, por ejemplo: “No cualquiera logra el desenfado desdeñoso de un Montaigne para decir: ‘Que la muerte me atrape cultivando las coles de mi jardín imperfecto”.[8] O esta en torno a la época navideña: “Es justo que el Invierno nos dé una compensación como regalo de Noche Buena. Porque por más que Montaigne afirme que todo nuestro ejercicio filosófico se reduce a aprender a morir, nos duele ver las fugas de las horas”.[9] Asimismo, cuando reflexiona sobre “Los viejos verdes”: “Me limito a solicitar un poco de indulgencia para los reumáticos, tísicos y cardiacos que, sin haber leído a Montaigne, practican su consejo: ‘Cuando el tiempo, como guardián inexorable, os arrastre por las postrimerías invernales, volved siempre la cabeza a vuestra florida edad’”[10]

De la misma forma, parafrasea, para poder ser contundente en la apreciación de su generación: “No atinábamos con el metal de nuestra propia voz. Nos dolía no conciliar los intereses dispersos de la conciencia. No conocíamos aún la sentencia de Montaigne: El hombre es, en todo y por todo, remiendo y mezcolanza”.[11]

Estas referencias al escritor francés —conexiones intertextuales— muestran el conocimiento no sólo de la obra ensayística fundadora, sino su plena aprehensión como ejemplos de sabiduría y erudición. Por ello, es posible afirmar que el conocimiento —y estudio— de la obra de Montaigne le otorgó también una base técnica en cuanto a la elaboración del género. Si bien es cierto que su prosa abreva aún de la estética iniciada con el modernismo, el desarrollo de su escritura también se orientó a otros rumbos.

En este sentido, es posible ver también coincidencias en torno a temas comunes, por ejemplo, sobre la soledad y el silencio, que declaran una filiación con las reflexiones de Montaigne. López Velarde, comenta, que “la soledad es gemela del silencio y también el silencio te educa, porque el encerrarte dentro de él como en una esfera de oro, se afina tu espíritu”.[12] Reflexión que es tema de un texto publicado en 1912, en La Nación,

 

El mortal que sabe encerrarse en el silencio, como en una esfera de oro, posee el secreto de la dicha más honda. Las creaciones de la fantasía discurren por las zonas de la soledad como por el espacio más a propósito para que se agigante el pensamiento. En el recinto grave de los aposentos inaccesibles a la algarabía callejera, el espíritu se siente como en su patria, saboreando el mutismo de la eternidad. Nada mejor para contemplar el pasado y para columbrar el provenir, que el silencio, a todas horas fecundo”.[13]

 

Estas ideas, que muestran el mundo subjetivo del jerezano, se pueden confrontar con las reflexiones de Montaigne en su ensayo “De la soledad”, en el cual, asevera que

 

es preciso que el alma se recoja y se aísle en sí misma; tal es la soledad verdadera, que puede gozarse en las ciudades y en la corte de los reyes; pero se goza mejor apartándose. Puesto que tratamos de vivir solos, sin ninguna compañía, hagamos que nuestro contento dependa únicamente de nosotros; desprendámonos de todo lazo que nos sujete a los demás; ganemos en vivir conscientemente conforme a nuestro sabor. […] Bastante se ha vivido para los demás, vivamos para nosotros, al menos este cabo de la vida. Reencontrémonos a nosotros mismos y arreglemos a gusto nuestro pensamiento e intenciones. No es tarea fácil la de buscar acertadamente su retiro; esto es por sí bastante ocupación sin que con él mezclemos otras empresas. Puesto que Dios nos da tiempo para disponer nuestra partida, preparémonos; hagamos nuestro equipaje, desprendámonos de esas violentas pinzas que nos arrastran a otra parte y nos alejan de nosotros mismos”[14]

 

La concordancia de ideas, puede ofrecer una visión comparativa, en tanto que Montaigne, en su ensayo, reflexiona sobre la soledad que no beneficia, en la cual el individuo carga, aún solo, con sus pesares. Por ello, para tener una soledad “plena” es necesario el despojo de tribulaciones. Por otro lado, López Velarde desplaza el tema a lo artístico o creativo —uno de sus temas torales en las reflexiones prosísticas—, sin embargo, la argumentación, o bien, la disposición del tema a partir del propio juicio, lo relaciona directamente con Montaigne; lo amplía, es posible decirlo.

Lector cuidadoso de sus ensayos, el jerezano también sitúa su yo y entabla un diálogo, sea éste con una dama o a un público en general, un tú múltiple, por ello además de la reflexión en curso, o del apunte sobre un tema, existe una de las creaciones de Montaigne: la condensación del pensamiento en sentencias claras, aspecto que al parecer Velarde tenía permanentemente presente.

 

Los segundos ensayísticos de El minutero

 

El minutero, en palabras de José Luis Martínez, es el volumen de prosas —algunas de ellas ya publicadas en algunos periódicos y revistas— que el autor había organizado para “ayudarnos a la comprensión de su obra y para afirmarnos el contenido de su mensaje”.[15] Esto es, le había otorgado un valor perennal a los textos que estaban destinados a lo efímero de la periodicidad. Ello, por un lado, nos ofrece una lectura del propio López Velarde al considerar para su difusión en conjunto una serie de prosas, y temas, que enriquecerían su invaluable obra poética. Por otro, ayuda a aprehender el libro como un conjunto seleccionado para el conocimiento de sus diferentes registros en prosa.

Temas y tratamientos que imposibilitan la catalogación genérica del libro, ya que en él se hayan tanto poemas en prosa (“Obra maestra”, “El bailarín”), textos de homenaje (“Oración fúnebre”, “Anatole France”, “Las santas mujeres”, “Urueta”), crónicas (“Dalila”), textos confesionales (“Mi pecado”, “Fresnos y álamos”) y textos histórico-políticos (“Novedad de la patria”, “La conquista”). Las prosas velardianas contienen diversos estilos, por lo general, la construcción sintáctica acusa una elaboración precisa y cuidada, muy cercana a su labor como poeta. La brevedad y la condensación de sus temas es también un rasgo constante. Efectivamente, algunas de estas prosas estaban supeditadas al espacio de la publicación en cuestión, pero también hay textos que no fueron dados a conocer anteriormente, y cuya extensión no es mayor, como el caso de “El bailarín”. Así, como comenta Blanca Rodríguez, una de las características de su prosa es que

 

apela en algunos momentos a analogías cotidianas, actitud que favorece la comunicación, con lo que se hermana a su obra poética. Sus planteamientos se desenvuelven coherentemente, conllevan claridad conceptual y la polisemia del lenguaje, a diferencia de su poesía, se reduce. López Velarde al compaginar racionalidad y emoción persuade a través de un lenguaje que se le subordina y en el que intercala algunas imágenes cercanas a su obra poética.[16]

 

Es por ello que, en algunos momentos, los temas jerezanos, el retorno a la tierra provinciana, tratados abundantemente en la obra poética, son nuevamente abordados, pero con una perspectiva distinta, estableciendo un diálogo mayor, menos críptico, más proclive a la comunicación. Así, “En el solar”, texto autoreferencial que relata sus percepciones al regresar a Jerez, una ciudad que lo “tienta con un mixto halago de fósil y de miniatura”. Un texto de tonos melancólicos y narrativos, pero que condensa esos breves destellos de introspección y elaboración de su yo que regresa al terruño. Texto breve que ofrece algunos datos del viaje; el motivo: electoral; una cena no deseada (“fantasmas, fantasmas, fantasmas”), y la oración que otorga al texto un vuelco temático: “He hecho un descubrimiento: ya no sé comer”.

En este sentido, se puede comentar con Liliana Weinberg,

 

Muy lejos estamos aquí de las notas de superficialidad, arbitrariedad o carácter azaroso que se atribuyen más de una vez al género ensayístico. Estamos, precisamente, en el envés de esa trama: el ensayista viaja a los orígenes, y hace así, de una experiencia personal y exclusiva una experiencia total y transmisible. La experiencia vivida se vuelve memoria y sentido, a través del esfuerzo mismo por participarla: un viaje a la semilla que es, en un extremo, totalmente personal, y en el otro, absolutamente humano.[17]

 

En este sentido, se logra observar la nitidez del pensamiento velardiado —tamizado por la experiencia— del estado del país en “Novedad de la patria” de 1921. Un ensayo con mayo amplitud y argumentación, sin carecer por ello de la ejecución prosística de sopesada y delicada elaboración.

La valoración del país, un tema necesario en el transcurrir del humanismo latinoamericano y mexicano, en contraste con los anhelos de provenir “pomposo y multimillonario”, le sirve de exordio, puerta rememorativa, para comenzar su reflexión:

 

Han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una Patria menos extensa, más modesta y probablemente más preciosa. […] nuestro concepto de la Patria es hoy hacia dentro. Las rectificaciones de la experiencia, contrayendo a la justa medida la fama de nuestras glorias sobre españoles, yanques y franceses, y la celebridad de nuestro republicanismo, nos han revelado una Patria, no histórica ni política, sino íntima.[18]

 

En concordancia con su visión de mundo, la interiorización de ese constructo, al fin de cuentas, ideológico, se suma a las disquisiciones en curso, posteriores a la revolución en torno al presente, pasado y futuro de la nación. Situado en el centro del problema, López Velarde cuestiona, va adhiriendo elementos pertinentes a su desarrollo, tales como “la boga de lo colonial”, y la mezcla fundamental, que así enunciada sintetiza y expande sus límites reflexivos: “Castellana y morisca, rayada de azteca”, “una Patria de naturaleza culminante y de espíritu intermedio, tripartito, en el cual se encierran todos los sabores”.[19] Este ejercicio de condición nos muestra una capacidad de estar situado en el momento de reflexión, desplazando el tema a su propio juicio, clave fundamental para la conformación del género argumentativo. Un juicio que también se sirve de la pregunta, ese diálogo establecido, de un yo comunitario             —“incluyente” se diría actualmente—: “¿Cómo interpretar, a sangre fría, nuestra urbanidad genuina, melosa, sirviendo de fondo a la violencia, y encima las germinaciones azarosas al modo de semillas de azotea?”[20]

Y aún así, en la argumentación y el balance, no duda en establecer sus ideas, ponerlas también a juicio del lector, sin participar de un tono didáctico, sino de uno más confidente. La patria, así como la argumentación, le son interiores, “más modesta y probablemente más preciosa”. No hay grandes momentos discursivos, sino un repujado sobre las ideas en boga, y aseveraciones que se precian de justas, someras y verosímiles: “La alquimia del carácter mexicano no reconoce ningún aparato capaz de precisar sus componentes de gracejo y solemnidad, heroísmo y apatía, desenfado y pulcritud, virtudes y vicios, que tiemblan inermes ante la amenaza extranjera”.[21]

En este sentido, como comenta Raúl Leiva, “En todas estas prosas, López Velarde siempre es el poeta hacia dentro, el hombre que, cuando escribe, se desgarra las entrañas. Esa es la razón de que su palabra posea tal fuego comunicante, tal ardor de insatisfacción, tal densidad que la transforma en testimonio de acrisolada autenticidad”.[22]

Por otro lado, otro texto ensayístico es “La última flecha”, prosa que declara su origen cronístico, pero trascendiendo como un ensayo. El tema, otro de sus intereses temáticos, la muerte, es aquí centro de la reflexión. Crónica en tanto está escrita en un tiempo-espacio definido, el fin de año de 1916. En este sentido, la finalización del calendario suscita la introspección en las apreciaciones sociales y propias sobre la muerte. Común al espíritu reflexivo, la finalización del tiempo anual conmina a la reflexión acerca del fin de la vida, recuérdese, entre otros, “La ciudad en invierno” y “En espera del año nuevo” de Luis G. Urbina en sus Cuentos vividos y crónicas soñadas.

La reflexión del jerezano, de tonos metafóricos y poéticos, señala el espacio-tiempo desde donde escribe, su torre interior de ensayista. Si el texto comienza como una crónica común, posteriormente se alejará para constituirse en ensayo, y centrará su atención no en lo transitorio de la fecha, sino en lo que, análogamente, sucede en el hombre mortal: “Paralelamente, un sector del alma enlútase al consumarse y consumirse la aljaba del año. La vejez será, en conclusión, una sombra de flechas; y los inocentes, degollados, teñirán de tragedia su arco sin estrenar”.[23] Reflexión que continúa con un estilo propio, anteriormente comentado, las preguntas al lector, forma indiscutible de establecer la comunicación humanística: “¿Cuál de nuestros huesos escapará a la calcinación? El rédito que nos cobran las doce vértebras del año es la ceniza de las muestras. Libemos entonces hasta la muerte”. En un claro efecto argumentativo de ciertos tonos didácticos, que condensa en lo siguiente, “Somos demasiado terrenales, y si aceptamos el agotamiento, nos acordamos que se frustre la labor. A la sola enunciación de un prematuro punto final, reitérase el balido de un cordero inmolado en un prólogo sumarísimo. Complementariamente, nos aterra el fantasma de la vida en la abolición del ser, cuando se arrastra un esqueleto valetudinario, un pensamiento inhibido y un corazón en desuso”[24].

De esta forma, encuentra relación su texto con “En espera del año nuevo” de Urbina, mostrando por ello, en una lectura comparativa, el espíritu de la época, con diversos matices entre autores, pero pertenecientes a una época dada. Dice Urbina,

 

Las viejas almas […] como las hechiceras de los cuentos, suben penosamente hasta el torreón del desengaño, para escudriñar el horizonte; ésas tienen miedo de ver llegar, a lo lejos, una remota angustia, un flamante sufrimiento, una pequeña pena […]. Y a esa también temen, a la Muerte que les ha prometido visitarlas pronto, y que les ha mandado ya su cortejo de tormentos, para que anuncie su llegada.[25]

 

Es clara la contundencia y el tono de mayor fatalismo del jerezano, pero ilumina el confrontar las opiniones para observar qué tipo de reflexiones se encontraban en las publicaciones periódicas. El fin de año como optimismo o como conocimiento de la contingencia de la muerte. Por ello López Velarde no duda en aseverar:

 

Excelentes mendigos que saboreamos la migaja del mediodía y repudiamos la vespertina… ¿Quién nos dice que en la hora impotente no mendigaremos las migajas de la migaja? Este puntapié, no muy filosófico, que reservamos para el cascarón de la ida, bien puede convertirse, llegando el momento, en el anhelo de una moratoria indefinida para besar los personales harapos. […] Porque nuestras flechas han ido matando las Horas, cuyas quejas compendiadas y humildes se suman hoy para engrandecer la voz de protesta del año que fallece. La caprichosa sensibilidad humana admite como fungible la Hora, mas no el Año.[26]

 

López Velarde realiza en este texto un ensayo que contiene, además de la argumentación, reflexión y diálogo, referencias a otros ensayos, en un estilo que se inspira en Montaigne. Así, puede citar un poema de Julio Herrera y Reissig, así como un texto de Jules Lemaître.[27] Asimismo, el título e imagen del ensayo están inspiradas, según José Luis Martínez, en un poema de Rubén Darío, “Año nuevo”.[28] Sin embargo, a parte de estas referencias e intertextualidades, también resulta interesante la “cita” a un cuadro de Saturnino Herrán: “las figuras que más atraen mi conmiseración radical son las de las niñas y las de los ancianos puros”, que, sin duda, remite a Las tres edades, famosa pintura del aguascalentense, contemporáneo en ideales y estética.

Por otro lado, se encuentra “El bailarín”, texto breve mas no por ello menos significativo. Ya los escritores del modernismo habían pormenorizado acerca de las artes escénicas, como un espacio para la crítica social o bien para el mero apunte crítico de las obras e intérpretes en cuestión. En este sentido, las crónicas con tema referente al espectáculo significan una amplia contribución, por un lado a la historiografía cultural de principios de siglo, así como para desarrollar ciertos temas pertinentes a dicho espacio. López Velarde, como consecuencia de su estadía en la ciudad, estaría en contacto permanente con los diversos espectáculos teatrales, operísticos y musicales propios de la época. Por ello su prosa no desatiende este tipo de temas. “El bailarín”, sin embargo, se aleja un tanto de las crónicas teatrales o de tema del espectáculo de la generación anterior. El autor aborda no el espectáculo como tal, desde fuera, sino que reflexiona a partir de las cualidades en abstracto, podría decirse, de uno de los ejecutantes de dicha escena, lo cual le da a esta prosa un carácter más ensayístico, basado en la concentración metafórica de las ideas. Siguiendo a Arenas Cruz,

 

Este pensamiento, a diferencia del puramente lógico-racional o hipotético-deductivo, se caracteriza por hacer uso tanto de la razón como del ingenio, por justificar opiniones y valores mediante argumentos basados en lo verosímil y lo plausible, y por explorar, a la hora de manifestarse verbalmente, las posibilidades del lenguaje metafórico y figurativo, tanto para seducir al receptor como para expresar más atinadamente aquellas cuestiones más radicalmente existenciales que no admiten una expresión lógico-conceptual; la defensa argumentada de una opinión o una idea, la exposición de una información para recabar el interés del receptor adopta una manifestación verbal predominantemente estética, tanto por la asistematicidad en el orden dispositivo de los argumentos como por el lenguaje metafórico en ingenio empleado.[29]

 

La fascinación que le ofrece al artista literario este tipo de manifestaciones correspondería a una percepción contrastada. El espectáculo como representación del actuar humano, como su condensación en escena. Lo visual y lo musical en conjunción con las emociones del espectador. De este modo, el espectáculo como origen de la reflexión humana sería parte de este momento histórico —que devendrá toda la vociferación del espectáculo en las posteriores décadas del siglo xx.

Por un lado, el interés de el arte escénico —resumiendo todas y cada una de sus manifestaciones— como tema del texto literario estaría fundamentado en dos causas generales: primero, el interés por captar lo momentos transitorios de dichas manifestaciones; intentar aprehender lo fugaz de una puesta en escena, irrepetible en el tiempo y el espacio. Segundo, internarse en la reflexión a partir de la representación misma del proceder humano (sus aflicciones, tormentos, felicidad, voluptuosidad, etcétera). Hablaríamos, entonces de una forma de seducción escénica que da pie al pensamiento de lo humano, porque no podría olvidarse que los ejecutantes son también humanos representando-se.

El texto de Ramón López Velarde participa de dichos intereses generales, sin embargo, el autor no permanece sólo en el punto de vista del espectador que es, sino también intenta trascender dicha distancia entre escena y espectador al interiorizar en los aspectos de mayor abstracción del ejecutante, en este caso, el bailarín.

Los primero que debe apuntarse es el tono de esta prosa. Existe una distancia entre el bailarín y el espectador, visible desde el comienzo del texto. El bailarín es sin duda un hombre, sin embargo, es un “hombre perfecto”, “pulcro y abundante”. El cual le merece al autor envidia y agradecimiento; envidia por el éxito que cosecha, agradecimiento por “el bienestar que transmite con la embriaguez cantante de su persona”.[30] Asimismo, el espectador no participa de la emoción del ejecutante, sólo puede ser aprehendida desde el afuera: “Las larvas somos incapaces de vivir en serio, porque pertenecemos al melodrama”. Segundo, el bailarín, siendo perfecto (en su estar bailando), se encuentra en una posición privilegiada frente al espectador (el hombre común). Su danza le otorga un carácter de autonomía.[31] “El bailarín comienza en sí mismo y concluye en sí mismo, con la autonomía de una moneda o de un dado”.

Sin embargo, toda ejecución escénica no está exenta de la limpidez y la gracia. Sin ello, el bailarín no participa de los laureles y de la perfección. Y por ello no escapa de la impresión y de la sugestión: “Su alma es paralela a su cuerpo, y cuando el bailarín se flexiona, eludiendo los sórdidos picos del mal gusto, convence de que entrará al Empíreo en caudalosas posturas coreográficas”. Lo sórdido no es parte de la escena, ni aún del bailarín en acción, porque “La sordidez, resumen de nuestras desdichas, no le alcanza”. Y el espectador no puede asimismo, pertenecer, de lleno, a la seriedad.

Tercero, el bailarín en su representación sensual, concentra los aspectos contrarios de dicho carácter, y aún más, por esa misma condensación y por su carácter de autonomía, es infecundo. Participa de lo animal y de lo divino: “Al embestir a su pareja, se encabrita y se acicala. Sus pies van trenzando la parsimonia y el rijo. El pecho de la paloma, jactándose de ser estéril, rebota como la rosa de los vientos. El bailarín está endiosado en su propia infecundidad”. En esa posición privilegiada, el bailarín, orgulloso, trasciende los límites temporales y físicos, ello es parte de ese acto de convencimiento. También puede concentrar las emociones y aflicciones humanas por estar representando, es “corrector honorario de lo contrahecho y lo superfluo”, sintetiza y expande, nombra y se asienta en la gracia: “No hay desinterés igual al suyo. Danza sobre lo utilitario con un despego del principio y del fin. Los desvaríos de la conciencia y de la voluntad humanas le sirven de tramoya. En medio de las pesadillas de sus prójimos, el bailarín impulsa su corazón, como el columpio en que se asientan la Gracia y la Fuerza”.

Así, con una fuerte presencia de lo poético, López Velarde logra tratar el tema de distinta perspectiva, con una concentración y síntesis de lo reflexionado a partir de su visión de espectador, y establece un diálogo que más que argumentativo, pretende acceder al lector, objeto del diálogo, por otra vía, la de la sensibilidad estética.

Finalmente, la construcción del yo está supeditada, en la mayoría de las ocasiones, al medio en que fueron difundidos los textos, esto es, las publicaciones periódicas. Un yo que es a veces colectivo, que pretende incluir al lector, o posibles lectores, en un mismo orden de pensamientos. En este sentido, el yo es de alguna forma deudor de la estética modernista, de las estrategias de comunicación establecidas a través de la amplitud del género crónica. Es, asimismo, un yo confesional, que no duda en hacer partícipe al lector de ciertos momentos de su vida, de su reflexión en curso sobre distintos asuntos, algunos tan caros al poeta como el tema de Jerez y el retorno a sus calles. En muchos de los casos, por pertenecer a la crónica, ese yo es mitad informativo, mitad argumentativo. Entonces cabría preguntarse hasta qué punto lo confesional es también argumentación. Ya que, a decir de Antonio Castro Leal, este tipo de texto tenían presente siempre al lector o lectores; el diálogo estaba ya desde origen,

 

para dejarse leer fácilmente debería estar escrita en una prosa fluida, ágil, sin tropiezos ni dificultades para el lector; para atraer e interesar, tenía que tratar temas de actualidad ofreciendo, sin bombo ni ruido, nuevos puntos de vista, reflexiones originales que se sugerían discretamente al lector, casi con el propósito de que creyera que completaba el pensamiento del escritor, agregándole su imaginación incitada, la dosis de poesía o de humorismo o de filosofía que era necesaria.[32]

 

Esta definición participa de los elementos ensayísticos, aspecto que López Velarde acentuó en algunas de sus prosas, tanto en las introspectivas, como en las que realiza un examen histórico, político o cultural. Así, en el examen de estas prosas elegidas, nos damos cuenta del momento intermedio, entre el modernismo y las vanguardias, de una elaboración prosística que aún tiene ciertas fragancias del odre decimonónico, y que anuncia el desarrollo pleno de la ensayística nacional.

 

Bibliografía

 

Aguilar, Luis Miguel et al., Minutos velardianos. Ensayos de homenaje en el centenario de Ramón López Velarde, México, unam-iie, 1988 (Cuadernos de Historia del Arte, 49).

 

Arenas Cruz, María Elena, Hacia una teoría general del ensayo. Construcción del texto ensayístico, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 1997.

 

Gómez-Martínez, José Luis, Teoría del ensayo, México, unam, 1992 (Cuaderno de Cuadernos, 2)

 

Leiva, Raúl y Jorge Ruedas, La prosa de López Velarde, México, unam-cel, 1971.

 

López Velarde, Ramón, Obras, edición de José Luis Martínez, 2ª ed., México, fce, 1994 (Biblioteca Americana).

 

Loveluck, Juan, “Esquividad y concreción del ensayo”, en El ensayo hispánico. Actas. Hispanic Studies, University of Sta. Carolina, 1984.

 

Mignolo, Walter D., Textos, modelos y metáforas, Xalapa, uv-cill, 1984.

 

Montaigne, Michel de, Ensayos escogidos, prólogo de Juan José Arreola, epílogo de Adolfo Castañón, 4ª ed., México, unam, 1997 (Nuestros Clásicos).

 

Montaigne, Michel de, Ensayos, est. prel. Ezequiel martínez Estrada, Mexico, conaculta-Oceano, 1999.

 

Paredes, Alberto, El arte de la queja. La prosa literaria de Ramón López Velarde, México, Aldus, 1995 (Las Horas Situadas).

 

Quirarte, Vicente et al., El retorno benéfico. Homenaje a Ramón López Velarde (1888-1988), México, uam, 1988.

 

Rodríguez, Blanca, El imaginario poético de Ramón López Velarde, México, unam, 1996 (Biblioteca de Letras).

 

Rotker, Susana, Fundación de una escritura. Las crónicas de José Martí, La Habana, Casa de las Américas, 1992.

 

Urbina, Luis G., Cuentos vividos y crónicas soñadas, prólogo de Antonio Castro Leal, México, Porrúa, 1988 (Colección de Escritores Mexicanos).

 

Urrello, Antonio, Verosimilitud y estrategia textual en el ensayo hispanoamericano, México, Premià, 1986.

 

Vélez, Jaime Alberto, El ensayo. Entre la aventura y el orden, Bogotá, Taurus, 2000.

 

Vitier, Medardo, Del ensayo americano, México, fce, 1945.

 

Weinberg, Liliana, El ensayo, entre el paraíso y el infierno, México, fce-unam, 2001.


[1] Sobresale, por ello, la labor de Elena Molina Ortega para reunir las prosas contenidas en El Don de febrero y otras crónicas y la prosa política.

[2] Susana Rotker, Fundación de una escritura, p. 116.

[3] En El imaginario poético de Ramón López Velarde, p. 102.

[4] María Elena Arenas Cruz, Hacia una teoría general del ensayo, p. 24.

[5] Juan Loveluck, “Esquividad y concreción del ensayo”, p. 30.

[6] Weinberg, pp. 15-17.

[7] Ibid, p. 23

[8] “La última flecha, El minutero, Obras, p. 288

[9] “El señor invierno”, Don de febrero…, Obras, p. 417.

[10] Don de febrero…, Obras, pp. 447-448.

[11] “Enrique Fernández Ledesma”, Crítica literaria, Obras, p. 524.

[12] “En soledad”, Don de febrero…, Obras, p. 398.

[13] “El silencio”, Don de febrero…, Obras, p. 355.

[14] Michel de Montaigne, “De la soledad”, Ensayos, pp. 124-126.

[15] Cfr. “Examen de Ramón López Velarde”, Obras, p. 30.

[16] Rodríguez, p. 103-104.

[17] Wienberg, p. 31.

[18] Obras, p. 282.

[19] Ibid., p. 283.

[20] Ibid., p. 284.

[21] Idem.

[22] La prosa de Ramón López Velarde, p. 13

[23] Obras, p. 287.

[24] Ibid, p. 288.

[25] Cuentos vividos…, p. 193.

[26] Obras, pp. 288-289.

[27] En este sentido, “las citas […] tienen valor por sí mismas en relación con lo que el ensayista nos está comunicando; importa destacar que alguien creó un idea, representada en la cita, pero el ‘quién’, y el ‘dónde’ carecen en realidad de valor”. José Luis Gómez-Martínez, Teoría del ensayo, p. 49.

[28] Cfr, Obras, p. 896.

[29] Arenas Cruz, p. 45.

[30] Obras, p. 310, todas las notas provenientes de este texto pertenecen a la misma página.

[31] Al respecto, Blanca Rodríguez comenta, “’El bailarín’, o sea la creación artística, contiene en sí la perfección; contemplándolo, se liberan los sentidos provocando el goce estético. Al tomar como ejemplo la figura humana y no una pintura, una novela o una broma musical, el poeta no sólo ha resaltado el realismo al que también su obra personal está unida, sino la dimensión humana del arte, ya que fundamentalmente proviene del hombre y se dirige a él. El texto anticipa, en cierta medida, un rasgo propio de la vanguardia al acentuar la autonomía del arte”. Ibíd., p. 41.

[32] En “Prólogo” a Cuentos vividos y crónicas soñadas, pp. viii-ix.

 

Urbina. Primer tiempo

Luis G. Urbina, vida y obra

circa 2003

Luis G. Urbina, cuyo nombre verdadero es José Juan de Mata Luis de la Concepción Urbina y Sánchez, nace el 8 de febrero de 1864 en la ciudad de México, tres años antes de la captura y muerte de Maximiliano de Habsburgo y de la entrega de la ciudad a manos de la república. Su infancia, como en la mayoría de las biografías, se encuentra en un estado si no nebuloso, sí un tanto esbozado. Se sabe que fue huérfano de madre, por consiguiente su padre no logró hacerse cargo del pequeño Luis y dejó su educación y cuidado en manos de la abuela materna, doña Joaquina Garduño. El mismo Urbina expresa en algunos poemas y en crónicas su situación: una infancia de pobrezas económicas, mas no emocionales. Pero doña Joaquina no habría de vivir toda la infancia del poeta. A los cinco años de edad, Urbina se ve de nuevo alejado del amor maternal, lo cual obliga a don Luis padre tomar las riendas del cuidado de su hijo. En esos tiempos es cuando Urbina habrá de acercarse poco a poco a la literatura, convirtiéndose en un lector ávido de comedias y novelas, y recitador precoz. Quizá una de las obras que más habría de recordar Urbina en su madurez sea Don Quijote de La Mancha —“era mi recreo al regresar de la escuela”—,[1] libro que leyó y releyó por casi toda su vida. Asimismo, comienza su afición por el teatro al acudir continuamente a las funciones del Teatro de Hidalgo en compañía de su padre. Gerardo Sáenz —a quien se le debe la única biografía de nuestro autor, realizada con datos directos proporcionados por la familia Urbina, y una vasta bibliografía de sus textos y poemas publicados en vida— comenta que Urbina pudo haber tomado clases de solfeo en el Conservatorio de México y clases de pintura en la Academia de San Carlos. Lo cierto es que su infancia se encuentra enmarcada en esa doble orfandad, en el casi nulo cuidado de su padre, en la pobreza y el contacto con las clases pobres de la ciudad, contrarrestado todo esto, evidentemente, por el descubrimiento de la literatura y las demás artes.

Con los años, don Luis padre habría de casarse por segunda vez, esto desencadenó la partida final del poeta de la casa familiar. Urbina se mantiene por trabajos ocasionales, como barrendero en una tienda, pero sin faltar a clases en la Escuela Nacional Preparatoria, época en la que comienza a escribir. En 1881, a los 17 años, publica sus primeros versos en un periódico de bajo nombre. Pero se podría decir que su inicio formal se da cuando La Patria Ilustrada publica su poema “La caída de la tarde”, el 10 de septiembre de 1883. Poco tiempo después, conoce a Luz Rosete, una mujer que le doblaba la edad y con la cual formaría familia; “a pesar de la disparidad de edades que había entre los dos, de ella le vino al joven el consuelo que endulzaría un poco la profunda amargura de su corazón”.[2] Urbina cursa el primer año de Leyes y abandona la carrera obligado a buscar sustento para la nueva casa. La suerte, que no es otra cosa que estar en el momento y el lugar indicados, le lleva a conocer a Juan de Dios Peza, director en ese entonces del semanario El Lunes, cuyas oficinas estaban en las cercanías de la tienda de la esposa de Urbina. En uno de esos episodios casi novelescos, Urbina le escribe una misiva a Peza poniéndose a sus órdenes y ahí comienza la carrera del poeta en las publicaciones periódicas. En El Lunes publica 16 poemas, de los cuales la mayoría formarían su primer libro —Versos[3] y aunque fuese un semanario de pobre manufactura, se podría decir que es el comienzo de su larga carrera periodística.

Un momento de gran relevancia histórica y personal se escenifica en la Botica Francesa. Urbina recuerda que aguardaba, con el oído avivado, en las afueras de dicho establecimiento donde los hombres ahí dentro —literatos, corredores de bolsa y abogados— discutían de arte y demás temas. Ahí se reunían, entre otros, Luis G. Ortiz, Alfredo Chavero, Manuel Peredo, Julián Montiel y Justo Sierra. Urbina fue presentado por Peza y el recibimiento no pudo ser mejor; aquellos hombres que ya poseían renombre lo recibieron calurosamente, y hasta un comentario de elegante inteligencia le dirigió Justo Sierra: “¿Hace usted versos? Mal oficio… mal oficio”. Ese fue el comienzo de una relación de gran cercanía entre el historiador y el joven poeta. Sierra fue considerado por Urbina, a la par de maestro y amigo, como la figura paterna que le había faltado en su infancia:

¿Cómo llegué sin esfuerzo, y de admiración en admiración, a buscarle, a comulgar con él, a ser suyo, enteramente suyo? No acertaría a explicarlo; fue una sugestión poderosa la que me embebió para siempre en ese gran espíritu; una fuerza desconocida la que me empujó hacia él y puso mi alma muchas veces de rodillas.[4]

En esos años, el gobierno de Porfirio Díaz pregonaba la tríada de su ideología política: paz, orden y progreso, consistente en un gobierno con tintes de monarquía republicana basada, ideológicamente, en el positivismo, pero no en el progreso industrial y social, sino en una oligarquía de grandes terratenientes.[5] En el sentido económico, en la explotación de la minería, el crecimiento del consumo nacional, la intensificación de las transacciones económicas con el exterior y el desarrollo de la industria manufacturera, todo ello abrigado por una paz social, sobre todo en las zonas urbanas. Los intelectuales conformaban grupos, la mayoría, propensos a apuntalar y a contribuir con el gobierno y su ideario positivista. Los “Científicos”, grupo que estaba integrado por intelectuales interesados en el saber enciclopédico, también ingresaban a las filas de la burocracia. Las publicaciones periódicas, diarios y revistas, comenzaban a crecer en número y distribución, lo cual abría el campo para la discusión y la difusión del pensamiento y la literatura. Éste fue el marco donde Urbina y los modernistas comenzaron a desarrollarse como poetas y cronistas. Abrigado ahora por Justo Sierra, el poeta publica y trabaja como redactor en La Juventud Literaria, así como en El Combate, El Siglo XIX y La Familia.

Versos, publicado en 1890, es el primer libro de Urbina. Justo Sierra comenta en el prólogo que “su autor guarda en el fondo de su decorativa y elegante melancolía de poeta de veinte años, una tristeza tan cierta, la que brota en los corazones delicados del roce persistente con el inartístico naturalismo de la vida”.[6] Ese primer volumen, de  humilde publicación, lo situaría como uno de los jóvenes poetas de gran interés. Julián del Casal, en carta dirigida a Carlos Noroña en ese mismo año, apunta:

Desde que se abre el volumen de Urbina, se comprende en seguida que tenemos delante un poeta joven, eminentemente subjetivo, acostumbrado a domar la rima y a vaciar en ella sus tristezas. [...] A través de los versos que las componen, no se oye carcajada, ni siquiera se adivina una sonrisa. Allí no hay más que sombras crepusculares, perfumes de rosas muertas, estrellas rielando en el fango, rumores de hojas secas, siluetas de castillos abandonados, relentes de noches húmedas, artistas que arrojan al arroyo sus creaciones, quejas de pinos solitarios, silencio de selva oscura, playas desiertas, hermosuras enlutadas.[7]

El año siguiente, en El Siglo XIX —cuyo jefe de redacción era Carlos Díaz Dufóo— además de ser redactor, publica tanto poemas, crónicas teatrales cuanto la prosa que él llamaría “crónicas”. Posteriormente engrosa las filas editoriales del segundo Renacimiento, labora en la sección de estadística de la Secretaría de Hacienda y se incorpora a la redacción de la Revista Azul, lo cual lo estimularía a llevar una continua convivencia con Manuel Gutiérrez Nájera, su mentor literario, y con Amado Nervo. Es importante destacar que Urbina transitó por diversas publicaciones, ya sea como parte de la redacción o sólo como colaborador, así es como en 1895 se incorpora a El Universal, donde escribe crónicas dominicales, publicación que estaba dirigida por una de las personas más importantes en el periodismo de esos años, Rafael Reyes Spíndola (quien fundara El Mundo Ilustrado y El Imparcial, impreso con los primeros linotipos y rotativas de procedencia estadounidense, lo cual abarataba el precio del ejemplar). Asimismo, entre 1899 y 1900, publica en la Revista Moderna de Jesús E. Valenzuela y logra un ascenso laboral en la Secretaría de Hacienda. De alguna manera, Urbina tenía que solventar los gastos de su casa, por ello la doble labor en las publicaciones y en las oficinas gubernamentales, para entonces la familia había crecido con la adopción de dos niñas.

En 1902 da a conocer Ingenuas, su segundo poemario. Es preciso anotar que estos volúmenes generalmente son una selección realizada por el mismo autor de los poemas publicados en los medios impresos mencionados anteriormente. Igualmente, Ingenuas recupera los mejores poemas de Versos, decisión acertada, ya que su primer libro no había logrado la difusión requerida y en realidad era una edición sencilla. Uno de los puntos más relevantes de ese libro es la aparición de las “Vespertinas”, composición poética que confronta el paisaje con las emociones subjetivas del autor, donde la armonía y el tono son sugeridos plenamente por la observación del elemento natural.

Urbina continúa colaborando en la nueva etapa de la Revista Moderna de México dirigida por Valenzuela y Amado Nervo; da clases de español en la Escuela Nacional Preparatoria y es nombrado director de El Mundo Ilustrado. En 1905, de la mano de Justo Sierra, Urbina toma posesión de una labor que le traería muchas gratificaciones. Rubén M. Campos relata aquellos tiempos. Urbina no frecuentaba la redacción de la Revista Moderna por respeto a Reyes Spíndola, al que

sin duda le habría contrariado saber que la amistad que al poeta ligaba con los escritores modernistas iba hasta la intimidad. Pero en cuanto don Justo Sierra, el flamante ministro de Instrucción Pública, incorporó al grupo modernista en la dirección de Bellas Artes e hizo su secretario particular al poeta Urbina que era su íntimo amigo, la antigua amistad de éste con aquellos pudo explayarse.[8]

Es entonces cuando los modernistas mexicanos, los poetas jóvenes, adquieren renombre y ocupan su espacio como la  nueva generación literaria de México, más allá de las publicaciones.

Urbina transitó por tres generaciones culturales, conoció y se unió en amistad con los últimos románticos, los modernistas y la generación antecedente a la vanguardia; con sutileza y buen trato, les ofreció su amistad y eventualmente apoyo. La bondad, la humildad y la sinceridad son siempre referidas o mencionadas en los artículos de los que es objeto de tema. Ángel de Campo Micrós lo retrata así: “es un niño viejo, niño por la limpidez de un corazón moreteado, es verdad, por calladas desventuras, pero entero y noble [...], es bueno y bello, moralmente hablando, tiene títulos para que lo respetemos por su caballerosidad sin tacha”[9]; Alfonso Reyes lo recordaría comprensivo y cortés: “su talento era parte de su bondad”.[10]

Asimismo, en la evocación o retratos de Urbina que realizaron sus contemporáneos, es interesante observar la fijación que tenían éstos con el físico del poeta; fijación o intriga, la mayoría de los textos anotan la peculiaridad de sus facciones. Alfonso Reyes escribe que estaba privado de galanura física, “se parecía vagamente a Morelos; vagamente, a Sócrates; un Sócrates sin barba, sin extravagancia y sin interrogatorios”;[11] Victoriano Salado Álvarez menciona “aquella nariz subversiva que recuerda también la de Alejandro el Grande”;[12] Manuel Gutiérrez Nájera lo describe minuciosamente:

Boca grande, dientes blancos, promesa del bigote en el carnoso y encendido labio; la cabeza, que ha crecido más que el cuerpo, pesando demasiado sobre éste; el pelo ensortijado como si los versos lo despeinaran y revolvieran al salir; no pequeña oreja, curiosa de oír todo; ojos brillantes, bruñidos, pavonados y de luto por alguien, ladeado el sombrero hongo y, bajo el ala, ancha la frente, limpia, abovedada como las naves de los templos en que habita un dios.[13]

En 1909, el gobierno le encarga la realización de un estudio de la literatura mexicana para celebrar el centenario de la Guerra de Independencia. Urbina es nombrado director del proyecto, Pedro Henríquez Ureña y Nicolás Rangel, coleccionadores, y Rafael Heleodoro Valle, escribiente. Dicho proyecto lleva el nombre de Antología del Centenario. Urbina realizó el extenso prólogo de dicha publicación con una prosa delicada que hacía resaltar su compenetración con la literatura y la historia del país. Ese proyecto y las posteriores conferencias dictadas en Buenos Aires lo ubicarían como fino crítico y conocedor de la cultura literaria mexicana. Emmanuel Carballo comenta que “la crítica de Urbina en momentos es impresionista y en momentos científica. En todos los momentos, comprensiva, respetuosa y lúcida [...]. Tal y como entendemos hoy la historia literaria, Urbina es el primer historiador efectivo y competente de nuestras letras”.[14]

Al año siguiente sale a la luz Puestas de sol,[15] considerada como su obra poética cumbre.[16] En el volumen se incluye un extenso poema llamado “El poema del lago” que escribió inspirado en una visita que realizó a Chapala. También se incluyen nuevas “Vespertinas” con un acento poético más trabajado. Es decir, Urbina había encontrado un modelo poético por el cual lograba sustraerse del ruido y la escenografía de la ciudad, de la penetrante intermediación del espectáculo industrial y su percepción, para así hundirse y deleitarse en la naturaleza.

La revolución de 1910, y la posterior huida de Porfirio Díaz culminó con una época. Coincidiendo con José Emilio Pacheco, el modernismo mexicano, o  mejor dicho, los modernistas mexicanos no son precisamente productos del porfiriato, pero estuvieron condicionados por el mismo, y la mayoría continuó de la mano de Victoriano Huerta. Urbina no fue ajeno a ello —a la par de sus trabajos en los semanarios, también laboraba en Hacienda y en Bellas Artes con Sierra—, por lo tanto, su vida se vería profundamente transformada a partir de 1911. Continúa desempeñándose en El Imparcial como jefe de redacción y, a la partida de Justo Sierra a España en 1913, y con Huerta en el poder, el poeta es designado director de la Biblioteca Nacional. En 1914 pronuncia dos conferencias, una sobre literatura mexicana, y otra posterior acerca del teatro mexicano. Con Emilio Carranza en el gobierno, Urbina se ve obligado a dejar el puesto en la Biblioteca Nacional, esto como consecuencia de sus opiniones en contra del nuevo gobierno, textos que Gerardo Sáenz llama “artículos de fondo”. Así, sin trabajo, sin la protección de su maestro, padre y amigo Justo Sierra, edita su cuarto libro de poemas, Lámparas en agonía,[17] que si bien tuvo una acogida satisfactoria, no logró los alcances poéticos de Puestas de sol. Asimismo, en 1914, elabora la colección de sus prosas publicadas anteriormente en los periódicos y semanarios, volumen que llama Cuentos vividos y crónicas soñadas. Después vendría el exilio, el poeta abandonaba por primera vez su país y se embarcaba hacia donde las aguas estuviesen más serenas.

Con Manuel M. Ponce y el violinista Pedro Valdés Fraga, parte a La Habana, Cuba donde es bien recibido y se mantiene gracias a los recitales que ofrece con los músicos. El Heraldo de Cuba, interesado en su prosa periodística, le ofrece trabajo. No duraría mucho tiempo en La Habana. En 1916 viaja a España, donde es recibido cariñosamente por Nervo y un grupo de intelectuales españoles. Su notoria facilidad para establecer amistades lo lleva a conocer a Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno, entre otros escritores. Continúa siendo corresponsal del Heraldo de Cuba y funda, con Francisco Villaespesa, la revista Cervantes. Una vida ligada eternamente al periodismo.

En Madrid, hacia el año 1916, saca a la luz dos libros: uno es su siguiente colección de crónicas, Bajo el sol y frente al mar, con textos provenientes de su participación en el diario cubano donde narra diferentes aspectos de la vida en La Habana, “no obstante, la totalidad de estas prosas no alcanzan las cumbres de Cuentos vividos y crónicas soñadas; se siente en ellas un esfuerzo deliberado por darles el tono y los matices que de manera desembarazada se hicieron parte de las prosas mexicanas, pero no logra hacerlo”.[18] El otro libro es un volumen de poesía llamado El glosario de la vida vulgar que continúa con el estilo y contiene bellos poemas, mas no alcanza, como posiblemente nunca habría de hacerlo, los elevados tonos de sus libros anteriores. En otras palabras, Urbina maneja con destreza la rima y los metros, pero nunca logra sobrepasar lo alcanzado en Puestas de sol; continúa la calidad, pero la empresa renovadora se deja de lado. Urbina entonces es un poeta, por decirlo de algún modo, uniforme; no hay en él variación poética, apostó por un estilo que profesó hasta su muerte.

En 1916 viaja a Argentina, donde conoce a José Ingenieros, Leopoldo Lugones, Alberto Ghiraldo y Ángel Falco. Ofrece cinco conferencias sobre literatura mexicana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde realiza un estudio histórico desde la poesía mexicana del siglo XVI hasta ese momento. Dichas conferencias las publica en España a su regreso bajo el nombre de La vida literaria de México.[19]

Los siguientes años Urbina los pasa generalmente viajando de España a México. La situación política se encontraba un tanto más calma y los viejos amigos del poeta abogaban por él para nuevos trabajos. Es por ello que ingresa a la labor diplomática, con carácter eminentemente cultural. En Madrid, funge como primer secretario de legación de la Secretaría de Relaciones Exteriores y posteriormente, en 1922, como primer secretario de la Comisión Cultural Del Paso y Troncoso dependiente de la Secretaría de Educación Pública. En 1920 publica de nuevo dos libros, el primero, de crónicas, Estampas de viaje; el segundo, de poesía, El corazón juglar. En México, Rafael Alducin le hace una invitación para publicar en el Excélsior sus crónicas, trabajo que evidentemente no rechazaría el poeta. Si bien es cierto que Urbina contaba con una amplia experiencia en el oficio periodístico, los nuevos tiempos le disgustaban y entristecían. Los lectores de periódicos ya no gustaban de los textos elegantes, con prosa fina y vaguedades de la imaginación. En los años veinte, el lector pedía la noticia narrada directamente, la rapidez y el entendimiento objetivo. Urbina prosigue con su crónica de tintes modernistas, haciendo cuadros pictóricos con la palabra, elaborando reflexiones sobre arte y literatura, quizá debió sentirse un tanto desplazado por la nueva percepción que de los medios de comunicación masiva tenía la sociedad mexicana.

En 1922 ingresa como académico correspondiente de la Real Academia Española —nombramiento que, por cierto, le había sido asignado años antes, pero con la partida a España no había podido cumplir. El año siguiente edita tres libros de prosa, realizando también una selección de sus textos publicados en México y los escritos en Europa; Hombres y libros,[20] donde recuerda y hace análisis de las obras de algunos de sus escritores predilectos; Psiquis enferma,[21] libro de tintes sociológicos, donde se logran leer cuadros que retratan los males de la sociedad mexicana, y Luces de España,[22] crónicas de la vida cotidiana de la península ibérica.

Urbina se encontraba agotado. Sigue publicando crónicas para los periódicos mexicanos —a partir de 1924, en El Universal— desde España, y publica Los últimos pájaros,[23] nuevo volumen de poesía. Como advierte Castro Leal, Urbina también se hallaba contrariado: las editoriales ya no albergaban tanto interés en su trabajo literario, y le fue difícil encontrar editor para esa publicación. Decidió dejar de publicar, mas no de escribir. Los últimos pájaros es entonces el último libro sacado a la luz en vida del poeta, los dos siguientes, Retratos líricos y El cancionero de la noche serena serán editados póstumamente hacia 1940.[24]

Los últimos años Urbina los pasa en Madrid con un nuevo cargo diplomático. No obstante, el fin de su vida se encontraba cerca. Luis G. Urbina muere en España en 1934. Se le rinden homenajes tanto en aquel país como en México a la llegada del cortejo fúnebre. Con él, se podría decir, muere también una generación, y muere una concepción del arte, de la crónica, que el poeta llevó hasta sus últimos días. Posteriormente, en el mismo año, es enterrado en la Rotonda de los Hombres Ilustres como reconocimiento a su labor literaria y cultural.

Luis G. Urbina y el modernismo

Existe un conflicto central en cuanto a la ubicación estética de la obra de Luis G. Urbina, es decir, a lo largo de los años, comenzando desde su primera publicación formal, Urbina fue analizado como el último poeta romántico de México. Sin embargo, la mayoría de los críticos, si bien subrayan lo anterior, lo entremezclan en el modernismo. Lo cierto es que generacionalmente Urbina crea en los años de la época modernista; sus contemporáneos, a pesar de haber vivido y transitado por tres generaciones literarias, son modernistas. Gutiérrez Nájera, Nervo, Tablada, Díaz Dufóo y demás escritores del movimiento lo aceptaron entre sus filas. Para aclarar la confusión, quizá sirva citar lo que José Emilio Pacheco comenta en su Antología del modernismo, en el sentido de que cada autor creó su propio modernismo a partir de la obra particular, y entender que el modernismo es un movimiento de “superposición de estéticas”, como comenta Ángel Rama[25] y, es más, “no se espere una clara división entre ‘romanticismo’ y ‘modernismo’. No son conceptos opuestos”;[26] “los modernistas hispanoamericanos son al mismo tiempo clásicos, románticos, parnasianos, simbolistas, realistas y naturalistas”.[27]

Alfonso Reyes apunta que, junto a Othón y Díaz Mirón, Urbina asimiló las influencias de la época y los clásicos para posteriormente prescindir de ellas y crear una obra personal, aunque quizá sea el único “cuyo vino guarda el resabio inconfundible del odre romántico”.[28] El tono, el tratamiento poético de los temas, la musa de Urbina provienen del romanticismo, pero de un romanticismo, podría decirse, renovado con la nueva estética. Confusión mayor no puede existir si Enrique González Martínez lo llama “nuestro grande y casi nuestro único poeta romántico” y sus “mentores” Justo Sierra y Gutiérrez Nájera lo califican de igual manera.[29]

Urbina pertenece a la estética modernista no tanto por las cuestiones formales, sino por el espíritu. De algún modo, Urbina tiene eso que Castro Leal llama naturaleza triste, el desencanto, la sublimación de los sentidos, a partir de su experiencia en una infancia de orfandad y pobreza. Si atendemos a lo comentado anteriormente, esto es, entender el modernismo como un movimiento compuesto de diferentes estéticas, encontraremos en Urbina más ejemplos. Si el romanticismo se revela en eso que llaman su “vieja lágrima”, también el realismo lo encontramos en su obra. En las crónicas que forman Psiquis enferma, se expresa el tratamiento de los vicios y las problemáticas de la pobreza social. Quizá hasta podrían pasar como pequeños relatos del naturalismo. Pero Urbina escribió una serie de poemas, tres en particular, llamados “Poemas crueles”, en los que también aborda ese tipo de temática, especialmente la prostitución. En un largo texto de Manuel Torres Torrija, titulado “Los poemas crueles de Urbina”, publicado en tres partes en la Revista Azul, leemos:

Urbina no es un decadentista [...], no es tampoco un parnasiano idólatra del mecanismo servil [...], no es un simbolista apasionado de veleidades confusas y de sutilezas extravagantes y quintaesenciadas, no es tampoco un naturalista [...], no es un romántico puro aunque todavía se advierte que lo iluminan a veces algunas ráfagas de las que le inspiraron composiciones bellísimas de ese género. Urbina es, pues, un poeta realista en la acepción propia.[30]

Quizá una de las claves para entender su camino entre modernismo y romanticismo esté en el mismo Urbina cuando dice: “en el estado actual de nuestra sociedad, en medio de esta constante marea de progreso y orden, dentro de este círculo de realidad que se ensancha cada vez con mayor empuje, el romántico de 1830 es un ente ridículo”;[31] por ende, el escritor debe estudiar, trabajar constantemente y desprenderse de la idea del exceso y las musas fantásticas que silban los mejores versos al oído.

Otro crítico que apunta también el carácter romántico en Urbina es Francisco González Guerrero, quien con acierto comenta que

La poesía romántica de Urbina no es una simple repetición de la poesía romántica de Gutiérrez Nájera, si bien la prolonga; su poesía paisajista no es un remedo de la de Othón, si bien la recuerda; su poesía de entonación filosófica y religiosa no es una resonancia de la de Amado Nervo, si bien revela su parentesco [..]. No es superior a los demás poetas por haber encarnado varias tendencias, ni es inferior —tampoco— por no haber señalado rumbo diferente.[32]

Federico de Onís, en un artículo publicado a la muerte del poeta, aclara significativamente todo lo anterior, puntualizando que

Urbina fue uno de los grandes poetas individuales que el modernismo produjo [...]. Se distingue, no sólo de los otros grandes poetas hispanoamericanos, sino de los mexicanos mismos [porque] el esfuerzo de perfección y refinamiento que sin duda puso en su obra poética se endereza siempre a la busca de la sencillez y la espontaneidad más humildes y menos pretenciosas [...]. La poesía de Urbina significa la perduración del romanticismo a través del modernismo y en ello estriba su valor.[33]

De este modo, Urbina se nos presenta como un escritor de modernidad innegable, ya que su expresión literaria no fue contaminada del todo por la moda modernista.

Revistas y periódicos en la labor literaria

La mayor parte y lo mejor de la prosa modernista, siguiendo a Pedro Henríquez Ureña, nace en las hojas de las publicaciones periódicas. El periodismo, en el caso de Urbina, tuvo una relevancia vital; de sus páginas brotó el espíritu reflexivo, crítico de su tiempo, y le proporcionó sustento a lo largo de su vida. El periódico y los semanarios constituyeron parte sustancial de la forma de abordar el mundo. La exigencia de narrar el presente convulso y cambiante, de apoderarse, por decir, de lo intangible de la modernidad, arroja a los escritores a formar parte de la misma consecución de tiempo vertiginoso. La prensa entonces se convierte en vehículo, pero también en condicionante. Es cierto también que el poeta no podía vivir, en el sentido económico, de su labor impresa en libros que no tenían ni acaso el número de ventas considerable para subsistir de ello; la poesía había tomado forma de placer aristocrático, y los escritores, huérfanos de mecenazgos, ya no serían privilegiados, sino personajes un tanto amorales, rodeados por un halo de vagancia e inutilidad mercantil. Es así como el autor desemboca en el río del periodismo, pero no como mero empleado de la redacción, notificando los eventos, sino creando un género en el cual pudiese desarrollar el estilo, la reflexión y la imaginación. La crónica, espacio de creación y estilo, se convirtió en ese “hilo de plata [que] va al modo con que un arroyo atraviesa la aridez de una llanada”.[34]

De algún modo, el periodismo era un fin inherente en la carrera del escritor, no tanto por aspiración, sino por circunstancia (para vivir del oficio era necesario acercarse a los medios impresos que pudieran proveer sustento). En palabras de Urbina, el escritor modernista “por ser fundamentalmente poeta, su camino estaba trazado, y pronto halló la orientación que necesitaba para desarrollar y lucir sus facultades. Se hizo cronista”.[35] Cronista en tanto podía, con el bagaje poético y cultural que le son particulares a los escritores, aprehender el mundo, narrarlo a partir de su visión poética, imaginarlo, desmembrarlo. Por ello, el poeta-cronista no era un reportero o un mero periodista. Si algo en lo que confluyen las ideas acerca del periodismo entre los modernistas es la idea de que el cronista es un individuo de estirpe distinta al reportero y al periodista. Sí, un empleado, pero no por ello parte de sus huestes. Quizá como especie distante, quizá como el valor dentro de la noticia, quizá como lo verdaderamente artístico en ese medio repentino, efímero. Es por ello que “los literatos recurren a la estilización para diferenciarse del mero reportero, para que se note el sujeto literario y específico que ha producido la crónica”.[36]

Por otro lado, el formar parte del medio periodístico, que no por completo, sino en lo mero laboral, práctico, conlleva a una serie de conflictos internos del poeta en tanto se concebía como un trabajo remunerado, ligado a las exigencias del editor y del director de la publicación. A pesar de que en el periódico se fue formando gran parte de la obra de los escritores, había un recelo por el medio     —“este oficio ingrato y adorable, torturador y encantador, del periodismo”;[37] “el periódico es refugio de impacientes, tablado de ambiciosos, escuela normal de políticos, jardín público de ingenios, y tal cual ocasión ¡ay! máquina trituradora de talentos”—[38] había también la certeza de que el valor otorgado a las colaboraciones dependía de la capacidad literaria del escritor —“no sé qué diablos tiene este género periodístico que, sin ser superior, requiere una expresión pulcra, un temperamento vibrante, una observación atinada y, a ser posible, cierta dosis de fantasía para combinar y colorear las imágenes”.[39]

Urbina compartía reflexiones con Gutiérrez Nájera en lo concerniente a la diferenciación de los “empleados del periodismo”, en donde se encontraban por un lado los periodistas como tal, los reporters y los cronistas. Estos últimos, se ha dicho, eran considerados, por considerarse a sí mismos, el más alto nivel del escritor en el medio. Define Urbina:

El periodista no es —ya se ha dicho— ni un autor ni un poeta. No mide y proporciona el trabajo; no lo medita ni calcula; ni tampoco sobreexcitado hunde su cabeza en rebuscamientos y delirios. No es precisamente un pensador o un artista. Es, debe ser, un obrero hábil que sabiendo pensar y sentir, está obligado a poner en su obra sólo pequeñas dosis de idea y emoción.[40]

En cambio el reporter ”impersonaliza su trabajo, es un fotógrafo”; Gutiérrez Nájera nos lo describe así: “¿De dónde había de venir para nosotros el reporter sino del país del revolver? Allá [...] florece el periodista de repetición, la cocina al minuto y la electricidad. De ella nos vino el reporter ágil y diestro, instantáneo, que guisa la liebre antes de que la atrapen”.[41] En tanto que el cronista “que pone un poco de individualidad y de hegemonía en su tarea, es una mezcla insustancial de pensador, de poeta, de cazador y caricaturista. Eso soy en este lugar”,[42] sentencia Urbina. Es decir, ese lugar conquistado, el periodístico, se estableció como

el laboratorio de ensayo del “estilo” modernista, el lugar de nacimiento y transformación de la escritura, el espacio de difusión y contagio de una sensibilidad y de una forma de entender lo literario que tiene que ver con la belleza, con la selección consciente del lenguaje, con el trabajo con imágenes sensoriales y símbolos, con la mixtura de lo extranjero y lo propio, de los estilos, de los géneros, de las artes.[43]

El recelo del escritor al periodismo también era resultado del valor mercantil que se le asignaba a dicha labor. Una especie de menosprecio por la aparente no libertad o coacción que ejercían las normas periodísticas y la línea editorial del medio en cuestión. Lo cierto es que el escritor modernista posteriormente valoró ese espacio, lo constituyó libre y se dedicó con ahínco a escribir con honestidad artística su columna, la crónica. Tanto así que Urbina entre otros realizaron colecciones de sus crónicas para asegurarse de que los textos tuviesen más vida que la momentánea otorgada por el periódico.

Urbina dedicó la mayor parte de su vida a escribir crónicas semanales, incluso en su exilio continuó publicando a distancia, y dedicó esfuerzos para verlas recogidas en libros que forman un número si no mayor, sí semejante a las ediciones de poesía y son parte imprescindible de su obra literaria.[44]


[1] Urbina, Luis G., “Pobrecito Don Quijote”, en Cuentos vividos y crónicas soñadas, 3ª ed., México, Porrúa, 1988, p. 119. A partir de este momento, todas las referencias a los textos de Urbina que procedan de esta edición se especificarán dentro del texto, al final de cada cita y entre paréntesis con las siglas Cv y el número de página.

[2] Sáenz, Gerardo, Luis G. Urbina, vida y obra, p. 18.

[3] Versos, prólogo de Justo Sierra, México, Tipográfica de “El Combate”, 1890.

[4] Urbina, Luis G., “Justo Sierra”, en Máscaras de la Revista Moderna, p. 70.

[5] Paz, Octavio, Los hijos del limo, Del romanticismo a la vanguardia, p. 127.

[6] Sierra, Justo, “Prólogo a los Versos de Luis G. Urbina”, en Obras completas, tomo III, p. 392.

[7] Casal, Julián del, “Carta abierta”, en Prosas, vol. I, p. 168.

[8] Campos, Rubén M., “La vida popular del poeta Luis G. Urbina”, en El bar, p. 137.

[9] Micrós, “Luis G. Urbina”, en Revista Azul, tomo III, núm. 7, México, 16 de junio de 1895, p. 109.

[10] Reyes, Alfonso, “Recordación de Urbina”, en Obras completas, tomo XII, p. 272.

[11] Idem.

[12] Salado Álvarez, Victoriano, “Luis G. Urbina”, en Máscaras de la Revista Moderna, p. 78.

[13] Gutiérrez Nájera, Manuel, “Luis Urbina”, en El Partido liberal (5 de febrero de 1891); recogido en Obras. Crítica literaria I, p. 435.

[14] Carballo, Emmanuel, Diccionario crítico de las letras mexicanas en el siglo xix, p. 242.

[15] Puestas de sol, México, Vda. de Ch. Bouret, 1910.

[16] Antonio Castro Leal expone que “puede considerarse uno de los grandes libros de poesía aparecidos en México a principios del siglo xx”, en Luis G. Urbina, p. 91.

[17] Lámparas en agonía, prólogo de Enrique González Martínez, México, Vda. de Ch. Bouret, 1914.

[18] Sáenz, Gerardo, op. cit., p. 94.

[19] La vida literaria de México, Madrid, Imprenta de los Hermanos Sáez, 1917.

[20] Hombres y libros, México, El libro francés, 1923.

[21] Psiquis enferma, México, El libro francés, 1923.

[22] Luces de España, Madrid, Editorial Marineda, 1923.

[23] Los últimos pájaros, Madrid, Biblioteca Rubén Darío, 1924.

[24] El cancionero la noche serena, prólogos de Alfonso Reyes y Gabriel Alfaro, México, Imprenta Universitaria, 1941. Retratos líricos, prólogo de Balvino Dávalos y dibujos de Julio Ruelas, México, Editorial Stylo, 1946.

[25] Cfr. Rama, Ángel, Rubén Darío y el modernismo, p.42.

[26] Anderson Imbert, Enrique, Historia de la literatura hispanoamericana, p. 352.

[27] Onís, Federico de, “Sobre el concepto del modernismo”, en España en América, p. 179.

[28] Reyes, Alfonso, “Recordación de Urbina”, p. 271.

[29] González Martínez, Enrique, “Prólogo” a Luis G. Urbina, Lámparas en agonía, p. xx // Cfr. Justo Sierra “Prólogo a los Versos de Luis G. Urbina”, pp. 398-399 y Gutiérrez Nájera en artículo citado, Obras. Crítica literaria I, p. 437.

[30] En Revista Azul, tomo III, núm. 12, México, 21 de julio de  1895, p. 183.

[31] Urbina, Luis G., “Caprichos: El artista de hoy”, en Revista Azul, tomo I, núm. 26, México, 28 de octubre de 1894, p. 405.

[32] González Guerrero, Francisco, Los libros de los otros, p. 266.

[33] Onís, Federico de, “Luis G. Urbina”, en Revista Hispánica Moderna, Nueva York, Casa de las Españas-Columbia University, num. 2, enero de 1935, p. 100.

[34] Urbina, Luis G., “Prólogo” a José de Jesús Núñez y Domínguez, Las alas abiertas, Crónicas, p. 12.

[35] Idem.

[36] Rotker, Susana, Fundación de una escritura. Las crónicas de José Martí, p. 123.

[37] Urbina, Luis G., “La Crónica Semanal. Divagación sobre el periodista y el poeta”, en Excélsior, México, 29 de mayo de 1922, p. 3.

[38] Urbina, “Prólogo” a Núñez y Domínguez, p. 12.

[39] Urbina, Luis G., “Temas literarios. La crónica y la emoción”, en El Universal, México, 8 de enero de 1928, p. 3.

[40] Urbina, Luis G., “Lo que es un periodista”, en Revista de Revistas, México, 20 de agosto de 1916, p. 5.

[41] Puck, “Crónica” en El Universal (1893), apud Clark de Lara, Belem, Tradición y modernidad en Manuel Gutiérrez Nájera, p. 105, nota 46.

[42] Urbina, Luis G., “Lo que es un periodista”, op. cit., p. 5.

[43] Rotker, op. cit., p. 116.

[44] Los volúmenes de crónica realizados por el autor son:

Cuentos vividos y crónicas soñadas, México, Eusebio Gómez de la Puente, 1915.

Bajo el sol y frente al mar, prólogo de Víctor Muñoz, Madrid, Imprenta de M. García y Galo Sáez, 1916.

Estampas de viaje, Madrid, Revista Hispano-Americana “Cervantes”, 1920.

Psiquis enferma, México, El libro francés, 1923.

Luces de España, Madrid, Editorial Marineda, 1923.

Hombres y libros, México, El libro francés, 1923.

Segundo tiempo

Cuentos vividos y crónicas soñadas, la antología

A finales de 1914 Luis G. Urbina comienza a realizar una primera antología de crónicas como parte de un proyecto que abarcaría la compilación de las prosas escritas a lo largo de 28 años en las publicaciones periódicas del país.[1] Este primer volumen precedería a otros cuatro, separados por tema. Los cinco volúmenes tendrían el objetivo de poner a la mano de sus lectores las mejores crónicas y ensayos que el autor habría de rescatar de su amplia producción periodística. El primero estaría compuesto de “escarceos de imaginación y ejercicios de estilo”; el segundo y el tercero de crónicas y crítica teatral; un cuarto de “rápidos esbozos de psicología”, y un último de crítica literaria. (Cv, xiii)

Tal y como lo advierte Urbina en el prólogo de Cuentos vividos y crónicas soñadas, la labor consistía no sólo en recuperar todos los textos aparecidos en casi tres décadas, sino corregir y elegir un corpus que diera cuenta de su pensamiento y su estilo: “Como trapero que picaba basura, recogí, a la buena de Dios, de un fárrago de papeles viejos, algunos centenares de artículos míos, los que juzgué de vida más amplia que la efímera que les dio la impresión instantánea.” (Cv, xiii)

La antología realizada por él mismo nos da cuenta de un Urbina interesado por la recuperación de su obra dispersa. Ya para entonces el poeta había publicado libros de poesía que lo ubicaban firmemente dentro de los círculos literarios del país y el extranjero. La Ciudad de México había transformado su cotidianidad después de la Revolución, y Urbina se encontraba a las puertas de su primer viaje al extranjero. Antes de partir a Cuba, el autor trabajó apresuradamente para dar a luz el primer volumen.[2] La crónicas de éste provienen en su mayoría de El Universal, El Mundo, El Imparcial y Revista de Revistas, con la excepción de las más antiguas que proceden de El Siglo XIX y la Revista Azul. Sólo una crónica, “Mariposa de amor”, es original.

En el prólogo, Urbina señala la intención de su empresa y menciona dos grandes objetivos. El primero tiene que ver con la recuperación de tantas hojas dispersas, reconocer el carácter de perdurabilidad a la prosa periodística. Tal reconocimiento difería del elemento característico de la prensa: lo momentáneo y perecedero de lo impreso. Las crónicas —como se definían en ese entonces aunque en realidad fuesen breves ensayos, cuentos o meros ejercicios de estilo— además de proveer de trabajo a los escritores, también representaban una parte fundamental de la obra literaria del escritor. Es por ello que la labor de compilación realizada por el mismo Urbina reafirma que  “no se puede descartar el compromiso literario de los modernistas con sus crónicas simplemente por su condición de trabajo remunerado y sometido a condicionamientos de política editorial”.[3]

El segundo propósito es la valoración de su obra escrita dentro de la estética modernista: “escritor novel entonces, tuve inevitablemente que resentirme de las influencias de aquella atmósfera literaria.” (Cv, xiv) Esto representa un signo de valoración histórica y cultural no sólo de la obra particular, sino también tiene que ver con su misma inserción firmada dentro del movimiento; situar el estilo y las preocupaciones literarias dentro de su espacio. Es probable que, en ese sentido, Urbina haya tomado su proyecto prosístico como la fijación de un momento y un forma de concebir el arte. Esto es, hacer constar a partir del libro formal la validez histórica y literaria de los artículos, desprenderles su carácter efímero; hacer perdurable “la hora vivida y la hora soñada por un poeta de antaño que escribía literatura de pompa de jabón”. (Cv, xv)

La historia de los materiales

Cuentos vividos… contiene una selección de 61 crónicas escritas entre 1893 y 1914, es decir, comprende 21 años de vida periodística del autor, los años de efervescencia modernista.[4] El volumen está dividido temáticamente en cuatro partes: “Cuentos vividos”, “Crónicas soñadas. Subjetivismos”, “En la rueda del tiempo” y “Manchas y bocetos”. De las 61 crónicas totales, 25 tienen una sola publicación en prensa; las restantes fueron publicadas por lo menos en dos ocasiones. Cabe destacar que en el libro cada crónica está fechada con la primera aparición en prensa, aunque no sea completamente la versión última compilada. Todos los textos fueron publicados en medios mexicanos, tres de ellos aparecieron también en El Cojo Ilustrado de Caracas, Venezuela.

Gran parte de las crónicas fueron publicadas en repetidas ocasiones, por lo general en medios distintos, lo cual tiene que ver con diversas causas. En principio se debe a la circulación de los periódicos donde primero trabajó Urbina, los cuales tenían un público lector reducido, por consiguiente, al entrar a un nuevo periódico o semanario, la reaparición de la crónica se hace obligada. En otro sentido, la repetición de la crónica también es signo de la valoración en curso del mismo Urbina sobre sus textos. Un mismo texto que se repite en más de cuatro ocasiones nos revela la perdurabilidad del mismo, y una intención de propagar una idea por más de cinco años a diferentes lectores. Es importante decir que en muchos casos la crónica no era publicada en forma aislada, tal y como se conoce en Cuentos vividos…, sino comúnmente se le agregaba una introducción distinta, y muchas veces contenía una segunda parte que trataba de otros asuntos, característica particular de la crónica modernista, donde lo que se buscaba era “unir los sucesos de la actualidad (fuentes para la historia) con el mariposeo de la imaginación o con la meditación”.[5] Por otro lado es probable que las repeticiones se deban a algo más bien práctico; cuando no había tema o tiempo para realizar la crónica semanal, el autor volvía a sus papeles para realizar la entrega a tiempo.

Veamos como ejemplo dos crónicas, las que tuvieron más número de publicaciones. “El preludio” —que en el libro aparece como parte de una serie de siete crónicas llamadas “Cuadros de primavera”— apareció en siete ocasiones. La primera en El Siglo XIX en febrero de 1893, con el título de “Tardes opacas”. Dicha versión no contiene el primer párrafo de la versión del libro, y algunos adjetivos son diferentes; es publicada sin variantes y con el mismo título en Revista Azul, mayo de 1894. Una tercera versión aparece como “Crónica dominical” en El Universal, marzo de 1896, de esta procede la versión íntegra que aparecerá en el volumen; sólo difiere en la segunda parte que añade una crítica literaria.  Posteriormente aparece en El Mundo Ilustrado, abril de 1899, con el titulo de “La Semana” —nombre de la columna que tenía a cargo Urbina. Esta versión contiene un párrafo inicial no incluido en Cuentos vividos…; la segunda parte, tampoco incluida, habla sobre “Misa de las flores” de Gutiérrez Nájera; “el suicidio de un cansado y el crimen de un degenerado”, y contiene una nota teatral. Esta segunda parte podría decirse que constituye en rigor lo periodístico de la labor de Urbina. El texto en sí, creación literaria, está inserto en una nota cotidiana, donde narra los hechos actuales; la crónica, entonces, se configura como un remanso en el río de noticias y notas culturales. En noviembre de 1900, El Universal, bajo el título de “Tardes opacas”, reproduce la versión de Revista Azul. El texto aparece por sexta vez en El Mundo, julio de 1901, con el título de “Impresiones de la semana”; versión que añade una introducción donde habla sobre las tardes de julio y el ocaso de las mujeres maduras. La séptima y última versión aparece en Revista de Revistas, marzo de 1914, donde la crónica es publicada tal y como aparecerá en la antología. Las versiones de las crónicas impresas en dicho semanario son ya las versiones corregidas e íntegras de Cuentos vividos...

“La agonía del placer”, perteneciente al capítulo “En la rueda del tiempo”, tiene su primera aparición en El Siglo XIX, febrero de 1893, bajo el título de la columna semanal de Urbina, “Caprichos”, donde muestra, además de las variaciones de algunos adjetivos, una introducción distinta en la que narra sus impresiones de una opereta de Suppé. Al final retoma la idea del personaje principal de la obra como una característica inherente al ser humano —“y es cierto, no hay hombre que no lleve en sí a este muchacho de opereta”. El texto íntegro reaparece en Revista Azul, enero de 1896. En febrero del mismo año se presenta como primera parte de “Crónica dominical”, en El Universal, a la que añade un primer párrafo contenido en el libro. La segunda parte es una nota teatral de gran extensión. En febrero de 1899, Urbina publica por tercera ocasión el texto en la columna “La semana”, en El Mundo Ilustrado; de esta versión procede el texto que Urbina escoge para su recopilación. Nuevamente, la segunda parte es en una crítica literaria. Las dos versiones siguientes, publicadas en El Mundo, enero de 1902 y septiembre de 1905, son semejantes a las anteriores, con segundas partes de distinto tema. Al igual que en la totalidad de las crónicas, la de Revista de Revistas, marzo de 1914, es la versión final. En Revista de Revistas Urbina dedica parte de su colaboración a dar un avance de lo que sería su primer libro de prosa; esto es, ya se encontraba en el proceso de elección del corpus, retomando las versiones que a su parecer deberían completar el volumen, descartando las segundas partes, los elementos que condicionaran la lectura del texto a un tiempo exacto —las notas de eventos inmediatos. De este modo, la continua publicación de una misma crónica no es signo de variación temática ni de extensión. Las segundas partes no pertenecen de origen a la crónica; son en sí los bloques que le dan significado periodístico al texto. Las introducciones varían en tanto la pertinencia de la publicación, ya sea como antesala de un pasaje anteriormente vivido, o como construcción de una analogía con algún evento presente. Por ello la selección del corpus denota la perdurabilidad de los textos en tanto que “como material literario han logrado sobrevivir en la historia una vez que los hechos narrados y su cercanía perdieron toda significación inmediata, para revelar el valor textual en toda su autonomía”.[6]

 


[1] La primera crónica firmada por Urbina se encuentra en La Juventud Literaria, México, 3 de julio de 1887.

[2] Cuentos vividos y crónicas soñadas, México, Eusebio Gómez de la Puente, 1915.

[3] Rotker, op. cit., p. 114.

[4] Algunas crónicas del primer periodo (1887-1892) están compiladas por Gerardo Sáenz en Ecos teatrales de Luis G. Urbina.

[5] Clark de Lara, Belem, op. cit., p. 105.

[6] Rotker, op. cit., p. 123.