circa 2005
Cualquier análisis supone, en un primer momento, un ejercicio de la memoria en tanto lectura que activaría el recuerdo de una lectura previa, cercana o lejana del momento de su análisis. Esto es, un mero ejercicio analógico primario —precario, en sentido teórico, tal cual lo lleva a cabo cualquier lector— de mero recuerdo. En este sentido, la articulación de los pasos que describe Claude Bremond es de gran utilidad.[1] La lectura que activaría de la memoria un presentimiento de coincidencia temática y su subsiguiente conceptualización. Siguiendo dicho esquema primario, el ejercicio analítico de este trabajo parte de la lectura de un cuento de Juan Vicente Melo, “Cihuatéotl”. La lectura de dicho relato activó el recuerdo de otros textos que confluiría un solo “tema” o “personaje”: el hijo idiota. (Es preciso aclarar que la denominación de dicho personaje de esta forma es la primera abstracción del aglutinante entre mis textos a tratar. Dos elementos constitutivos que caracterizan las ejecuciones narrativas del personaje: su origen, en tanto que el personaje no es un individuo aislado, sino que su consaguinidad representa gran parte de su significación y el calificativo idiota que intenta denominar al vástago.) La lectura de dicho cuento desembocó en una búsqueda evocativa de personajes afines. Siguiendo a Gerard Genette, “no hay obra literaria que, en algún grado y según las lecturas, no evoque otra, y, en este sentido, todas las obras son hipertextuales. [...] Cuanto menos masiva y declarada es la hipertextualidad de una obra, tanto más su análisis depende de un juicio constitutivo, de una decisión interpretativa del lector”.[2]
Este ejercicio de la memoria desembocó en un texto origen, o irradiador, The Sound and the Fury de William Faulkner. En este trayecto temático decidí ampliar el análisis con dos textos que se mencionan —a veces vagamente, otras tajantemente— como hipertextos de la novela del escritor estadounidense: “El hijo tonto” de José Revueltas, y “Macario” de Juan Rulfo.[3] Sin embargo, más allá de querer aglutinar dichos relatos bajo la premisa de la incorporación o desarrollo de un personaje similar en la diégesis, la intención de este trabajo es ver cómo funcionan sus elementos constitutivos, qué generan y qué valores representaría la inscripción de un personaje con dichas características en diferentes textos narrativos. Así, el siguiente análisis pretende no sólo observar las coincidencias en la construcción de dichos personajes, sino averiguar de qué forma este actor narrativo se constituye como una forma de aprehensión del mundo —diegético o no—. a partir de su recursividad. Al ver las variaciones de dicho tema, buscaré el o los elementos que cohesionen dichas variaciones. El principio aglutinante que garantizaría la unidad de este estudio es el desarrollo de un personaje bien delimitado, ya sea por su accionar o por su origen dentro de la diégesis. Así, la hipótesis es que la recurrencia o variaciones de este personaje, el hijo idiota, posibilitaría un estudio tematológico. Dicho personaje se conformaría como nuestro tertium comparationis o conector intertextual.
Evidentemente, entre las variaciones de este tema, las cercanías de origen de tres de ellos significaría códigos compartidos, una contigüidad de índole cultural. Por ello, la inclusión de Faulkner como generador o posible hipotexto, del cual se participarían las siguientes realizaciones. Hijos o no de Benjy, los personajes con características semejantes —algunos más, otros menos— manifestarían, de forma más o menos clara, su filiación. Es preciso aclarar que no estamos realizando un estudio de influencias, en tanto que no partimos de Faulkner como el hipotexto central de este estudio (en la historia de la literatura, la inclusión de personajes con características como estos es cuantiosa).
El tema entonces se configura no sólo como el personaje idiota, poseedor de un punto de vista sobre el mundo, sino como característica de conceptos más abstractos: La culpa, la venganza, la condena religiosa… Veamos cada caso individualmente para su posterior análisis.
The Sound and the Fury de Willian Faulkner[4]
El personaje de The Sound and the Fury de William Faulkner, Benjy, se nos presenta como un observador de la decadencia de la familia Compson. Principalmente, como narrador homodiegético de la primera parte, “7 de abril de 1928”, en donde él narra, a partir del recuerdo o de la acción en proceso —los sucesos propiamente del día que titula— los acontecimientos de la familia. Benjy, de 33 años cumplidos a ese día de 1928, continúa con el desarrollo mental de un niño de 3 años. Esto perceptible gracias a la narración en analepsis y prolepsis que realiza a lo largo de esta primera parte. Benjy, a pesar de no contar con habla, se conformará en esta parte como el narrador principal, refiriendo los diálogos que conforman su recuerdo. A través de su percepción, y con ello, realizando una selección de los sucesos a narrar, se logra obtener el cuadro de la familia en distintos momentos de su vida. En este sentido, la caracterización de Benjy nos será dada a partir de sus sensaciones y de lo que él mismo, como narrador, nos referirá en dichos diálogos. Narrador homodiegético, sí, pero también narrador que refiere acontecimientos en donde él participa, pero sin una toma de postura, aparente.
De este modo, la caracterización del personaje, por él mismo, será dada sólo a partir de las sensaciones que refiere, como el percibir los olores y caracterizar las situaciones u otros personajes por medio de su olor. Privado del habla, pero narrador que se sitúa en un momento hipotético posterior. Así, expresiones como “No podía sentir la verja, pero podía oler el frío” (27) [I couldn’t feel the gate at all, but I could smell the bright cold.] (13), o el epíteto de su hermana, “Caddy olía como los árboles” [Caddy smelled like trees]. Asimismo, en los diálogos referidos, por medio de las opiniones de la gente a su alrededor, podemos caracterizarlo. Luster nos da la información de su edad (la que corresponde al día que titula la sección), 33 años. Asimismo, por medio de las expresiones de Dilsey se hace patente su constitución física, “Uté llama a esa cosa niño [...] Un hombe tan grande como T.P.” (29) [You calling that thing a baby. [...] A man big as T.P.] (16) En inglés el “that thing” configura más la distancia entre un hombre normal y Benjy. Posteriormente, en el último capítulo de la novela, el narrador heterodiegético, lo describe con mayor amplitud:
[un hombrón que parecía modelado con alguna sustancia cuyas partículas no podían o no querían unirse entre sí o al esqueleto que las soportaba. Su piel era muerta e imberbe. Hidrópico también él, se movía con un paso vacilante, como un oso domesticado. Su cabello era hermoso y descolorido. Lo llevaba cuidadosamente cepillado sobre la frente, como los niños de los daguerrotipos. Sus ojos eran claros, del pálido y dulce azul de la flor del azulejo; sus gruesos labios estaban abiertos, babeando. (229)
[a big man who appeared to have been shaped of some substance whose particles would not or did not cohere to one another or to the frame which supported it. His skin was dead-looking and hairless; dropsical too, he moved with a shambling gait like a trined bear. His hair was pale and fine. It had been brushed smoothly down upon his brow like that of children in daguerro-types. Hes eyes were clear, of the pale sweet blue of cornflowers, his thick mouth hung open, drooling a little.] (244)
Benjy se constituye como el narrador principal de esta parte (las siguientes estarán a cargo de Quentin, Jason y de un narrador heterodiegético, focalizado en Dilsey). Él, como narrador, selecciona los sucesos a narrar, los que su recuerdo le inquieren. Cada una de las situaciones substanciales de la novela nos serán referidas por él, pero en forma dialógica. Su inclusión como narrador homodiegético sólo será dada a partir de sus comentarios y acciones, o de la misma referencia que los otros personajes hagan de él.[5]
Por otro lado, Benjy será depositario de maledicencias y regaños gracias a su constante lloro. Asimismo, es el depositario, en buena medida, de la desgracia de la familia y de la enfermedad un tanto hipocondríaca de su madre. Así lo refiere ella misma, “Es mi castigo [...] Pero yo también me iré pronto” (31) [It’s a judgement on me.[...] But I’ll be gone too, son] (18), o de lo que los demás lo enarbolan como el destino trágico de la familia. Por ejemplo, Roskus, cuando comenta que “No hay suete en eta casa [...] Lo sabía desde el pincipio, pero cuando le cambiaron el nombe lo supe con seguridad” (45), [They ain’t no luck on this place. [...] I seen it at first but when they changed his name I knowed it] (33).
Incapacitado para reflexionar, su monólogo estará construido a partir de las sensaciones referidas, el olor, la luminosidad, el movimiento de las cosas, cuartos… reducido a mero medio de narración (él es quien recuerda, quien nos refiere el diálogo de su gente) la percepción que se conforma es la de un individuo no sólo con un retraso mental considerable, sino como un ser vivo otro, distinto, depositario de desgracias, culpas, remordimientos, vergüenza.
En este sentido, Benjy es observador de esa realidad. Su inclusión como narrador inicial detenta ya una fuerte carga ideológica: es una toma de postura frente a los acontecimiento de la familia Compson. Como personaje, está fuertemente figurado, es observador incapaz de defensa o de conciencia, una presencia ineludible, el recuerdo vivo de la culpa. Asimismo, la relación de él con su hermana Caddy (una de las tres cosas a las que amaba, las otras dos, ver el prado y el fuego) contribuyen a caracterizar el personaje. Benjy, sin habla pero narrador, con una cercanía con su hermana, incapaz de emitir juicios, sin embargo partícipe fundamental de la diégesis.
De esta forma, el personaje de Benjy, como punto de partida de este análisis, nos ofrece una configuración altamente motivada. El hijo idiota, cuyo crecimiento corporal es contrastante con su “desarrollo intelectual”, personificado más como no humano.[6]
También resulta interesante la leyenda que rememora uno de los personajes negros de la novela, Versh, quien a partir del cambio de nombre de Maury a Benjamin, lo cual contribuye a otorgarle un valor maléfico a Benjy:
Sabes como e’que tu nombre é Benjamín ahora. Te van a hacé’ un demonio. Mamy dice que en otros tiempos tu abuelo cambió el nombre de un negro, y se hizo predicadó’, y cuando lo miran, también él era demonio. Pero no solía selo. Y cuando una mujé’ de la familia lo mira en el ojo cuando hay luna yena, el hijo nace demonio. Y una noche, mientras había como una docena de esos chicos demonios corriendo po’ todas pates, no volvió nunca a casa. Los cazadores de comadrejas lo encontraron en el bosque, comido, limpito. Y sabes quién lo comió. Esos chicos demonios lo comieron. (74)
[You know how come your name Benjamin now. They making a bluegum out of you. Mammy say in old time your granpa changed nigger’s name, and he turn preacher, and when they look at him, he bluegum too. Didn’t use to be bluegum, neither. And when family woman look him in the eye in the full of the moon, chile born bluegum. And one evening, when they was about a dozen them bluegum chillen running round the place, he never come home. Possum hunters found him in the woods, et clean. And you know who et him. Them bluegum chillen did.] (67)
El destino ulterior de Benjy responde a los deseos de la familia, sobre todo de Jason, quien al tomar las riendas de la casa, lo castra posterior a un “ataque” a una colegiala, resultado del deseo de estar de nuevo al lado de Caddy, así como logra su confinamiento en un hospital en un hospital psiquiátrico.
“El hijo tonto” de José Revueltas[7]
Jaime, el personaje de este relato, declararía su filiación con Benjy, inicialmente, por medio de una relación paratextual. El título del cuento, sugiriendo una lectura de sentido del texto, respondería a la elaboración de un personaje si no influenciado masivamente por el personaje de Faulkner, sí inscrito en esa prefiguración. Presentado por un narrador heterodiegético Jaime se presenta ya desde el título como el personaje significativo del relato.. Hijo de una familia proletaria, donde el padre se encuentra sin trabajo, y la madre, enferma y embarazada (en una “dolorosa inmovilidad” con ese “abultado, monstruoso vientre” [97]), en una indeterminación temporal (no se sabe si es día o noche, gracias a la pertinaz lluvia, “vengativa, monótona”, “apocalíptica” [96]), y ubicado espacialmente en un hogar pobreza (Revueltas, no habría que olvidarse). El relato está focalizado en la madre, Mariana. La presencia narrativa del hijo, a pesar de ser él quien destaque en el cuento, es de nuevo, el medio por el cual Revueltas designa la desgracia de la madre y con ello de la familia.
Jaime es presentado con dos elementos que rememoran a Benjy, su fijación en el armado físico de la casa (“estaba ahí, en el banco, como si fuera de piedra, con la mirada absorta sobre el vientre hinchado de Mariana”[98]) y con una actividad física que configurará fuertemente su caracterización (“El chico se puso a canturrear, indolentemente, sentado sobre el banco y balanceando la cabeza a uno y otro lado, mientras miraba el suelo con obstinación”[99]). Asimismo, el personaje en este relato está posibilitado para el habla, a pesar de que las ocasiones en que lo hace es sólo para remitir la presencia de la lluvia o una pregunta sobre la salud de su madre. No puede haber mayor comunicación, diálogo con él.
Interesa también el hecho de que la relación madre-hijo es referida constantemente (“En los movimientos de aguda emoción también le temblaba en forma incontenible la punta de la barba. Entonces cobraba un parecido angustioso con la propia Mariana” [100], “aquellos pies torpes, con aquellos pies torpes que, sin embargo, salieron del vientre de Mariana” [102]) Así como el sollozo que lo caracteriza, en la perspectiva del narrador, como un personaje de indeterminación o contraste en su edad (nunca se refiere la edad de Jaime, pero por la información dada por la propia madre y el narrador heterodiegético, es un niño de edad escolar) cuando le inquiere a su madre la posibilidad de su muerte.
Aquel sollozar era en extremo lóbrego. No parecía partir de un niño, sino de una persona adulta. Y ni siquiera de una simple persona adulta. Una persona con calidad extraña, sobrenatural, como si a través del niño gimiese mucha gente más, como si por el niño se dejasen sentir la noche y la muerte. (101).
Lo cual recuerda al eterno sollozo de Benjy, cuando Quentin huye con el dinero de Jasón, previendo las posteriores desgracias de la familia Compson.
Pero Ben seguía sentado en la silla, las blandas manazas colgándole entre las piernas, quejándose levemente. De pronto lloró. Un lento sonido plañidero, insensato y sostenido. [...] Ben volvió a gemir, un sonido desesperanzado y prolongado. No era nada. Solamente un sonido. Podría haber sido todo el tiempo y la injusticia y la pena vocalizadas por un instante por una conjunción de planetas. (237-239)
[But Ben sat in the chair, his big soft hands dangling between his knees, moaning faintly. Suddenly he wept, a slow bellowing sound, meaningless and sustained. [...] Then Ben wailed again, hopeless and prologued. It was nothing. Just sound. It might have been all time and injustice and sorrow become vocal for an instant by a conjunction of planets.] (253-255)
Es interesante también notar que lo que mueve en cierto sentido el relato es, nuevamente, el sentido de culpa o designio fatal, el nacimiento de un hijo con dichas condiciones intelectuales.
La cabeza rapada estaba ahí, junto a su hombro. Mariana experimentó un doble sentimiento, que le cegaba la razón en absoluto. De una parte se estremecía con una inmensa piedad. Sentía para con su hijo un atroz remordimiento. ¡Era un hijo tan feo, tan humillado, tan pobre! Un niño sin sonrisas, sin amparo, que había vivido siempre en la miseria. Mariana hubiera querido lavarlo con lágrimas y cubrirlo de besos. ¡El pobre niño torpe, medio ciego, con su gran cabezota y sus dientes enormes! Pero al mismo tiempo en el pecho de Mariana se destacaba una cólera extraña, violenta, insensata.
Parecía ser ella un instrumento para cumplir un designio oscuro, alguna profecía bíblica, implacable. (102)
El cuento deja indeterminado el final ya que no se puede confirmar si Jaime muere por una acción suya previa (tirar el lavabo con agua donde se resbala, dejando la cabeza dentro de ella). Regresando al largo preámbulo del relato, uno podría pensar que la salvación, ese “hoy comienza todo de nuevo. Hoy comienza la vida, la verdadera vida” (95), llega gracias a la muerte del “niño atroz, el ancianito aquél”.
“Macario” de Juan Rulfo[8]
En el cuento de Juan Rulfo, el personaje narrador, Macario, relata su estar y distintas vicisitudes de su vida al lado de su madrina y de Felipa, ayudante doméstica de la casa. En dicho cuento, la figura de Macario participa de algunos elementos de los dos personajes anteriormente comentados; en tanto enunciador de su experiencia, da cuenta de su situación y de sus características como personaje. Por medio de su discurso, podemos ver lo que lo constituye como personaje con un grado más de configuración (cercana a Benjy, en tanto narrador homodiegético). Dos aspectos de conducta caracterizan a Macario: el apetito insaciable. (“Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre”[114]) y el asalto violento a la gente, lo cual lo emparentaría con el personaje de Faulkner (“Yo no sé por qué me amarrará mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por no más”[114]). Un aspecto interesante en la narración lo tiene el aspecto religioso de Felipa, protectora del personaje con cabeza prominente dado a golpearla, en tanto vía de salvación del Macario. En este sentido, la opinión de Macario frente a sí, poniendo en duda las percepciones que tiene la gente de él (“dicen que”, “dizque”, “Yo no lo he oído”, “yo no me acuerdo”) pero conciente en de una culpa de origen
me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. [...] Mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza.(115).
Felipa es el vehículo de la salvación, la poseedora de la plegaria-llave que permitirá a Macario el ir donde sus padres moran, el cielo. En este sentido, el elemento paterno del personaje se configura como salvación. Él, hijo no humano, obligado a permanecer en vida, al lado de su madrina, mera dispensadora del alimento —“a montoncitos”— y bajo el resguardo fraterno de Felipa. Dicho personaje femenino nos recordaría a Caddy, en tanto figura que establece un ritual de comprensión, de vía de entendimiento emocional con su otro. Así, Benjy busca perpetuamente a Caddy en las estudiantes que pasaban frente a su casa. Caddy, la hermana cuya historia de amoríos devino en una hija bastarda, y que termina huyendo del seno Compson. Felipa, en constante lactancia, prodigando su leche en la boca de ese hombre de edad indeterminada llamado Macario. Felipa como una Caddy, pero con un alto grado de compromiso religioso (“yo estoy repleto por dentro de demonios, y [Felipa] tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí”[115]).
Como narrador, Macario sólo puede dar acceso a lo que sus sensaciones describen: el hambre, el anhelo continuo de querer escuchar el tambor dentro de su cabeza, el gusto por la leche de Felipa (protectora del alma y del cuerpo de Macario) y por las flores del obelisco. Sensaciones elementales, por medio de las cuales accede a ese mundo de los otros: el gusto, el dolor que le causa las picaduras de alacrán, la insatisfacción alimenticia, y sobre todo el elemento religioso que se divisa en el relato. El condenado, en este periplo del hijo idiota culpable del devenir aciago de la familia, ya consciente de su cualidad, del demonio engendrador de maleficios por ser Otro.
En su posición como narrador homodiegético, Macario se narrará a sí mismo, pero dará su postura sobre los Otros (en este caso, las personas del pueblo, y su círculo familiar). Interesante resulta el hecho de que si bien no se podría hablar de una presencia masiva de Benjy en este cuento, es cierto que Macario también es depositario de características análogas a éste: el carácter de culpa, consciente por parte de Macario y referido constantemente por la madrina, por Felipa, y la comunidad del poblado, al grado del encierro corporal, ya que Macario se resguarda no sólo de los pobladores (ese Otro que lo apedrea y lo injuria) sino también de esa culpa perpetua (“Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras”[116]). Así, para poder acceder al cielo, y con ello ir donde están sus padres, Macario tiene que obedecer a su madrina, laborar en la casa, y permanece encerrado para evitar el escarnio. Una culpa oculta, quizá.
“Cihuatéotl” de Juan Vicente Melo[9]
El trayecto del hijo idiota a este relato de Juan Vicente Melo está enriquecido por la presencia de un mito prehispánico,[10] lo cual también nos ofrece una lectura fincada no sólo en lo que podría ser una configuración del personaje hijo idiota visto en los textos anteriores, sino que asimismo bebe de otra fuente, lo cual haría de este relato un hipertexto tanto del mito de la Cihuatéotl como de los hijos idiotas. El personaje de este relato es quizá la profundización de las características que configuran a los personajes anteriormente vistos.. La caracterización física de Raúl —sin habla, sin posibilidad aun de aprenderla nunca— es también grotesca, ya no sólo la cabeza grande (Jaime y Macario), ya no sólo la edad indefinida por la edad mental (Benjy, Jaime, Macario), sino una animalidad que recuerda a lo que el mismo Faulker dijo sobre su Benjy, “an animal”.
Narrado en primera persona por el padre, el relato de Melo exige el conocimiento de la referencia prehispánica. El título, paratexto, confirma una filiación ineludible. El texto narra la historia de una pareja a la concepción de su primogénito, Raúl. Al momento de su nacimiento, “era un niño pequeño, azuloso, calvo, que lloraba mucho. [...] En la oscuridad, su cuerpo me pareció monstruoso” (73). De la gran “misión” que representa la fecundación, el hijo se configura en hado, en maleficio otorgado por esa deidad nombrada sólo en el título. Cihuatéotl sería también la misma Clara (la madre), quien al dar a luz a tal vástago, simplificó su vivir a un solo destino: el cuidado y protección. La muerte de los demás aspectos de su vida —el sexual, el laboral, etc.— por el parto (“—Nunca vuelvas a hacer eso, ¿cómo puedes atreverte después de lo que ha pasado? Haz de cuenta que estoy muerta, que no existo, que ya no soy yo” [74]).
Raúl es entonces la materialización de ese designio divino, de la culpa. Por vez primera, en este trayecto, observamos la perspectiva del padre que denota una perspectiva desarrollada extensivamente.
Clara dijo que era culpa suya por lo que había tratado de hacer en el hotel de la playa, pero todos los médicos nos aseguraron que los dos éramos inocentes, que sería difícil para nosotros, pero que acabaríamos por acostumbrarnos. Clara lloró mucho y yo sentí un poco de asco.
Un poco de asco. ¿Cómo decir eso? ¿Cómo resumir, simplificar, borrar los días y las semanas de tantos años en esa horrible palabra? Sentir un poco de asco y acostumbrarse a aquello. Sin embargo, eso es todo. Sentí un poco de asco y llegué a acostumbrarme a la presencia de Raúl. Clara se dedicó a ocuparse de él, a vivir para él, a evitar que yo lo viera. (74)
Asimismo, la caracterización del hijo, por el tamiz del punto de vista del mismo, es implacable:
La cosa aquella había aprendido a arrastrarse por el suelo, a mirarnos, a balancear la cabeza sin encontrar sitio donde dejarla quieta, a mover los dedos y brazos como si fuera un reptil cansado. Seguía todos mis pasos: de la cocina al comedor, del comedor a la recámara. Por las noches, cuando todavía dormía junto a Clara, sabía que estaba mirándome. Sostenido de los barandales de su cama, dejaba escapar leves gruñidos, se llevaba las manos al cabello, negro y ralo, y se arrancaba algunos mechones que luego masticaba interminablemente, haciendo un ruido que me llenaba de sobresaltos, de verdadero terror. (74-75)
Y el destino, el maleficio de la Cihuatéotl presente ad infinitum.
Tú y yo, Clara, uno al lado del otro, uno en otro, repitiendo los días, yo cuidando el rincón sagrado donde se realiza la fecundación y tú muriendo en el sacrificio del parto, sacando de tus entrañas animales viscosos que nunca aprenderán a hablar. (80)
Este relato, entonces, se configuraría como el concentrador de los motivos de los cuentos anteriores, por medio de él vemos la posición ideológica del padre, antes sólo sugerida (el alcoholismo de Jason Compson), elidida (Jacinto en Revueltas), o mencionada con carácter religioso (los padres sin nombre —que no innombrables— de Macario). Raúl en este relato continúa siendo partícipe de los motivos abstractos que hemos visto desde The Sound ant the Fury, en tanto vástagos depositarios de culpa, de designios o hados atroces, vehículos por medio de los cuales se narrativiza a los Otros (la familia, y otros pobladores de la diégesis).
“Cihuatéotl” pormenoriza en el desarrollo de ese hado (evidentemente, la lectura inmediata sería la sugerida por el título, pero para efectos de este trabajo, me concentré en su posible filiación con los otros personajes aquí tratados), desde la anunciación, el cortejo, la fecundación, la concepción del hijo idiota. Mas este hijo idiota supera en animalidad a sus consanguíneos narrativos. Si bien no tiene habla como Benjy, no puede asimismo narrar o narrarse; si bien tiene la cabeza grande como Jaime y Macario, aquí la misma dimensión imposibilita su permanencia fija por el cuello; tiene aspecto no humano, caracterizado en Benjy por la piel incolora y corporeidad vacilante; indeterminada y realzada en Jaime por una ancianidad infantil, imposible de determinar a ciencia cierta en Macario, Raúl no sería más que un “animal viscoso”, con “los tendones que debieron nacer verticales y que se doblan en los piececitos fríos, [...] el camino irregular de las venas, en el perfil deforme de los huesos” (77). Esto es, la culminación narrativa de este trayecto, su ejemplo más grotesco, más cruel.
El final del relato de Juan Vicente Melo es también indeterminado. La presencia de una niña (esa otra que cuida o protege al hijo idiota, una Caddy/Felipa sin caracterización plena) en un edificio frente a la habitación de Raúl, representando un baile que anima al niño a saltar de la ventana para alcanzarla, y cuyo sentido simbólico nadie puede tener acceso, más que Raúl:
Las actitudes, los signos mágicos, los silencios, el leve movimiento de los dedos, la abertura de los labios, todo aquel lenguaje mágico que me resultaba incomprensible, era recibido por Raúl como el único posible. (75)
Raúl no pertenece, de origen, al mundo terrenal, su filiación con la Cihuatéotl (representación de la mujer muerta en parto que desea a su hijo de vuelta) está concentrada en la imagen de esa “comprensiva” y “protectora” niña que lo invita a saltar al vacío, incorporarse al cortejo del sol. La niña, quizá una Cihuatéotl más, quizá una transpersonalización de Caddy y Felipa.
Si Benjy es recluido en un sanatorio, el destino de Jaime es inexacto, no se sabe si muere por su misma estupidez (tirar el agua del lavabo donde él se tropieza), Macario continuará escondiéndose del pueblo y de los demonios (los otros), Raúl morirá en busca del encuentro con su propia deidad maléfica.
* * *
Ahora bien, en este trayecto de los cuatro personajes, tendríamos que hacer hincapié en el sentido de la inclusión de este tipo de personajes en distintas diégesis. Por qué incluir un personaje con características no humanas, más allá de si tiene o no la capacidad del habla per se o meramente narrativa. En este sentido, observamos que la interacción del hijo tonto se da, en un primer nivel, como la presencia del Otro, aspecto que nos acercaría a la imagología. Un Otro no extranjero, sino distinto de la estirpe humana en tanto animaloide, con características físicas grotescas, que o bien no coinciden con la forma humana homogénea (la normal, podría decirse), o que su corporeidad ya no es sino reminiscencia de lo humano (Raúl). Ese Otro, en la diégesis, plantearía el problema del posicionamiento ideológico de un Yo frente al Otro, que no sólo persiste en un sentido discursivo, sino que significa en un mayor grado al Yo que se detenta diferente del Otro nombrado.[11] Por ello, abordamos estos cuatro textos —en una apuesta tematológica ardua en tanto inicial, pero reconfortante por los alcances logrados— ya que de los cuatro personajes, para efectos de este análisis, logramos hacer dos divisiones substanciales. Benjy y Macario por un lado son enunciadores de su Yo distinto (Macario, en mayor grado); en Melo y Revueltas es la postura ideológica del externo, el no idiota frente a su Otro. Asimismo, podríamos precisar que no sólo el aspecto físico de estos personajes los distancia de los otros del relato. En Raúl existe un lenguaje mágico al cual el padre no puede tener acceso y que sólo lo observa a distancia mientras la niña baila. La apropiación del mundo que tienen Benjy y Macario se da a través de los sentidos puros y, podría decirse, de su magnificación en su monólogo, las referencias a los olores, sabores, sonidos, etcétera, es parte del enramado sensitivo que los incorpora a su mundo (recuérdese el olor a árboles de Caddy, o el sabor de la leche de Felipa semejante a las flores del obelisco).
Entonces hablaríamos de dos pares de personajes, Benjy y Macario, narradores con distintos niveles en su enunciación, que se configuran como el Yo frente al otro, la familia y los demás habitantes del poblado en cuestión. Por otro lado, Jaime y Raúl, depositarios del asco y la xenofobia del narrador homodiegético (en Melo) y heterodiegético (en Revueltas). Este par, contrastante en el análisis, confluye también en la descripción-construcción de los espacios de los relatos, significativos del orden familiar y social donde se inscriben estos personajes: suciedad, pobreza, cuartos en penumbras, casa sureña cuya grandeza territorial anterior fue vendida para lograr el “desarrollo” de la familia, el hogar proletario de Revueltas, el cuarto llenos de alacranes, cucarachas y grillos de Macario, el departamento semi-amueblado de la ciudad sin nombre de Melo. En tal caso, también se podría hablar no sólo del personaje idiota frente a su Otro sano, sino también de ese mismo espacio donde se resguardan los no humanos: un doble distanciamiento en la diégesis. El hijo tonto vs. su exterior (el universo diegético) / El hijo tonto vs. su familia y sociedad, o viceversa.[12]
Así, el hijo idiota sería primordial en tanto actitud de su representación fóbica —el Otro es considerado inferior respecto al Yo. Asimismo, alargando el análisis, podríamos tener en cuenta la realización en tres cuentos mexicanos del personaje del idiota frente al Otro faulkneriano, y, es más, Melo frente a sus respectivos predecesores por la inclusión que hace de la mitología prehispánica para resignificar el personaje. Pero sería ya un tanto alevoso e impertinente de nuestra parte abundar.
Retomando, la imagología en el caso de estos cuatro personajes permite abundar sobre su condición de extraños, ese Otro poseedor e otra lengua —en este caso, poseedor de otras maneras sensitivas y lingüísticas de aprehender el mundo—, que se enuncia por fobia. Ahora bien, qué significaría, en estas cuatro diégesis, la incorporación substancial de un personaje con características no humanas, con disminución en su capacidad intelectual y a veces motora. Para ello nos parece necesario el acceder a lo comentado acerca del Tema-personaje. ¿El hijo idiota podría estar configurado ya como un Tema-personaje? Si tema-personaje “sintetiza un conjunto de temas-valor en el nombre del mismo personaje”,[13] —aquí, un nombre conformado por una condición consanguínea (hijo) y el adjetivo (idiota)— entonces qué valores abstractos representaría o referiría con su inclusión en estas diégesis. Lo que nos permite hacer una abstracción de las variaciones de este tema (personaje) son tres aspectos abstractos que unifican su significación o su presencia en los diversos relatos. Esto es, la recursividad de estos personajes, en este corte sincrónico, puede abstraerse a tres principios que aglutinan el campo temático estudiado para lograr su mayor abstracción.
- El hijo idiota se encuentra siempre inscrito en una familia u orden social viciado
- Su inclusión como personaje en la diégesis permite nombrar los vicios que aquejan a su entorno (el racismo, la diferencia entre clases sociales, problemas religiosos, morales, amorosos y sexuales)
- El aislamiento, muerte o anulación del hijo idiota en la diégesis no significa, paradójicamente, sino la permanencia simbólica de aquello que representa.
Qué valores representaría, finalmente, el hijo idiota. Estos tendrían que ser Culpa, Xenofobia, Venganza divina, Condena, Otro que no es posible nulificar (como no es posible, para el lector del relato, desasociar esta relación del Yo sano con el Otro idiota, o viceversa).
Decimos culpa en tanto que su consanguinidad con los demás personajes de la diégesis realza el sentido de ese Otro, la relación directa, inevitable, configura al hijo idiota como resultado de algún acaecimiento previo, por ello la culpa, por ello la moralidad que encarna el ser padres de tal ser. El hijo tonto se presenta también como la cristalización de los males terrenos. Dichos temas-valor son inherentes, en estos cuatro casos, al hijo idiota. Tanto no es posible un Benjy sin los Compson y la caterva de negros que viven con él, como no es posible un Macario sin los pobladores del lugar, los insectos y los “pecados” (abstracción consciente que se da en ese personaje); tampoco Jaime como símbolo de la pobreza extrema de Jacinto y Mariana, y Raúl como el “animal viscoso” que concreta el designio mítico de Clara como resultado del maleficio de la Cihuatéotl. Entonces, el personaje del hijo idiota precisa de estar inserto en un medio familiar o social en crisis. Ello lo constituiría como un personaje cuya prefiguración lo hace pertinente de estudio tematológico. Ya que no es el loco simplemente, sino el vástago ahí, presente, nombrado, nombrando.
Bibliografía
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[1] Esto es, la percepción del tema, su posicionamiento y su subsiguiente conceptualización. En “Concept and Theme”, p. 51.
[2] En Palimpsestos, p. 19.
[3] Ver Yvette Jiménez de Báez, Juan Rulfo: Del páramo a la esperanza. Una lectura crítica de su obra, México, fce, 1994, pp. 80-82.
[4] Para este trabajo he utilizado El sonido y la furia, traducción de Floreal Mazia, Buenos Aires, Fabril, 1961. Así como la edición de Penguin, 1974.
[5] En este sentido, “si bien es innegable que un narrador en primera persona no puede focalizar más que su propia conciencia, ese narrador tiene, sin embargo, la opción de cambiar la perspectiva temporal y cognitiva, desplazándose en el tiempo, ubicándose en distintos momentos de su devenir existencial como persona”. Luz Aurora Pimentel, El relato en perspectiva, p. 109.
[6] Faulkner, en una entrevista, comenta que “the only emotion I can have for Benjy is grief and pity for all man-kind. You can’t feel anything for Benjy because he doesn’t feel anything. [...] Benjy is incapable of good and evil because he has no knowledge of good and evil [...] Benjy wasn’t rational eough even to be selfish. He was an animal.”, James B. Meriwether y Michael Millgate, Lion in the Garden: Interviews with William Faulkner, 1926-1962, pp. 245-246.
[7] En Dios en la tierra, México, era, 1979. En dicha edición se menciona que la primera aparición del cuento fue en la revista América, núm. 30, 31 de agosto de 1944. “El original mecanografiado está fechado: ‘México D.F., marzo 20 de 1938’”., p. 175.
[8] En Pedro Páramo y El llano en llamas, México, Planeta, 1975. “La primera versión de ‘Macario’ apareció en el número 6 de Pan, en noviembre de 1945. También dio a conocer este cuento la revista América, varios meses más tarde, en junio del año siguiente (número 48)”. Sergio López Mena, Los caminos de la creación en la obra de Juan Rulfo, México, unam, 1993, p. 100.
[9] En Los muros enemigos, primera edición de la Universidad Veracruzana, 1962. Reeditado por el cnca (“Lecturas Mexicanas”), en 1992 de la cual tomamos el texto.
[10] “Cihuatéotl. Se llamaban así ‘mujer noble, mujer divinizada’, las mujeres que morían en el parto. Iban a habitar en la región occidental del mundo, y recibían al sol al medio día, en que lo dejaban de acompañar los guerreros divinizados, para seguir ellas su cortejo durante la tarde, hasta hacerlo entrar a la región de los muertos, donde pasaba la noche. Estas mujeres estaban bajo el amparo de Cihuacóatl [divinidad femenina que representa el principio pasivo en el dualismo nahua. Es llamada madre de Huitzilopochtli. Es la misma que se veneraba como Coatlicue, Xochiquetzal, etc., en diversos aspectos] y bajaban a la Tierra en determinadas épocas a hacer maleficios y causar infortunios.”, Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México, sexta edición, México, Porrúa, 1995, p. 788.
[11] “Yo ‘miro’ al Otro; pero la imagen del Otro transmite una cierta imagen de mí mismo. [...] Quiero decir el Otro [...] y al decir el Otro lo niego y me digo a mí mismo. En cierta manera, digo también el mundo que me rodea, digo el lugar del que han partido la ‘mirada’ y el juicio sobre el Otro: la imagen del otro revela las relaciones que establezco con el mundo [...] y yo. La imagen del Otro aparece como una segunda lengua, paralela a la que hablo, coexistente con ella, duplicándola en cierta manera, para decir otra cosa.”, Daniel-Henri Pageaux, “De la imaginería cultural al imaginario”, Compendio de literatura comparada, p. 106.
[12] “dentro de una sociedad y de una cultura consideradas campos sistemáticos, el escritor escribe, escoge su discurso sobre el Otro, a veces en contradicción con la realidad política del momento: la ensoñación sobre el Otro se convierte en un trabajo continuo de investidura simbólica. Si, en el plano individual, escribir sobre el Otro puede llevar a autodefinirse, en el plano colectivo, decir al Otro puede también coadyuvar a liberaciones o compensaciones, justificar los espejismos o los fantasmas de una sociedad.”, Ibid, p. 120.
[13] Luz Aurora Pimentel, “Tematología y transtextualidad”, p. 218.